JUAN GIL NAVARRO: «ME SIENTO UN OUTSIDER DE LO QUE SE LLAMA FARÁNDULA».

Luego de un largo recorrido vital y profesional, consiguió vivir en un lugar como el que siempre soñó. “Uno inevitablemente trabaja como vive”, reconoce. Hoy, asegura, lo hace todo de forma más genuina y libre.
Luego de un largo recorrido vital y profesional, consiguió vivir en un lugar como el que siempre soñó. “Uno inevitablemente trabaja como vive”, reconoce. Hoy, asegura, lo hace todo de forma más genuina y libre.

El ajetreo de la ciudad, el bullicio de los eventos, tanta gente moviéndose junta, rápido, aunque no siempre sepa hacia qué lugar, son efectos secundarios de hacer lo que en realidad lo apasiona de su vida y su trabajo. Juan Gil Navarro elige resguardarse en una burbuja propia, porosa, donde ingresan información e influencias, pero que lo mantiene a una distancia prudente, desde la cual observa, respira y junta energías y data para sumergirse de nuevo en textos, personajes y proyectos que lo ponen de nuevo en escena, con los reflectores apuntándole de frente.

Autopercibido como un outsider, entra y sale del foco de atención sin demasiado interés por lo que rodea a su profesión, y elige abrazar su naturaleza solitaria tanto en el trabajo como en la vida: desde hace un año, formó su hogar a unos cuantos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en un punto equidistante que le permite acercarse para filmar o hacer funciones teatrales y, a la vez, es lo suficientemente lejos como para, finalmente, atender las ganas de rodearse de campo que siente desde niño: “Necesito un tiempo fuera del tiempo”, confiesa, y se refiere tanto a los momentos de contemplación de su amplio jardín como al proceso de construcción de Misery, la obra basada en la novela de Stephen King que protagoniza junto a Julia Calvo. “Esto es suspenso, con elementos de comedia y de drama, o de tragedia, pero con una partitura distinta. Hay información superinteresante en los silencios, hay pausas que elijo extender para que haya una incomodidad, que el público tenga que pasar por esa experiencia. Que se vayan a comer una pizza después, pero con la marca de los dedos en la cara, que sea algo perturbador. La gente hace un enorme esfuerzo para garpar una entrada de teatro, y la forma de hacer que eso valga no es dándole solamente lo que quiere, sino que hay que ofrecerle algo inesperado, novedoso. Yo trabajo para espectadores, no consumidores”, declara.

Juan Gil Navarro. (Foto: Alejandra López)
  • ¿Cómo es eso?

El consumidor paga por algo concreto y lo exige, como pasó hace unos meses en un recital de Fito Páez. El espectador va a ver a un artista sabiendo que puede haber cosas que le gusten y otras que no tanto, porque forma parte de la propuesta. Hay una tendencia ante la que no quiero claudicar.

  • ¿Sentís que el entorno donde vivís modifica al actor que sos?

Me da otra mirada, sí. Me acuerdo de cuando hacíamos Rey Lear con Alfredo Alcón. En la obra hay un bufón al lado que le dice la verdad y, en un momento, suelta: “Tu problema es que te pusiste viejo antes de ponerte sabio”. Yo escuchaba eso todas las noches y pensaba cómo alcanza uno la sabiduría, y qué es. Siento que es un coeficiente compuesto de muchas cosas y, en la búsqueda de ella, está para mí el tener más relación con la naturaleza. No es que ande abrazando árboles ni que sea San Francisco de Asís con los animales, sino que se trata de otra cosa: tener otro tiempo para mirar las nubes, sentir el silencio, escuchar los pájaros a la mañana, dejar que me pegue el sol, el olor del pasto o de la tormenta que se viene. Te cambia la cabeza. Me hace despejar lo que es superfluo para ver qué es lo que necesito. Y me doy cuenta de que, cada vez, necesito menos cosas.

  • Siempre viviste en la ciudad, ¿por qué conectaste tanto con el campo?

Me pasa desde chico. Tenía un amigo, que ahora es ingeniero agrónomo, cuyo padre era bioquímico y nos llevaba al campo en Pilar, cuando no era lo que es ahora. Nos levantábamos a las seis de la mañana, agarrábamos el tractor y movíamos cosas de un lugar a otro, ordeñábamos vacas… Me acuerdo, sobre todo, de la salida rasante de la luz en las mañanas de invierno. El director Terrence Malick trabaja mucho con ese tipo de luz, por ejemplo. Los domingos no quería volver a la ciudad, me deprimía eso. Años más tarde, mi viejo tuvo una casa en la costa, desde donde me llamaba y me relataba sobre los pájaros que había. Ahora veo los pájaros y me acuerdo de él. A mi vieja le gusta mucho la botánica. Es un universo mucho más afín y más amable con lo que me hace bien. Después, suelo estar con más ganas de conectarme con analizar las palabras, sugerir cosas que no están. Necesito distancia con las cosas y esa perspectiva, que es un poco lo que siento que también me pasa con el oficio. No me considero tan del medio, me gusta tener un pie adentro y uno afuera, no pertenecer del todo al colectivo. A mí lo que me gusta de actuar es rajarme de lo que soy y jugar con la fantasía.

  • A tu trabajo lo rodean muchas cosas…

Sí, pero comulgo muy poco con lo que lo rodea. Hay mucho esnobismo, mucha superficialidad. Conozco mucha gente que quiero mucho, pero actores amigos solo tengo dos, Esteban Pérez y Mariano Bertolini. Me siento un outsider de lo que se llama “farándula”.

Juan Gil Navarro. (Foto: Alejandra López)
  • Además de esas estructuras del star system, existe la expectativa del público. Hacer un éxito no solo tiene cosas positivas, sino que también puede representar una carga. Hace más de veinte años fuiste parte de Floricienta, un universo que recientemente volvió a cobrar actualidad, y hay quienes siguen reclamando tu presencia en él…

Sí, la tele era un medio enormemente masivo y yo he tenido el privilegio de hacer esto, que fue muy popular y me acercó a un montón de gente. Sería un desagradecido si no entendiera también que, gracias a eso, muchos tienen ganas de abrir la billetera y pagar una entrada para ir al teatro o al cine a ver algo en lo que trabajo. Pero, desde el principio, entendí que un año de eso estaba bien para mí. Después, se tejieron un montón de cosas, hubo gente que salió a decir que no tuve continuidad por la plata, y te aseguro que por eso no fue. Simplemente quería hacer otra cosa. Como decía Cerati: “No es soberbia, es amor. Poder decir adiós es crecer”. ¿Por qué voy a vivir mi vida según la decisión de alguien que me quiere ver solo en una cuestión? ¿Por qué tengo que cargar la culpa de que si hago otra cosa, estoy traicionando la expectativa? Trabajar para espectadores, y no para consumidores, te da una cierta libertad. Hay gente que lo compra y otra gente que se pregunta quién me creo que soy. Me costó mucho tiempo, años de terapia, quitarme la culpa de no satisfacer a los demás.

  • ¿Hizo mella este reclamo en vos?

Un poco. Fue, más que nada, por otros reclamos de mi vida personal, que después llevé a mi trabajo porque uno inevitablemente trabaja como vive. Empecé a entender que, si daba todo el tiempo lo que el otro esperaba, no solamente dejaba de hacer lo que yo quería, sino que me dolía el cuerpo, me enfermaba, me enojaba, andaba con cara de culo… Por ahí, llegó el momento de decir que puedo hacer hasta acá.

“Trabajar para espectadores, y no para consumidores, te da una cierta libertad”.

  • Además de actuar, escribís y desarrollaste una serie que hace años estás presentando en productoras, ¿no?

Sí, es una miniserie que se llama Cerca de la revolución. Mi papá era corresponsal de DyN (la agencia Diarios y Noticias), en el Congreso, yo lo acompañé mucho a su trabajo y vi a personajes que, supuestamente, debían ayudar a la gente a vivir mejor. Por eso, hace mucho quiero hacer algo sobre el periodismo y la política. La he paseado por todos lados, he ido a España a venderla, la presenté acá en un par de lugares, pero no pasa nada. Las cosas que a mí me gustan caminan por otro lado, no conectan con lo que se quiere producir, aparentemente. ¿Lo mío es pretencioso? Sí, ¿y por qué debería ser conformista? Yo he visto ficciones maravillosas cuando era chico, me he formado viendo desde novelas con escenas fantásticas hasta [Alejandro] Doria con los especiales de Atreverse. Hay una escena muy vieja, de Buscavidas, con Patricio Contreras y Luis Brandoni, que recuerdo mucho: uno se ponía en pedo en las escalinatas de la Facultad de Derecho y discutía con la Justicia, lloraba, gritaba, mientras seguía tomando. Yo era pibe, miraba eso y me parecía bárbaro. Algunos dicen ahora, ante cada propuesta, que la gente no lo va a entender. ¿Cuándo se volvió costumbre pensar que la gente es idiota?

  • Sos ambicioso, pero no en el aspecto material…

No, soy ambicioso en levantar la vara de las cosas, porque estoy seguro de que se puede y que siempre habrá alguien que lo va a festejar. Yo crecí mirando los domingos a la noche a Tato Bores haciendo humor político. No tenía una edad para entenderlo y, sin embargo, lo disfrutaba. No venía de una familia de intelectuales para entender el chiste político, pero ese tipo de humor era lo suficientemente inteligente como para que me dejara algo de todos modos. 

  • ¿Tu búsqueda es que el arte sea algo que inquiete y no solo un entretenimiento?

Tiene que ser una situación incómoda, sí. Tiene que ser raro, que te lleve a plantearte preguntas. A mí me divierte eso, que alguien me corra la alfombra. Estás muy seguro de algunas cosas y, después de ver algo que te impacta, esas certezas tambalean. Entonces estás vivo, entonces sos vulnerable.

  • ¿Cómo te llevás con tu soledad?

Superbién. Me encanta tener vínculos, pero me gusta ser solitario. Lo necesito. Si no, siento que me pierdo, me enojo, me vuelvo irascible. La estupidez es contagiosa, y cuando me vinculo con espacios que están llenos de locura y de estupidez, yo también me pongo idiota. Me pasé mucho tiempo sin ser yo, hasta que me entendí. Ahora soy más yo que antes, soy más genuino. Y es un riesgo, porque al decir que no a algunas cosas, me puedo quedar afuera. Pero el arte también tiene que ver con eso.

Juan Gil Navarro. (Foto: Alejandra López)

TRANSMISIÓN 

A través de la pantalla, lo que llega puede ser mucho más de lo que en apariencia se ve. A Juan le sucedió que, siempre, sintió una conexión con artistas que luego descubrió similares a su forma de pensar: “Veía a Harrison Ford, Robert Redford, Paul Newman, Steve McQueen, Alfredo Alcón, Jorge Marrale, Miguel Ángel Solá o, más aquí en el tiempo, George Clooney, y me llegaba una información que me hacía bien. Quería ser como estos tipos, me parecía fantástico lo que hacían. Después los escuché hablar del oficio y la vida, y sus enfoques me interesan. Me transmitieron algo a través de un personaje, una imagen. Ojalá me pase, ojalá alguien tenga ganas de ser actor porque yo transmití algo así”, desea.

 

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