La presencia cada vez mayor de corzos, lobos, jabalíes, osos y grandes rapaces en los paisajes españoles se celebra como un éxito de la conservación. Sin embargo, al mismo tiempo, insectos, anfibios y pequeñas aves sufren declives profundos y extendidos. Un estudio liderado por el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC), en colaboración con la Universidad Miguel Hernández, sostiene que estas tendencias opuestas no son casuales: comparten un origen común en los grandes cambios socioeconómicos del último siglo.
Los autores denominan a este fenómeno macrorewilding (la recuperación de grandes vertebrados) y microdefaunation (el empobrecimiento de la fauna de pequeño tamaño). Se trata de una paradoja con posibles consecuencias importantes para el funcionamiento de los ecosistemas. Mientras los animales más visibles y emblemáticos regresan, muchos de los menos llamativos, pero esenciales para procesos como la polinización, la descomposición o la dispersión de semillas, desaparecen de forma silenciosa.
La recuperación de los grandes animales se observa a menudo a escala de regiones o países enteros. Especies como el lobo o el jabalí recorren grandes territorios, por lo que su expansión es evidente en amplias zonas. En cambio, el declive de la fauna pequeña, aunque también muy extendido, se manifiesta de forma más irregular y local. Muchas de sus causas, como el uso de pesticidas, actúan principalmente en el entorno inmediato.
Durante milenios, la principal presión humana sobre la fauna fue la persecución directa de los grandes vertebrados: caza de subsistencia, sustitución de herbívoros silvestres por ganado, erradicación de depredadores y expansión de los paisajes agrarios. Este patrón comenzó a cambiar con el declive de las sociedades agrarias tradicionales, acelerado desde mediados del siglo XX. El abandono de tierras agrícolas y ganaderas, la reducción de la persecución y las políticas de conservación han permitido la recuperación de numerosas especies de gran tamaño, tanto herbívoros como depredadores.
La presión humana no ha desaparecido: se ha transformado. La intensificación agrícola, el uso masivo de pesticidas y medicamentos veterinarios, la simplificación de los paisajes, el cambio climático y la expansión de especies invasoras golpean con especial fuerza a los grupos de menor tamaño. “La evolución de las sociedades agrarias hacia sociedades industriales y tecnológicas ha trasladado la presión humana de la persecución directa de grandes vertebrados a la erosión silenciosa de la fauna de menor tamaño”, resume Mario Gaspar, investigador del IPE-CSIC y autor principal del estudio.
Grandes y pequeños animales están conectados a través de depredación, competencia, modificación de la vegetación, carroña, estiércol, parasitismo y muchas otras interacciones. La recuperación de unos y el declive de otros puede generar no solo comunidades con una composición novedosa, sino también alteraciones en procesos ecológicos fundamentales: productividad vegetal, descomposición, dispersión de semillas o transmisión de enfermedades.
José Daniel Anadón, también investigador del IPE-CSIC y coautor del trabajo, advierte de que la imagen que transmiten los grandes animales puede ser incompleta: “Podemos estar viendo paisajes que experimentan un notable regreso de los grandes vertebrados y que por ello nos parezcan menos alterados. Sin embargo, simultáneamente están sufriendo un empobrecimiento silencioso de otros componentes de la fauna. Como resultado, en el contexto actual, la recuperación de la gran fauna, aunque deseable y necesaria, no implica por sí sola la recuperación de la integridad del ecosistema”.
Los investigadores señalan que las especies de gran tamaño, todavía lejos de sus poblaciones históricas, cumplen funciones importantes también para la fauna menor. Sin embargo, medir el éxito de la conservación únicamente por la recuperación de especies emblemáticas puede ocultar el deterioro de otros elementos del ecosistema.
Por ello, proponen un seguimiento de la fauna que incluya animales de todos los tamaños y niveles de la cadena alimentaria, así como indicadores que reflejen el estado del ecosistema en su conjunto.






