PALABRAS QUE SE JUBILAN

Cuando éramos chicos, decir que algo era “mortal” era bueno. Después fue “zarpado”. Después “épico”. Después “god”. Ahora, quién sabe. Tal vez mientras usted lee esta columna, una palabra acaba de nacer en un video de quince segundos y otra acaba de morir de vergüenza ajena.

Porque sí: las palabras también tienen edad. No la que figura en el diccionario, sino la edad social. Esa que hace que una palabra suene joven, adulta o jubilada. Una palabra puede haber nacido hace siglos y sonar nueva –como “banco”, que existe desde hace mucho, pero entre jóvenes significa apoyar (“Te banco en esa”)– o haber nacido anteayer y sonar vieja en tiempo récord.

La lengua tiene esas ironías: envejece más rápido que nosotros. El lingüista William Labov mostró que la lengua cambia en relación con los grupos sociales y que la variación no es un accidente, sino el motor del cambio. Primero conviven formas distintas; después una se impone, se desgasta o desaparece.

Con las jergas juveniles, ese proceso va a velocidad de algoritmo. Cada generación arma su pequeño museo de palabras. Ahí quedan guardadas, como en una cápsula del tiempo, expresiones que alguna vez fueron contraseña de pertenencia y hoy suenan vintage. Si usted dijo “qué groso”, “qué flash”, “qué copado” o “joya”, probablemente su cabeza tenga algunas canas. Si dice “cringe”, “ghostear”, “random” o “bro”, quizá esté más cerca del presente. Aunque cuidado: en materia de jerga, el presente dura poco.

“La lengua tiene esas ironías: envejece más rápido que nosotros”.

Las palabras jóvenes cumplen una función vieja: construir tribu. Hablar parecido es pertenecer. Toda comunidad genera marcas de identidad, y el léxico es una de las más visibles. No es casual: la innovación léxica –la creación de palabras nuevas o de sentidos nuevos para palabras viejas– es uno de los motores más activos del cambio lingüístico.

Por eso pasa algo fascinante: cuando una palabra sale del grupo y la empiezan a usar padres, marcas o políticos, empieza a marchitarse. Hay un instante exacto –difícil de medir, fácil de sentir– en que una palabra deja de sonar joven y empieza a sonar esforzada. Como ese tío que dice “full” o “literal” en Navidad. Y entonces los jóvenes hacen lo que hicieron siempre: inventan otra.

Nos gusta creer que envejecemos por las rodillas, las canas o la paciencia. Pero a veces envejecemos por el vocabulario. Uno descubre que el tiempo pasó cuando escucha hablar a un adolescente y entiende apenas el sesenta por ciento.

La buena noticia es que eso no significa que la lengua se esté arruinando. Significa exactamente lo contrario: que está viva. Y las lenguas vivas, como los jóvenes, tienen una costumbre hermosa e insoportable: cambian todo el tiempo. 

Tal vez por eso las palabras son el mejor calendario generacional: no hace falta preguntar la edad; alcanza con escuchar cómo alguien nombra lo que le gusta, lo que le duele o lo que le da risa. El lenguaje deja huellas. Y, a veces, la primera arruga no aparece en la cara: aparece en una palabra que ya nadie dice. Y ahí entendemos que el tiempo habló.

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