En la génesis de muchos artistas se repite la escena: la avidez temprana por representar historias ante un público, ese juego hogareño de sentar a progenitores, tíos, tías, abuelas, abuelos a observar la desfachatez del niño que replica segmentos de sus películas o programas favoritos, a veces con la colaboración, más o menos voluntaria, de primos y primas. Ese es, precisamente, el primer recuerdo que evoca Iñaki Aldao al rastrear su interés en el arte. El canto, el baile, la actuación y también el montaje y la producción para que todo aquello cobre vida siguen presentes en su labor artística.
La vocación temprana creció sostenida por una sensibilidad particular, que durante un tiempo lo alejó de sus compañeros del colegio, más interesados en el deporte y otras actividades. Un cambio de institución y el inicio de sus clases de comedia musical le permitieron encontrar aliados en el camino: “Siempre supe cuál era mi lugar. En el teatro musical encontré amigos a quienes les gustaba hacer lo mismo que yo. En mi casa también me acompañaron; solo me pidieron que, lo que hiciera, lo hiciera bien, con disciplina. Y así fue”, cuenta.
En clases, y con la presentación de obras amateurs, ejercitó su instrumento actoral. Algo de su esencia, mientras tanto, se dejó entrever en sus cuentas de redes sociales, ya que fue allí, más concretamente en Instagram, donde un día lo descubrió por azar la directora Carla Calabrese, en plena etapa de convocatoria al casting cerrado de la obra El curioso incidente del perro a medianoche. Con 19 años y sin antecedentes profesionales, Iñaki pasó las exigentes etapas y se quedó con un rol protagónico complejo y singular, en el que debió encarnar a un joven neurodivergente que se enfrenta a un mundo que no lo comprende.
“Como primer trabajo, fue un desafío enorme y muy gratificante. Como era chico, era más inconsciente y no lo pensé tanto. Eso me ayudó. Hoy sigo intentando no pensar mucho, para no abrumarme. La obra requiere mucho compromiso, entrega y estudio. Tiene un lugar en mi corazón muy grande”, dice Iñaki, que este año se reencontró con el personaje en una nueva temporada, ya más maduro y luego de un recorrido en el que pudo plasmar sus diversos intereses.
El impacto fue inmediato y rápidamente cosechó elogios y premios por su labor. A pesar de su condición de debutante, ya provocaba expectativas y adquiría cierto prestigio. Decidió, para no encasillarse y canalizar sus necesidades expresivas, apuntar hacia diferentes frentes. Como solista, hizo gala de todo su bagaje pop –con Miranda! como referente principal– y le dio forma a Elástico, un disco que daría, a su vez, forma a otros proyectos. “Necesité explorar otras facetas mías y me abrí un poco. Hoy tengo todo activo y no deposito mi emocionalidad ciento por ciento en ningún lugar. Eso me hace muy bien a la cabeza”, explica.
Aquellas melodías grabadas en la calle en mensajes de voz en el celular, los esbozos de letras garabateados en el cuaderno pequeño que lleva consigo y el más grande que usa en su casa se conectaron mutuamente y terminaron de potenciarse en el estudio. El disco logró captar lo que Iñaki pretendía: “Ese sonido representa perfecto lo que yo fui en un período de mi vida. Es como una foto de mi adolescencia más tardía y mi joven adultez”.
“Elasticlub” fue el nombre que le dio a la fiesta organizada para presentar el disco. El encuentro tomó vida propia y lleva ya más de una decena de ediciones, sin estar atado solamente al disco. Iñaki asumió, entonces, el rol de productor, y junto a su socia, Serena, se dedican a darle vida y conservar la esencia energética de la fiesta (“Tenemos la posibilidad de masificarla un poco y elegimos no hacerlo tan rápido, porque queremos que no se disipe esa energía”, explica).
Con tantas pestañas que atender, se descubrió como alguien tomado por su actividad laboral, que es al mismo tiempo su canal de expresión. “Este año me reconocí workaholic. Me gusta mucho el ocio y apagar el cerebro, pero también seguir imaginando. La red no para”.






