PAJUERANO

Cuando llegué a Córdoba, lo primero que me deslumbró fue la interminable cadena de galerías que corrían por el centro de la ciudad. Un vertiginoso río de venas que alimentaban un insaciable corazón comercial. Entrabas a una y te perdías en el medio, porque tenías tres salidas para elegir. Y cuando acertabas el escape, aparecías de nuevo en la peatonal, donde tenías otro par de entradas en la cuadra del frente. Y con sus cantos de sirena, esas dos te invitaban a perderte una vez más en sus entrañas. Entonces, tu mejor opción era convertir el paseo en un juego: perderte en el laberinto de las galerías, como un moderno Teseo sin el hilo salvador de Ariadna, tratando de evitar al minotauro de Creta. Al final, en lugar del minotauro solo te encontrabas con los pescaditos de la Galería Muñoz.

Así, de a poco fui descubriendo esta embriagadora ciudad, que se te pega inmediatamente en la piel y es imposible de quitar. En esa época, yo era un pajuerano de 20 años extraviado en la gran urbe. Deslumbrado por sus luces, por la altura de sus edificios, por sus colectivos, por sus cines, por el hormigueo de humanos que chocaban sus hombros, tratando de llegar más rápido a ninguna parte. Descubrí los porteros eléctricos, los semáforos, los zorros grises, las avenidas anchas, la inaccesible Plaza España.

Venía a estudiar para convertirme en adulto y ganarle la pulseada al futuro. Nadie me había regalado nada, y estaba tan sobrado de tiempo como falto de dinero. Por eso, entre ocho sampachenses alquilamos un departamento de dos habitaciones con cuatro cuchetas, prolijamente desordenadas. Nos llevábamos bien, pero para usar el baño tenías que superar una carrera de obstáculos. Y para tener intimidad, primero debías domar tus hormonas y después encomendarte a la suerte para que durante una hora el lugar estuviese libre de curiosos.

“Venía a estudiar para convertirme en adulto y ganarle la pulseada al futuro”.

En poco tiempo descubrí el comedor estudiantil, que se convirtió en una especie de farol alimenticio. Todo un mundo desconocido, con arengas políticas cada veinte metros. Allí, recibía algunas fibras y proteínas, pero los recursos para el resto del día eran escasos. Sobrevivimos con criollos comprados en el almacén del gallego Pepe, donde atendía su hija de 16 años, una rubia de ojos claros que nos hacía olvidar lo que íbamos a buscar. Volvíamos al ratito, siempre volvíamos.

Y un domingo conocí la cancha de Talleres y vi jugar a Daniel Willington. El Daniel no pateaba los tiros libres, los guiaba. Retrocedía dos pasos y clavaba la pelota en el ángulo superior a dos centímetros del poste. Antes de patear, los arqueros ya estaban resignados. Tuve la suerte de verlo, como después fueron Kempes, Maradona y Messi.

De a poco, Córdoba se adhirió a mi piel. Era una ciudad que no se sabía dónde empezaba ni dónde terminaba. Y se convirtió en mi mundo de adulto, un mundo con muchas idas y vueltas. Me casé a los 26, fui padre a los 27 y me divorcié a los 28. Me volví a casar y tuve más hijos. Pasaron cosas. ¿A dónde diablos se va el tiempo…? A veces, me doy vuelta y busco desesperadamente a aquel pajuerano deslumbrado por una ciudad llena de galerías.

 

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