Entrar a Swing City, en el barrio porteño de Villa Crespo, es sumergirse en una atmósfera única. Puede decirse que es casi un viaje en el tiempo y el espacio. En este lugar funcionan una escuela y un salón de baile dedicados al swing, literalmente “balanceo”, género musical surgido en Harlem, histórico reducto afroamericano de Nueva York, que fue furor entre las décadas del 20 y el 40: la “Era del Swing”. Pero aquí, 8.500 kilómetros al sur y un siglo más tarde, se lo puede bailar y escuchar tocar en vivo (o ambas cosas a la vez) como si recién se acabara de inventar. Lo más llamativo es la juventud tanto de los profesores como de los alumnos y habitués.
“El swing es un tipo de música que genera ganas de moverse apenas se lo escucha, porque es intuitivo, y la forma de bailarlo es simple y compleja al mismo tiempo, pero sobre todo libre, alegre y muy divertida –explica Mabel Gastiarena, cofundadora, codirectora y profesora de Swing City desde hace más de una década junto a su socio Manuel Bicain Goral–. Lo que más seduce es que la forma de bailarlo es muy lúdica, tiene mucho de juego y les da mucho margen a la improvisación y la expresión personal. Además, es una forma de descarga positiva de energía y de tomarse la vida”, resume.

Cabe aclarar que esta música suele bailarse en dos estilos que perduran en el tiempo: uno es el Lindy Hop, es decir “el salto de Lindy”, que se baila en pareja, y se llama así en homenaje al pionero de la aviación Charles “Lindy” Lindbergh, que en 1927 consiguió por primera vez la proeza de “saltar” de Estados Unidos a Europa sin escalas. El otro es el Charleston, que nació en la ciudad de ese nombre, en Carolina del Sur, y se puede bailar en solitario. Ambos fueron difundidos y popularizados por el bailarín y coreógrafo afroamericano Frankie Manning, quien recorrió el mundo para enseñar a bailarlos y formó discípulos que, a su vez, dejaron descendencia hasta hoy. Eso explica en buena parte la difusión y resiliencia de estas danzas en tantos países.
“Frankie fue una persona muy divertida, por eso sus movimientos siempre te sacan una sonrisa”, asegura Mabel, y cuenta que ella misma se inició en estas danzas cuando, a sus 14 años, fue a tomar una clase de rocanrol y se encontró con este mundo nuevo. “Después aparecieron Youtube y otras plataformas que nos abrieron mucho más el panorama, dejamos de depender exclusivamente de clases presenciales, y yo misma pude viajar para perfeccionarme con distintos profesores”, cuenta. Hoy tienen alrededor de 250 alumnos, pero calcula que por Swing City pasaron varios miles, la mayor parte de ellos ya bailarines consumados.
De los que danzan en este lugar un domingo a la noche durante la entrevista con Convivimos, al ritmo de un pequeño grupo de jazz, algunos lo hacen muy “producidos” y otros al natural. Claramente no hay dress code, ni disfraces de la belle époque, ni, al parecer, tampoco códigos cerrados de comportamiento que excluyan a los novatos. Además, es evidente que el clima festivo derrota por amplio margen a la exigencia de perfección; quizás debido a lo joven que es la mayor parte de los bailarines que le ponen el cuerpo a estas danzas creadas hace un siglo.
Mabel tira un último dato: todos los domingos hay baile con una banda en vivo, y antes, clases para principiantes. “En general, toman la clase y se quedan a poner en práctica lo que aprendieron, al nivel en que estén o incluso desde cero. Cualquiera puede venir y bailar, no hace falta nada más que las ganas”, aclara antes de decir adiós y sumergirse en la danza colectiva.
DE HARLEM A LA DOCTA
Además de globalizarse, en nuestro país el swing se federalizó. Lo demuestra la existencia de grupos y lugares donde bailarlo en buena parte del país; con mucha fuerza en las provincias de Córdoba y Santa Fe; en menor medida Mendoza, Salta, San Juan y Neuquén, y también en centros turísticos como Mar del Plata y Bariloche.
Entre los referentes de la movida cordobesa se destaca el bailarín Gastón Brito, fundador y director de la escuela Córdoba Swing. “Somos una de las tantas comunidades de personas que nos juntamos por amor a este tipo de música y de danza, y que compartimos esta forma de expresión”, cuenta Gastón, formado en el Swing Club porteño y también con algunos maestros del exterior. Hay cosas que se explican mejor haciéndolas que contándose, pero de todas formas Gastón hace el intento de ponerlo en palabras: “Cuando uno baila una danza swing de a dos, como el Lindy Hop, que es un baile salvaje y con mucha improvisación, siempre se busca expresar la música que está sonando, y al mismo tiempo se compone entre la pareja algo que sea mayor a la suma de las partes, un hecho dinámico y divertido”.

Explica que el paso más importante de esta danza es el swing out, que significa “sacar afuera” o “balancearse hacia afuera”. Con la erudición que distingue a todos los docentes de estas danzas, cuenta que esta música se bailaba originalmente con contacto físico en la pareja, como el vals o el tango, y que el Lindy Hop innovó por incluir “la apertura o el breakaway entre ambos bailarines, que quedan tomados sólo de una mano con el brazo estirado al límite para hacer alguna figura cada uno por separado y después volver a unirse”. Y concluye: “Si sabés hacer un swing out, ya podés bailarlo”.
Gastón revela, además, que los grupos o escuelas de la Docta dedicadas a esto siempre buscaron mostrarles a las autoridades que su actividad es de interés cultural. Así fue que lograron una buena sintonía con el actual intendente, Daniel Passerini, un amante del jazz tradicional que incluso toca el trombón. “Algunas veces hemos tenido la oportunidad de acompañarlo con nuestra danza en actos públicos en los que él tocó”, apunta.
Además, los bailarines y las escuelas de swing suelen formar parte del Carnaval de Jazz de la ciudad de Córdoba, que se celebra dos veces por año en invierno y en verano por iniciativa del clarinetista Francisco F. Castillo, líder de la Small Jazz Band. El evento incluye música en vivo y, en su versión veraniega, desfiles y una gran movida de baile en la calle, a semejanza del legendario Mardi Gras de Nueva Orleans. Agrega que otras fechas fijas para mostrar su baile suelen ser el 30 de abril, Día Internacional del Jazz establecido por Unesco, y el Día Internacional del Lindy Hop, que se celebra el 26 de mayo por el cumpleaños de Frankie Manning, el gran difusor del swing.
En suma, una hermandad global que se expande con la ayuda inestimable de las redes sociales en el universo virtual, pero que se vive y se celebra poniendo el cuerpo en la pista.
DÓNDE APRENDER A BAILAR SWING
BUENOS AIRES
Swing City S. Ortiz 103 15-6767-1980
Baila Swing Mario Bravo 960 (Camarín de las Musas) 15-3235-0428 [email protected]
CÓRDOBA
ROSARIO






