Todo lo que será, las múltiples historias que vendrán, el alimento, la vida de quien se alimenta, las vidas que toman contacto con esa vida y lo que de ello derive está guardado en una semilla. Cada una es, a su modo, la partícula divina que estalla en un big bang creador. Pero puede, también, no serlo, quedarse solo en lo potencial, en la hipótesis, sin jamás concretarlo. Ya sea por la destrucción de sus hábitats naturales, el avance agropecuario o de la urbanización, una planta puede verse amenazada de extinción, lo que afecta la biodiversidad y puede desencadenar otros efectos negativos en su entorno.
Para resguardar y conservar las semillas, hay en la Argentina una nutrida Red de Recursos Genéticos (RedGen) a cargo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). El primer eslabón formal de esta cadena es el banco de germoplasma que en 1969 se creó en la Estación Experimental Agropecuaria de Pergamino, provincia de Buenos Aires, dedicado a la conservación de maíz.
Raquel Defacio, investigadora del INTA de Pergamino y coordinadora de RedGen, explica el proceso de conservación, a grandes rasgos: “De acuerdo con la Ley de Harrington, la vida de una semilla se duplica por cada punto porcentual de humedad que se le baja. Cuando se la cosecha en el campo, la semilla tiene entre un 10 y 14 por ciento de humedad, y nosotros, con un sistema de sílica gel, la secamos hasta un 6 por ciento. Luego, la envasamos en sobres trilaminados constituidos por diferentes proporciones de aluminio, papel y nylon, y los sellamos con calor para generar hermeticidad y que no intercambien humedad con el ambiente. Finalmente, son guardados en cámaras de frío, a temperaturas entre 5 y 7 grados centígrados”.
Con ese proceso, la vida útil de la semilla se puede extender por más de treinta años, dependiendo de su constitución. Cada banco de semillas tiene sus propias cámaras de frío. En diferentes Estaciones Experimentales del INTA se conservan cultivos específicos, que se adaptan a las condiciones edafoclimáticas en las que se encuentran ubicados. En Pergamino, por ejemplo, resguardan maíz y forrajeras de clima templado; en Cerrillos, Salta, poroto, quinoa y tabaco; en Marcos Juárez, Córdoba, trigo y soja; entre otros. Además, desde 1991 funciona en el Centro de Investigación de Recursos Naturales del INTA en Castelar, provincia de Buenos Aires, el Banco Base de Germoplasma, donde se guardan copias de seguridad de todos los bancos de semillas del país integrados en RedGen. Allí se almacenan más de treinta y dos mil accesiones, pertenecientes a más de quinientas especies vegetales y más de doscientos géneros.

La conservación tiene entre sus objetivos la preservación de las especies y la diversidad genética entre ellas, lo que a su vez implica sostener la diversidad e identidad alimentaria local. Pero no se reduce a eso, sino que también tiene fines de investigación, ya que sobre las semillas conservadas trabajan distintos grupos de investigadores: “Las accesiones conservadas se usan mucho para mejoramiento genético, para encontrar genes de resistencia o tolerancia a condiciones de estrés tanto bióticos como abióticos.
Con el tiempo, se producen cambios en la forma de producción. En el caso del maíz en la zona núcleo, hasta hace un tiempo se sembraba en septiembre; pero ahora también se siembra en diciembre, cambió el ambiente productivo y el cultivo está expuesto a otras condiciones, lo que implica que surjan enfermedades que antes no estaban presentes. En el banco de germoplasma, también buscamos resistencia a esas enfermedades en las accesiones conservadas”, enumera Defacio.
En el océano Glacial Ártico, al norte de Europa, un grupo de islas conforman el archipiélago de Svalbard, que integra el reino de Noruega. En la isla Spitsbergen, más precisamente en Longyearbyen, su principal asentamiento, se erige una estructura colosal, semejante a la proa de un barco, construida con hormigón armado y coronada por una instalación artística de fibra óptica iluminada y hecha por la artista noruega Dyveke Sanne. Solo la fachada es visible hacia el exterior, y el resto del edificio consiste en túneles y cámaras que se adentran en la montaña cubierta de nieve. La Bóveda Global de Semillas de Svalbard almacena y protege casi un millón y medio de muestras de semillas depositadas por 134 instituciones de todo el mundo.
La bóveda funciona, simplificándolo al extremo, como una caja de seguridad, donde las instituciones depositan semillas y hacen el retiro si por alguna razón las copias que poseen en sus propios bancos fueron destruidas (guerras, crisis climáticas, desastres naturales o accidentes son las posibles causas). Sus instalaciones son mantenidas por una agencia gubernamental noruega llamada Statsbygg, que tiene personal permanente en Svalbard. Además, la bóveda incorpora sistemas avanzados de monitoreo y vigilancia. “Todo el proyecto fue construido con numerosas redundancias para garantizar un alto grado de autosuficiencia. El único problema que ha enfrentado la bóveda fue una ligera filtración de agua en un túnel muy alejado de las semillas propiamente dichas. Aun así, ese incidente provocó una importante reconstrucción”, cuenta con orgullo Fuad Gasi, profesor de Genética y Reproducción Vegetal, y actual coordinador de la bóveda. NordGen, como la organización encargada de administrar el depósito de semillas en la bóveda, envía personal a Svalbard entre tres y cinco veces al año para llevar a cabo los eventos de depósito de semillas.

Inaugurada en 2008, es consecuencia de la aprobación, en 2001, del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (TIRFAA) en el marco de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). El Órgano Rector de TIRFAA es presidido actualmente por la argentina Estela Fernanda Millicay Resquin, diplomática con una extensa carrera en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Nación. Aunque en ella hay más de seis mil quinientas accesiones que indican a la Argentina como país de recolección, ningún banco de germoplasma de nuestro país usó aún los servicios de la bóveda de semillas como respaldo de seguridad a largo plazo.
Sucede que el artículo 124 de la Constitución Nacional Argentina establece que las provincias tienen el dominio de los recursos naturales existentes en su territorio, lo que incluye a los recursos genéticos, y un eventual envío hacia el exterior debe pasar por una extensa serie de acuerdos y trámites. En décadas pasadas, algunos materiales fueron enviados, dentro de convenios específicos, a bancos internacionales vinculados con FAO. Es a través de envíos de dichos bancos que se explica la presencia de semillas argentinas en la bóveda de Svalbard, como explica Gasi: “La introducción de plantas es una de las herramientas básicas del fitomejoramiento. En consecuencia, los cultivos y variedades que se producen en un país a menudo provienen de otros países. Por ello, las colecciones de los bancos de germoplasma en un país a menudo contienen material de otros numerosos países. Además del intercambio de germoplasma, que es el resultado de la introducción y ha venido ocurriendo básicamente desde el desarrollo de la agricultura, los bancos genéticos a veces intercambian material y colaboran en misiones de recolección si los marcos jurídicos de cada país lo permiten”.
La red de conservación de semillas en la Argentina es extensa y lleva décadas de trabajo conjunto, con técnicas y profesionales de sólida formación. Los vaivenes institucionales, más bruscos en épocas de fuertes oscilaciones ideológicas como la actual, agregan incertidumbre acerca del apoyo y sostenibilidad de proyectos que necesitan de plazos extensos por su propia concepción y razón de ser. Ese es uno de los principales desafíos que afronta el sector. “La conservación es un trabajo muy silencioso, a veces monótono y rutinario, que incluye monitoreos periódicos para ver si la semilla está viva o va perdiendo su viabilidad. Si ocurre lo segundo, es necesario llevarla a campo, multiplicarla. Todo esto usualmente no tiene mucha visibilidad y se desconoce bastante, porque no tiene un uso inmediato, sino que conservamos hoy para las generaciones futuras”, cuenta Defacio.
Sobre la importancia de la conservación, en este caso a nivel internacional, Gasi agrega: “Uno de nuestros más grandes desafíos es la rápida pérdida de diversidad. No todos los bancos de germoplasma tienen los recursos para duplicar sus colecciones, enviarlas a la bóveda de semillas y aprovechar esta opción de respaldo de seguridad. Esto significa que si estas colecciones se perdieran en sus países de origen debido a la mano del hombre o a desastres naturales, se perderán de forma permanente para toda la humanidad. Tal pérdida pone en peligro la capacidad de la humanidad de enfrentar y superar los desafíos relacionados con la seguridad alimentaria”.
El entramado funciona para que sigan existiendo las semillas que, en su interior, conservan las promesas de todo lo que vendrá.
LA GUERRA Y LAS SEMILLAS
En 2015, por única vez, un banco requirió retirar las semillas de respaldo depositadas en Svalbard. Alrededor de 116 mil semillas fueron retiradas luego de que un banco de germoplasma ubicado cerca de Alepo, en Siria, quedara dañado e incomunicado como consecuencia del conflicto armado en la zona. El material fue enviado a centros de investigación alternativos, ubicados en Líbano y Marruecos, para su cultivo y multiplicación. Luego, nuevas muestras se depositaron en Svalbard para su resguardo.






