VIAJEROS

A menos que lo piense demasiado, he llegado a la conclusión de que todo viaje territorial tiene valor únicamente para quien lo realiza. Suena egoísta, pero es así. Un viaje no es una experiencia social ni comunitaria. Su riqueza verdadera es apreciada, valorada y resguardada por el propio viajero. 

Hace poco tuve la oportunidad de viajar con uno de los mejores compañeros que podía imaginar: mi hijo mayor. Juntos fuimos protagonistas de una sucesión de eventos, descubrimientos y sorpresas que difícilmente olvidaremos. Aunque hayamos compartido las fotografías, las anécdotas o los relatos posteriores, hay una dimensión del periplo que permanece inaccesible para quien no haya estado allí.

Cada cosa que nos sorprendía la registrábamos con la cámara del celular, conscientes de que ninguna lente podría reflejar en su totalidad lo que nuestros sentidos estaban percibiendo. El brillo exacto de una escultura, el color irrepetible de una capilla milenaria, el olor de una callecita bañada por los siglos, el calor del mismo sol que alumbró varios imperios, el sonido lejano de una campana o la emoción silenciosa que nos atravesaba al contemplar determinados lugares. Todo eso quedaba inevitablemente fuera del encuadre.

“Cada travesía deja huellas distintas en cada persona”.

Burgos, Logroño, Bilbao, San Sebastián, Viana, Galilea, Alfaro, Pamplona y el País Vasco, en una España del norte que parecía alternar memoria y belleza con una naturalidad asombrosa. Versalles, las Tullerías, la Torre Eiffel, el Louvre, el Arco del Triunfo, los Jardines de Luxemburgo, la Biblioteca Nacional y Montmartre, en un París que no dejaba de encandilarnos. El Coliseo, la Capilla Sixtina, el Vaticano, la Fontana di Trevi, el Trastevere y el Panteón de Adriano, en una Roma exultante de historia. Y finalmente Madrid, con el Palacio Real, la Puerta de Alcalá, la Plaza Mayor, el Reina Sofía, Atocha, la Gran Vía y la Puerta del Sol, regalándonos esa cercanía cálida que parece abrazar a quien la recorre.

Lugares, espacios y rincones protagonistas de hechos decisivos en el devenir del hombre, unidos por una pincelada de magia que aumenta con el paso del tiempo y la distancia.

Quizás por eso cada viaje sea, en esencia, una aventura profundamente personal, que se acrecienta a través del diálogo y el intercambio con quienes viven en el lugar. Podemos intentar transmitir esas vivencias con las mejores palabras posibles, pero siempre habrá algo que permanecerá exclusivamente en el territorio de quien estuvo presente.

Y allí radica la mayor belleza de viajar: comprender que existen experiencias que no necesitan ser explicadas ni validadas por nadie. Cada travesía deja huellas distintas en cada persona, mezclando emociones, descubrimientos y recuerdos que surgen mientras se recorre el camino. 

Al fin y al cabo, el verdadero tesoro de un buen itinerario no está en los lugares visitados, sino en la íntima transformación que ocurre mientras se los atraviesa. Y eso constituye una experiencia única, irrepetible y silenciosamente valiosa, que se disfruta por completo más allá del destino elegido.

 

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