Basta de titubear. El uso excesivo de dispositivos electrónicos está causando estragos en niños y adolescentes.
Sin diferencias regionales ni sociales, todos parecen caer en la trampa de una industria que, de manera premeditada, diseña algoritmos adictivos que perturban cada ámbito familiar y educativo.
Los datos impactan. La edad promedio en la que chicos y chicas reciben su teléfono propio es de 9,6 años; es decir que desde cuarto grado comienzan a conectarse, a aislarse y, muchos, a enfermar.
El tiempo promedio de pantalla supera largamente las cuatro horas diarias (840 horas al mes), con picos durante fines de semana y feriados. En vacaciones el promedio suele exceder las diez horas diarias.
Pero más allá del tiempo, importan los contenidos. Numerosos informes nacionales coinciden en la lista de plataformas que abordan: TikTok, YouTube, Instagram y distintos juegos, la mayoría de los cuales no apela a la imaginación ni a la creatividad.
El resultado es previsible: diseño premeditado y tiempo y contenidos excesivos conducen, antes o después, a la adicción.
Esta palabra no es azarosa; una adicción se define por criterios reconocibles:
-Una fuerte dependencia, tanto emocional como física. En lo diario, la dependencia se traduce en diversas formas de ansiedad cuando se les demanda atención y ellos/as solo esperan volver a conectarse.
“El uso excesivo de dispositivos electrónicos está causando estragos”.
-Tolerancia, que en este contexto significa aumento de la dosis. Al igual que el consumo adictivo de tabaco, alcohol o drogas ilícitas, siempre piden más.
-Abstinencia. Crisis en forma de berrinches y protestas descontroladas al quedarse sin señal. Es habitual observar que, cuando alguien intenta retirar una tablet o un teléfono a un niño pequeño, la experiencia se asemeja a una amputación.
-Negación a ser adicto.
QUÉ HACER
Si los adultos –la mayoría de los cuales comparte algún criterio adictivo– deciden actuar, existen estrategias probadas.
Un buen inicio es definir zonas libres de tecnología. La salud mejora cuando los chicos no utilizan dispositivos en la cama, durante las comidas, en clase o durante prácticas recreativas al aire libre. Cada territorio demandará una batalla, pero indispensable para lograr el objetivo.
Prácticas sencillas son reducir la intensidad de la luz y el brillo en las pantallas, desactivar alertas no esenciales y no usar el teléfono como despertador para no iniciar el día zambullido en las redes.
En la actualidad prosperan proyectos institucionales sobre la regulación del uso de dispositivos durante las primeras dos décadas de la vida, mientras que la política privada dependerá de cada familia, sin miedo al enojo o a los estallidos emocionales de quienes se sentirán despojados.
Porque lo que está en juego no son solo los síntomas actuales como dispersión, trastornos del humor, pérdida de hábitos esenciales (para alimentarse y para dormir) y capacidad de socializar cara a cara. Peligra lo que conocemos como infancia y adolescencia como territorios fértiles para el crecimiento en libertad y una natural maduración cognitiva.
Para alcanzar todo esto, y que se interprete como gesto de amor y protección, es indispensable estar.
¿Y qué es la maternidad/paternidad sino justamente eso?






