A lo largo de su vida, a pesar de las complicaciones, el miedo, las persecuciones, las oportunidades, las tentaciones y las necesidades, Raquel Lía Chan supo siempre que desarrollaría su vida y su profesión en la Argentina. La doctora en Bioquímica e investigadora especializada en Biotecnología Vegetal, flamante ganadora del premio internacional L’Oréal-UNESCO Por las Mujeres en la Ciencia, es uno de los tantos pilares que sostienen un sistema científico nacional que resiste embates y consiguen logros reconocidos en todo el mundo.
Como investigadora, se dedicó a comprender los mecanismos moleculares que les permiten a algunas plantas adaptarse a las condiciones medioambientales. Junto a su grupo de trabajo descubrió y aisló genes de girasol con los que desarrollaron herramientas que contribuyen al mejoramiento de cultivos. La tecnología HB4 (creada a partir del gen HaHB-4, del girasol) fue desarrollada íntegramente en la Argentina y consiste en la introducción de este gen de girasol dentro de una construcción genética adecuada en otros cultivos. El trigo HB4 es pionero a nivel mundial. Este trigo tiene mayor tolerancia a la sequía y da mayor rinde que el convencional. Luego, siguiendo estos principios, desarrolló también variedades de maíz, arroz y soja resistentes a la sequía.
De chica tuvo intereses varios y proyectó su futuro en áreas como la filosofía, la literatura y las ciencias económicas. Pero, finalmente, se volcó por la bioquímica: “Pensé que entender químicamente cómo funciona la vida me ayudaría a entender el resto de las cosas”, explica la directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral.
En la adolescencia, integró el centro de estudiantes del colegio Pellegrini, en una época de una violencia política creciente. Las amenazas de la Triple A y, luego, de la dictadura, y la desaparición de algunos compañeros la llevaron a escapar hacia Uruguay para exiliarse más tarde en Israel. Allí, obtuvo su Bachiller Universitario en Ciencias Químicas y Bioquímica en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Al volver a la Argentina, se doctoró en la Universidad Nacional de Rosario y, después de realizar un posdoctorado en Estrasburgo, Francia, se radicó definitivamente en el país: “Mi vida es la ciencia, pero también lo afectivo. La familia y los amigos están acá”, asegura.
A lo largo de su carrera como investigadora, la doctora Chan recibió reconocimiento nacional e internacional por sus descubrimientos y desarrollos. Entre otros galardones, le otorgaron el premio Konex y el premio Jorge Sábato del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación, ambos en 2013. En abril de 2021, además, fue incorporada a la Academia Nacional de Ciencias.
Está convencida de que el motor fundamental de su trabajo, y de la ciencia en general, es hacerse preguntas: “Las buenas preguntas conducen a la buena ciencia. La ciencia se trata de observar y preguntarse cosas, lo que sea, ya sea comprando en el súper o trabajando en biología de plantas”.
El otro aspecto clave en su trabajo cotidiano es el temple, la tolerancia al fracaso, la respuesta ante el error y las dificultades estructurales. Esas características se forjan con la experiencia, no solo dentro del laboratorio ni en el trabajo de campo, sino en la vida en general: “Hay algo cultural, educacional. Yo vengo de una familia en la que hubo que sobreponerse a muchas cosas. Creo que el hecho de pasar por experiencias duras y sobrevivir te va forjando experiencia para decir ‘Se puede salir de esto’”, concluye.
Junto a su grupo de trabajo lleva adelante una enorme tarea: que un instituto del interior del país trabaje a la par, y a veces por delante, de otros con una infraestructura mucho mayor en todo el mundo. “Estamos en un muy mal momento de financiamiento, tenemos muy poco. Las becas están bajas y nos cuesta reclutar y sostener a la gente, porque el dinero que ganan es poco. El premio llega en un momento en el que nos sirve que la ciencia esté nuevamente en foco. Somos parte de varios colectivos que han sido abandonados”, analiza.






