Si hay alguien difícil de encasillar, ese es Fernando Samalea, baterista de Charly García, Illya Kuryaki & The Valderramas, el español Joaquín Sabina y muchos otros, además de sus propios y variados proyectos musicales como compositor y bandoneonista. En los últimos diez años se dedicó también a narrar su largo periplo por la escena roquera nacional en cuatro gruesos libros que abarcan casi medio siglo de música, anécdotas, viajes y reflexiones: Qué es un Long Play (2015), Mientras otros duermen (2017), Nunca es demasiado (2019) y Viviendo el futuro (2025). La charla con Convivimos transcurrió en su búnker del bucólico barrio porteño de Villa Ortúzar colmado de discos, libros e instrumentos.
- ¿Cuándo te surgió la idea de escribir estos libros de memorias?
Siempre fui muy lector y me entusiasmó la idea de dejar un testimonio de mis andanzas musicales. Básicamente, por gratitud a tantas cosas lindas y para que, tal vez, dentro de 50 años lo lean jóvenes que quieran conocer un poco más del rock argentino. Por eso, intenté recrear las modas, estéticas, tecnologías y conversaciones de cada momento. Por otra parte, si no hubiese escrito los libros, mi mente sería un depósito inmenso de recuerdos entremezclados, mientras que así quedó todo ordenado de manera cronológica, y eso es muy sanador para mí.
- Lo interesante es que no son las memorias de una celebridad o un ídolo…
Claro, por eso no es una autobiografía convencional, sino que predominan mis vivencias junto a los artistas icónicos con los que estuve –y sigo– ligado.
- Empecemos por el principio: ¿cómo llegaste a tocar con Charly García?
Por lo misterioso del destino o la suerte. En verdad fue Andrés Calamaro quien me dio la primera chance importante, al grabar en su disco Vida cruel, de 1985. Una noche apareció Charly en el estudio Panda, acompañado por el Flaco Spinetta, nada menos. Me escuchó tocar, congeniamos y me invitó a grabar en el disco Detectives, de Fabiana Cantilo, que él estaba produciendo. Así empezó todo.
- ¿Qué significaba Charly para vos y qué sentiste tocando con él?
No sabría qué decir de Charly que no se sepa. Él es una antena poderosísima, que encontró la forma de contarnos a los argentinos muchas cosas, de manera directa y poética. Tiene algo metafísico y dadaísta, que mantiene hasta hoy, como el cuidado por sus aliados y las personas que han compartido con él. Se lo agradezco infinitamente.
- También es notable la ductilidad con que pasaste por tantas experiencias musicales y tan variadas…
Fui sumando distintas etapas, sin renegar de las anteriores. En los 80, cuando integré los grupos Clap y Fricción, quedé cautivado por ese mundo moderno y multicolor, festivo y delirante, que sucedió a la dictadura, y que distaba de la seriedad de los heraldos del rock “sinfónico” o “progresivo” que yo escuchaba hasta entonces. La nueva década me llevó a cambiar incluso la forma de tocar hacia un estilo más minimalista. Valoro mucho haber sido testigo de ese cambio, fue muy divertido.
- Es interesante cómo en tu primer libro, Qué es un Long Play, contás tu disciplina con la cuestión de los “excesos” en esa época, tratando de mantener siempre la cordura…
Fui una especie de “reventado frustrado”, como digo en broma, en medio de la vorágine. Aunque me gustaba todo ese delirio del vale todo, sabía que mi lugar pasaba por otro lado. Entendí que la vida, ya de por sí, cobraría un precio alto de desgaste a lo largo de los años, así que mejor no acrecentarlo. Excesos, los justos, o mejor ninguno.
“Viajar fue, es y será mi mayor deseo, quizá estimulado por las lecturas infantiles sobre grandes aventuras”.
- ¿Cómo fue tu acercamiento al bandoneón, algo tan ajeno a la modernidad y a todo lo que habías hecho hasta entonces?
A principios de los 90 me fasciné con El libro del tango, de Horacio Ferrer, y por un golpe fortuito lo comencé a frecuentar. Gracias a su libro descubrí que el tango también había sido un movimiento de músicos veinteañeros como Julio de Caro, Pedro Maffia o Pedro Laurenz, que giraban por Europa y grababan en Nueva York. Tenían algo bastante parecido a la vida del rock, de alta bohemia. Así que conseguí un bandoneón y empecé a estudiar con el profesor Carlos Lazzarii, que me tuvo mucha paciencia.
- ¿Te propusiste llegar a ser un bandoneonista profesional?
No necesariamente, y tampoco pasaba por mi cabeza tocar en una orquesta típica. ¡Eso sí es muy difícil! Lo uso solo para componer o tocar con amigos. De ahí salieron mis discos de bandoneón, en ediciones muy cuidadas como las que siempre quise hacer.
- Otro hallazgo en tus libros es enterarnos de tu curiosidad por conocer a personajes tan ajenos al rock, como Horacio Ferrer o Enrique Medina…
¿Cómo me iba a perder conocerlos? En mí es algo natural, porque creo que alguien no es necesariamente una sola cosa, sino una mezcla de muchas. La riqueza de estímulos que sumé en la vida y mi curiosidad me llevaron a repartirme entre un montón de actividades.
- Nos enteramos por tus libros que llevás una vida muy intensa de trotamundos…
Sí, porque viajar fue, es y será mi mayor deseo, quizá estimulado por las lecturas infantiles sobre grandes aventuras y epopeyas. A partir de mis 21, las canciones de Charly me llevaron por unas cuantas ciudades, algo que disfruto hasta hoy con una infinidad de proyectos. Junto a mi compañera Michelle Bliman, que es compositora, saxofonista y cantante, tratamos de pasar unos meses del año en el hemisferio norte, ya sea en Nueva York, París o Madrid. Le buscamos la vuelta, incluso a través de trueques o favores de nuestros amigos de allá. Además, me gusta viajar en mi motocicleta, “La Idílica”, cuando voy a hacer las “charlas informales” por distintos lugares del interior de la Argentina.
- ¿En qué consisten esas charlas?
Son encuentros con pibes y pibas que, al estar en zonas bastante alejadas en ciertos casos, no pueden desarrollar todo lo que desearían. Hemos visitado escuelitas muy humildes, con músicos superapasionados y profesores muy nobles. No son conferencias ni hay micrófonos o escritorios. La idea es que hablen sobre sus inquietudes, la música que les gusta, y que pregunten sobre grabaciones o discos. Es algo hermoso que me permite conocer el país en profundidad.
- ¿Cómo elegís o encontrás los lugares donde ir?
Tengo la suerte de dar con “cómplices”, quienes a su vez me contactan con las municipalidades, y así aparece el viático para la nafta de la moto y un hotelito. Busco lugares con cierta mística para que la charla se enriquezca con el entorno. Pude hacerlas incluso en otros países como Chile, Bolivia, Perú o Uruguay. Y hasta en París, a orillas del Sena, o en el Central Park de Nueva York.
- ¿Recordás algunas en particular?
Me viene a la mente la terraza del Castillo Morisco de Tandil, majestuoso, ante las sierras, o las ruinas de San Carlos, en Entre Ríos. En general nos sentamos en el suelo, en ronda. Una vez la organizamos en la Legislatura cordobesa, pero no usé los salones protocolares sino un hall futurista que encontré por el fondo, bajo una escalera. ¡A excéntrico no me van a ganar!
- ¿Cuál es tu actividad musical actualmente?
Son cinco o seis proyectos a la vez, quizá para no aburrirme ni aburrir a nadie. Hacemos shows con La Portuaria y el proyecto neo soul de Michelle Bliman, además acompaño a Joaco Burgos, un joven compositor que se las trae, y a Leo García cada tanto. Ahora, junto con el “Zorrito” [Fabián] Von Quintiero, la cantante Eme, Matías Mango, Santi Maurino, los hermanos Di Salvo y la propia Michelle estamos recreando en vivo el Unplugged de Charly para la MTV de los 90. Son funciones en La Fábrica, el lugar donde ensayamos tantos años con García. Esporádicamente, suelo tocar con los Electric Gauchos (Seattle), con el francés Benjamin Biolay y con Trigémino, el grupo “progresivo” de Pollo Raffo y Jorge Minissale, que fueron mis padres musicales cuando yo era adolescente.
- En tu cuarto libro llegaste casi hasta hoy… ¿A partir de ahora ya podés empezar a escribir en tiempo real?
Por ahora voy haciendo anotaciones cronológicas, nada más. Como decimos con mi amigo el escritor colombiano Sandro Romero Rey, hoy estamos viviendo el futuro del futuro.
PING-PONG
Charly García: Metafísica pura, surrealismo del bueno.
Luis Alberto Spinetta: Alguien que parece de otra galaxia, muy atento a hacer sentir bien a todos… ¡y además un excelente cocinero!
Gustavo Cerati: Exquisito, sajón e italiano a la vez.
Andrés Calamaro: Le dio humor y chispa al rock. En lo personal, le estaré agradecido eternamente por ser el primero que confió en mí.
Joaquín Sabina: Uno de los hombres más cultos, generosos y divertidos que puedan conocerse.
Ilya Kuryiaki & The Valderramas: ¡Los primeros hombres de la escena argentina que se animaron a mover las caderas!
Fabiana Cantilo: Inigualable, eclipsa a todos incluso inmóvil, impone su fantasía.
Carlos “Indio” Solari: Fue una gran pena su partida. Me hizo reflexionar aún más en la finitud de todo.






