Una chica de alrededor de veinte le pide a un modelo de inteligencia artificial (IA) que le devuelva imágenes de la familia que desea formar, aquella con la que sueña, y comparte las escenas felices, que jamás ocurrieron ni ocurrirán –al menos no con esos integrantes–, en las redes sociales. Otro joven, apenas mayor, se dibuja a sí mismo junto a un novio imaginario y, también por medio de la IA, convierte esos trazos en una serie de postales de pareja. Dos niños salen de la escuela y van a la casa de uno para jugar, encienden la consola de juegos y confirman que, para jugar en línea y estar al mismo tiempo en el mismo juego, cada uno con su avatar, necesitan distancia física, la cercanía es un obstáculo. Una mujer mayor saca turnos médicos sin dolencias concretas, solamente para poder hablar con alguien que le pregunte cómo se siente y se interese, aunque sea por un rato, por su bienestar. Todos ellos son parte de una sociedad cuyos tejidos y tramas se desgarran, porque sus miembros se encuentran cómodos o aislados, cada vez más lo segundo, en sus propias individualidades. Silenciosa –y por ello mismo más peligrosa–, avanza una epidemia de soledad no deseada, posibilitada por los modos de vida imperantes, anabolizada por ciertos usos de la tecnología y abrazada, por afecto, miedo o imposibilidad de aferrarse a algo diferente, por personas de todas las edades.
Tradicionalmente, hablar de soledad no deseada era referirse, sobre todo, a personas en edad avanzada que fueron perdiendo con el tiempo sus lazos sociales, por muertes cercanas, el fin de las actividades laborales, el alejamiento de hijos e hijas, entre otras razones. Ese tipo de soledad sigue presente y es un factor de riesgo que erosiona la salud mental y física: una persona sola es más propensa a la depresión, a la demencia, a sufrir eventos cardiovasculares (se asocia la soledad a fumar unos quince cigarrillos por día, por ejemplo).
“Se dice que el médico aborda más problemas de salud y no tanto problemas sociales, pero esto tiene el mismo peso, porque termina afectando todo. En general, la consulta, que creció de un 15 a un 60 por ciento, no viene por ese lado, sino que uno tiene que buscar, generar confianza para acceder a esta revelación, que es en realidad lo que los lleva al consultorio. Usualmente, una vez identificado, cuesta que se utilice el término ‘soledad’, ya que representa una carga para la persona o para su familia”, afirma Tami Guenzelovich, médica de familia, especialista en gestión en gerontología y coordinadora del Equipo Socio Sanitario del Adulto Mayor Frágil del Hospital Italiano, en Buenos Aires.
La soledad, como todavía sucede con diversas problemáticas de salud mental, carga con estigmas, y su peso es relativizado o minimizado, lo que hace que esa carga recaiga en la persona que la sufre, como si se tratara solo de una falla individual, una serie de errores o malas decisiones que derivaron en esta consecuencia que provoca culpa, vergüenza o pudor.
Victoria O’Donnell, socióloga, programadora e investigadora especializada en tecnología y salud mental, realiza en su reciente libro Mosaicos. Formas de la soledad en el siglo XXI un repaso histórico de los cambios culturales y sociales que desembocaron en un estilo de vida que se erige como escenario ideal para el individualismo y terreno fértil para esta soledad. La aparición y el triunfo de las grandes ciudades, con sus lógicas propias, y la revolución industrial son dos grandes saltos exponenciales en ese recorrido. Para la autora, el uso masivo de herramientas de inteligencia artificial se equipara con otra revolución industrial.

“La tecnología es un gran aliado que brinda accesibilidad a muchísimas personas, no hay que demonizarla. Algunas herramientas reducen la fricción e impiden entrenar la paciencia, la tolerancia y el respeto a la diversidad, que son fundamentales para relacionarse con otro. Hoy se puede hacer casi todo sin necesitar ese contacto. Una pregunta necesaria es qué está ofreciendo hoy nuestra vida analógica: si es un trabajo donde están por echarte en todo momento, si el otro te trata mal porque no reconoce tu otredad, si las condiciones materiales te imposibilitan o dificultan acceder a espacios donde relacionarte, entonces la tecnología se vuelve un escape y se genera un círculo vicioso”, elabora O’Donnell.
La posibilidad de acceder a casi todo sin realizar grandes esfuerzos ni movimientos, junto con la delegación de tareas y búsquedas en algoritmos, representa indudablemente una ventaja: la liberación de espacios y tiempo que podría significar un alivio y una oportunidad. El inconveniente es qué se hace luego con ese tiempo obtenido, y más aún: si es un valor en sí mismo que algo resulte más sencillo o rápido, si acaso, en algunas tareas, aquella demora era parte del disfrute o del proceso necesario para incorporar algo más que el resultado concreto. En cualquier plataforma, al ver o escuchar algo, el algoritmo devuelve lo que considera de un atractivo y tono similar. La exploración que conduce a algo novedoso, a un descubrimiento que no sucedería sin transitar por contenidos poco afines al gusto propio, queda trunca desde el inicio. Esta lógica crece de forma exponencial con cierto uso de los modelos de lenguaje de inteligencia artificial, que simulan conversaciones y usualmente refuerzan opiniones y sesgos, sin constituir un intercambio con lugar para el desacuerdo y la conexión con otro.
“La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales; entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro”, se advierte en Magnifica Humanitas, la encíclica del papa León XIV, y no hace falta ser creyente para acordar con el planteo.
“En el último tiempo hay mayor cantidad de niños, niñas y adolescentes que sufren la soledad no deseada. Algunos dicen que hablan más y con mayor confianza con un desconocido que encuentran a través de Internet o con chatGPT que con pares o con sus familiares. Son etapas de altísima vulnerabilidad, en las que el establecimiento de lazos es fundamental para el desarrollo. Cuando se pasa mucho tiempo con estas estructuras o herramientas, el constructo del criterio de realidad, que tiene una base neurobiológica, pero también simbólica y subjetiva, se va desflecando o construyendo no adecuadamente. Hay alteraciones, con retraso del lenguaje, problemas de atención y funciones cognitivas”, analiza Silvia Ongini, médica psiquiatra infantojuvenil del Departamento de Pediatría del Hospital de Clínicas José de San Martín y presidenta del Centro de Prevención y Atención del Abuso Sexual en la Infancia y Adolescencia (CePasi).

Ongini resalta que somos sociales y que este repliegue no solo acarrea males de consecuencias individuales, sino que afecta, indudablemente, a la vida social: “No hay un yo sin un otro, no hay un lenguaje si no hay una necesidad y una posibilidad de comunicar algo a un otro. Es una época de una velocidad maniacal, donde parece no haber tiempo para uno mismo ni para los otros. Poder estar solo con uno mismo también es bueno, pero no esta soledad que irrumpe como vacío, que no permite construir ese entramado vincular en el cual se sienten suficientemente seguros de poder exponerse a un otro. Cuando un algoritmo o modelo de lenguaje nos muestra todo positivo, cuando solamente me vinculo con aquello que es igual a mí, se anula la otroridad. El otro, al no pensar igual que yo, me provoca a recuestionarme, a replantearme y a crecer, a tolerar la diferencia, porque con ese otro hay un vínculo que es superador de lo que pienso o de lo que veo. Hay conceptos de la posverdad que generan aislamiento porque no hay tolerancia a la diferencia: el que piensa diferente es la alteridad opuesta total y muchas veces es percibido como el enemigo radical, lo que lleva a más soledad”.
Una vez que se identifica la problemática, hay soluciones que se toman de forma personal, como las de quienes acceden a un tratamiento según su cuadro y reciben acompañamiento médico. También existen propuestas colectivas, de organizaciones que se ofrecen como espacio de intercambio intergeneracional, para establecer lazos mediante la realización de actividades. Sol Rodríguez Maiztegui es comunicadora, gerontóloga y lleva adelante en la ciudad de Córdoba El Club de La Porota, una comunidad interdisciplinaria donde brindan talleres y opciones, fundamentalmente a los adultos mayores, para derribar mitos y forjar vínculos: “No alimentamos las narrativas viejistas que hablan de una etapa sin proyectos ni deseos, sino que consideramos a las personas mayores como seres con una pulsión de vida muy fuerte. Tratamos de ofrecer opciones, estando atentos a qué buscan para sentirse atraídas”, explica.
Aunque son iniciativas válidas y necesarias, es necesario que también existan políticas públicas que aborden la problemática, cuya escala es significativa: “Es un tema de salud pública, esto le pasa a una de cada seis personas, según las medidas más conservadoras, y a una de cada tres, según otras. Está relacionado con que tiene condicionantes estructurales. Hay propuestas a nivel municipal y ejemplos de otros países, pero considero que antes de pasar a la política pública, falta mucho entendimiento para no ser meros importadores de soluciones. Cómo le pega a cada grupo es muy diferente. Hay que seguir hablando, tener más palabras, más conceptos, porque la verdadera política pública se hace adaptándola a las realidades de cada comunidad”, reflexiona O’Donnell.
DUALIDAD
Otro efecto relacionado con el tema es una dualidad que luce contradictoria: una creciente sexualización, con acceso y consumo problemático de pornografía cada vez a edades más tempranas (con reportes de niños de nueve años consumiendo dicho material on-line), y una recesión sexual, con una baja sostenida en la cantidad de personas que tuvieron relaciones sexuales en el último año y personas que llegan a los treinta años o más sin ninguna experiencia en este terreno.
El acceso fácil a contenido y el sexting sin compromiso ni fricciones ofician de reemplazo del encuentro físico. “La hiperestimulación apaga esa alarma biológica del cerebro que dice `Deberías ir a buscar a alguien, porque te sentís solo’. Como si el cuerpo no sintiese dolor o necesidad. El uso intensivo no solo reemplaza, sino que provoca que se vea a la persona que se desea como un objeto, cuyo consentimiento o sentimientos no importan demasiado. Es el mismo combo: personas con baja sensación de valor social, mucho desempleo, informalidad, mucho miedo, vulnerabilidad, y la oferta a mano de pornografía e inteligencia artificial, que sacian algo básico”, enumera O’Donnell.






