Al final de la novena y última temporada de la serie The Office, uno de los personajes principales cierra el ciclo con una frase que se ha hecho memorable: “Ojalá hubiera una forma de saber que estás viviendo los mejores años de tu vida antes de que se hayan ido para siempre”. La pregunta es: ¿cómo saberlo?
Hace algo más de cuatro años nació mi nieto Conrado, y yo sentí que una energía nueva se sumó a mi vida. Un cosquilleo escurridizo de felicidad, una sensación infinita de alegría y unas incontenibles ganas de vivir aparecieron junto a su primera sonrisa. No sé si son mis mejores años –tal vez sí–, pero antes de que se conviertan en un recuerdo, quiero dejarlo por escrito.
“Conrado es la prueba de que los milagros prefieren la forma de niño”.
Conrado es un ladrón de emociones. Es el jardinero de la tierra del Nunca Jamás. Un encantador de serpientes. Un filibustero del alma. Un helado de pistacho y dulce de leche. Un aventurero extraviado en un laberinto de sorpresas. Un caradura sin remordimientos. Un atorrante bañado de cariño. Un chocolate Milka que se derrite en la boca. Un coleccionista de amigos invisibles. Un implacable devorador de las milanesas de su abuela. Un fabricante de alegrías instantáneas. Un explorador del mundo de los abrazos. Un pirata de corazón distraído. Un barrilete cósmico sin hilo. Un puñado de risas con piernas. Una luz mágica en días grises. Un terremoto de ternura. Un mago de milagros pequeños. Un astronauta de la imaginación. Un torbellino lanzador de bolos de bowling. Un cazador de mariposas imposibles. Un remolino de travesuras y sonrisas. Un bombón relleno de aventuras. Un vendedor ambulante de felicidad. Un arcoíris que aprendió a caminar. Un aprendiz de gigante con alas de colibrí. Un despertador de carcajadas. Un bolsillo lleno de estrellas. Un fogoncito encendido en el centro de la familia. Un pequeño príncipe sin reino. Un conquistador de corazones. Un duende sin rutina. Un tesoro escondido a plena vista. Un pedacito de cielo jugando en la tierra. Es una canción feliz que nunca termina. Es el motivo por el que las tardes duran menos. Es un cuento que cada día inventa una página nueva. Es el Tifón de Arequito sin poncho. Es la razón por la que el amor de mamá y papá no puede expresarse en palabras. Un fabricante artesanal de picardías. Una chispa que rebota en todos los rincones. Es el dueño legítimo de cada sonrisa. Es un alboroto eterno jugando en el patio de su colegio. Un pequeño milagro de todos los días. Un tirabuzón de rulos dorados. Un campeón olímpico de la dulzura. Es una nube de euforia sin berrinches. Es el motivo por el que la casa parece más grande y el tiempo más corto. Es un manojo de cometas girando en una piñata. Una fiesta que camina, corre y se ríe. Es la versión más acabada de la dicha, del goce, del disfrute. Un universo entero guardado en un metro de altura. Es ese lugar donde siempre termina descansando el corazón. Es la prueba de que los milagros prefieren la forma de niño.
Reconozco que no soy objetivo. Pero Conrado es mi felicidad de cada día. Tal vez el guionista de The Office debería darse una vuelta por Córdoba. Yo tengo una respuesta a su inquietud.






