Miguel se despierta a la madrugada. Chequea el número de seguidores en Instagram. Lo repite una hora después; también, dos horas después. Así cada noche. Para él, levantarse para ir al maldito secundario es una tortura.
La familia de Josefina no logra explicarse la tristeza de su niña. El llanto y el desconsuelo son crecientes. Un día grita que su vida “es una mierda”. No como la de quienes sigue en redes; siempre sonrientes y festejando algo.
Otra pelea divide al –hasta hace pocas semanas– sólido grupo de amigas. Lourdes se enteró de que publicaron un secreto que habían prometido guardar. Pide cambio de colegio.
“Tu amigo tiene un amigo, y el amigo de tu amigo tiene otro amigo; por consiguiente, sé discreto”. Esta máxima está contenida en el Talmud, texto fundamental del conocimiento rabínico, y data del siglo IV antes de la era común (a.e.c.).
Su vigencia radica en que no se limita a pedir discreción. La genialidad está en la advertencia: cualquier charla –cotidiana, confidencial y de ámbito privado– podría convertirse en tema de discusión pública, con los riesgos que eso implica.
En la actualidad, las conexiones digitales aportan vértigo y ferocidad a esta dinámica, por lo que nada queda en el ámbito privado; todo puede ser observado, criticado sin piedad y, usualmente, sin conocimiento.
Hasta hace pocas décadas, lo íntimo (el universo personal y reservado) sustentaba la autoestima, a salvo de la salvaje opinión ajena y masiva.
“Hasta hace pocas décadas, lo íntimo sustentaba la autoestima”.
La intimidad anidaba en los “diarios personales” –hoy piezas de museo– y en charlas privadas; ambos, sitios seguros. De existir hoy, permitirían conocer cómo crecían los adolescentes antes del imperio de las redes sociales.
Durante la década de 1960, el psicoanalista Jacques Lacan utilizó por primera vez el término “extimidad” como complemento de la intimidad. Intentaba nombrar el límite de lo más íntimo con el “afuera”.
Más tarde, el concepto fue acuñado por el psiquiatra francés Serge Tisseron como “la exposición de los aspectos íntimos de las personas a través del uso de mecanismos como redes sociales o Internet”. Se refería a la exposición voluntaria, tanto del cuerpo como de pensamientos, emociones, experiencias o proyectos.
Intimidad y extimidad no son opuestos. Lo éxtimo es la prolongación de lo íntimo, con el fenomenal riesgo de pasar a depender de la validación externa.
Es entonces cuando descubrimos una fuente de sufrimiento por confusión. Una autoestima que varía según los “likes” recibidos; una fuerte ansiedad producto de sostener una vigilancia constante o por no cumplir con las expectativas del entorno digital. Y en un inimaginable número de casos, percibir rechazo social.
Todas y cada una de estas condiciones confirman la disolución de la frontera entre lo público y lo privado. Este terreno se torna tan borroso como fértil para la cultura de la cancelación, exponiendo a personas sensibles (todos los niños y adolescentes) a sufrir daños emocionales.
Son pocos los que creen haber conseguido “popularidad” o estar acompañados.
La mayoría queda expuesta a la profunda soledad que implica comprender tardíamente la frase talmúdica. O, más sencillamente, que su amigo tiene un amigo.






