Ya nada me sorprende.
Ni los mensajes cargados de enojo, ni la excusa de falta de tiempo ni la desorganización de la (mi) semana. Tampoco las discusiones, producto de esa increíble sordera que provoca el desamor.
Por mi lado, sigo a la espera. Entre dos buenas personas que, hasta ahora, han resultado bastante inoperantes.
“Que estos días conmigo, que estos días con vos. Que alterne los fines de semana. Que mejor así, que mejor asá…”. Tanto desencuentro teje una trama diaria que no me sirve de abrigo ni de mantel.
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Se habían separado mucho antes de separarse. Es decir: ahora viven en casas distintas.
Pero eso no es lo que me preocupa, sino las indecisiones. No resolver qué hacer con un hijo se parece mucho a la indiferencia.
Cada mañana me lleva un rato saber dónde amanezco. Enseguida, el progenitor de turno saluda con tono preocupado: “¿Cómo dormiste?”. Nunca esperan respuesta, vuelven a preguntar “¿Te preparo algo?, ¿Por qué esa cara? ¿A qué hora entrás al colegio?”.
Se supone que en un diálogo participan dos o más personas con alguna alternancia. Mis viejos no se han enterado. ¿O es que les asustan las posibles respuestas?
Podría decirles, por ejemplo: “No duermo bien porque cambio de colchón cada tres días”. O “No quiero desayuno, quiero paz”.
Quizás sean frases demasiado duras; no me gustaría que piensen que soy desagradecido; para nada. Ya tengo edad para entender que el amor de pareja no es eterno. Antes o después, cambia. Escuché que, en algunos casos, dura pocos días; en otros, meses y, a veces, varios años. Para esas otras situaciones de convivencia se debería contar con promesas de amor diferentes al clásico “para toda la vida”. Por ejemplo, “con toda el alma” o “cada día”.
“No resolver qué hacer con un hijo se parece mucho a la indiferencia”.
Quiero que entiendan bien: no me importa tanto lo que hagan o deshagan entre ellos; solamente les pido dos cosas: que me sigan queriendo igual (o más). Y que nunca me abandonen.
El abandono es el peor miedo infantil; vivan o no bajo el mismo techo, encuentren o no novio/a, sumen o no hermanos a la familia.
Se dice por ahí que ser hijo de padres separados es más común que antes. En mi curso somos más de la mitad, sin contar a los que todavía no se han enterado. Por mi experiencia, sugiero estar más atento a los silencios que a los gritos.
¿Cómo explicar que me encantan los días sin obligaciones, sin planes? He llegado a sonreír (y agradecer) cuando me liberan de decidir con quién pasar un cumpleaños, una vacación o un viaje. El nomadismo agota; perdés rutinas, referencias y hasta amigos.
Por el momento, y hasta nuevo aviso, tengo cargada mi vida en dos mochilas. Elegir qué guardar en cada una aclaró mis prioridades.
Quiero dejar un mensaje especial para quienes recién se enteran: intenten no mostrar esa patética cara de compasión. Aunque no hablen, se les nota el gesto de “pobrecito”.
Pobrecitos mis padres, que hasta el momento solo saben lo que no quieren. Sobre todo lo demás, dudan.
Así ando yo por estos días: liviano, nunca pobrecito y a la espera. Me podrán reconocer por la ilusión de novedades… Uno nunca sabe… los milagros existen.
Ahora todo depende de ellos, de mis viejos. Que descubran de verdad lo que buscan.
Entonces, sí, encontraré mi lugar.






