TATUAJES EN ADOLESCENTES

Según un reciente estudio publicado por la Universidad Argentina de la Empresa, el 60 por ciento de la población argentina tiene al menos un tatuaje en su piel. El dato no sorprende. En tiempos de urgente necesidad de expresión, la piel se presenta como un lienzo infinito para identificarse, denunciar, recordar y hasta para gritar consignas.

Tradicionalmente el tatuaje estuvo asociado al género masculino. Hoy, en cambio, las mujeres superan a los hombres en número y variedad de diseños; otra muestra del empoderamiento sobre la autonomía corporal acorde a los cambios culturales.

Desde la antigüedad, los tatuajes simbolizaban jerarquías o logros. Entre prisioneros eran (y aún son) credenciales de jerarquía o identificación clandestina. También simbolizaron las peores marcas del horror. En campos de concentración y exterminio nazis fueron usados por primera vez en la historia como método sistemático de deshumanización e identificación forzada.

En la actualidad y en la mayoría de los países se vinculan al arte del dibujo y del diseño.

Pero a pesar de su masiva aceptación, el momento de inicio para marcar la piel debería representar un límite, ya que las potenciales consecuencias aumentan cuanto menor es la edad.

No existe una ley nacional que regule los tatuajes, pero están vigentes reglamentaciones regionales en 17 de las 24 jurisdicciones de primer orden (provincias y CABA).

“El momento de inicio para marcar la piel debería representar un límite”.

En la provincia de Córdoba, la Ley N.° 9012 reglamentada en 2008 prohíbe tatuar –y perforar la piel (piercing)– de menores de 14 años. Es posible entre los 14 y 18 años, pero con autorización firmada y con la compañía de un mayor responsable.

No solo se intenta evitar complicaciones a temprana edad, sino contener la impulsividad adolescente, característica que los expone a portar marcas que rápidamente podrían perder vigencia. Basta comprobar que más del 70 por ciento de los adultos tatuados confiesa que “lo hubiera hecho más pequeño”, “en otro sitio del cuerpo” o “de otra manera”.

Existe riesgo de sufrir infecciones bacterianas agudas y otras más severas a largo plazo (hepatitis C y HIV). Esto se previene con la esterilización del material que se utilizará y la antisepsia aplicada previamente en la piel.

Son frecuentes la inflamación local o el sangrado, que pueden deformar y cambiar el diseño original con cicatrices queloides. Personas susceptibles pueden experimentar reacciones alérgicas con pigmentos rojos y azules.

Un peligro silencioso es la intoxicación sistémica por metales (plomo, cromo, cobalto y níquel) contenidos en las tintas tradicionales, razón por la cual se busca utilizar pigmentos orgánicos, aunque estos no son necesariamente naturales ya que se sintetizan a partir del carbono.

Otras complicaciones menos difundidas son la posibilidad de enmascarar lunares –que podría impedir la detección oportuna de lesiones cancerígenas– y las molestias en la zona tatuada durante la realización de una resonancia magnética. 

Para sosiego de los adolescentes que no ceden en sus pedidos existen tatuajes temporales –de henna o calcomanías– que les permiten mirarlos durante un tiempo y decidir si quieren que su piel –esa perfecta protección humana– quede marcada para siempre.

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