ARMAS Y PUENTES

Hay palabras que acarician. Otras acompañan, explican, consuelan o celebran. Y hay palabras que muerden.

Los insultos existen en todas las lenguas. Cambian de forma y de moda, pero parecen tan antiguos como la necesidad humana de hablar. Allí donde hubo conversación, hubo también descalificación. Quizás porque el lenguaje no solo sirve para comunicar lo que pensamos, sino también para marcar distancias, expresar enojo o disputar poder.

La palabra “insulto” proviene del latín insultare, que significaba “saltar contra alguien”, “abalanzarse”. La imagen es reveladora: insultar es lanzarse verbalmente sobre otra persona. No hay golpes ni heridas visibles, pero sí agresión.

No resulta extraño que muchas culturas hayan relacionado las palabras con acciones físicas. Mucho antes de que existieran las redes sociales, ya se comprendía que una palabra podía dañar el honor, alterar vínculos y desencadenar conflictos reales.

Los lingüistas saben que las palabras no son simples etiquetas pegadas sobre la realidad. Tienen efectos. Construyen vínculos, generan emociones y moldean la forma en que percibimos a los demás. El filósofo británico J. L. Austin explicó que al hablar no solo describimos el mundo: también hacemos cosas con palabras. Prometemos, agradecemos, ordenamos, perdonamos. Y también humillamos.

Los insultos son una prueba contundente de ese poder. Basta recordar algunos que hoy consideramos inaceptables y que durante décadas circularon con absoluta naturalidad. Muchas expresiones ofensivas nacieron para ridiculizar a determinados grupos sociales, nacionalidades, religiones o características físicas. 

Lo que cambia con el tiempo no es solamente el vocabulario: cambia nuestra sensibilidad frente al daño que esas palabras pueden causar.

“Las palabras no tienen dientes. Pero a veces dejan marcas”.

La historia demuestra, además, que los insultos rara vez aparecen solos. Suelen prosperar en épocas de polarización. Cuando una sociedad deja de ver personas y empieza a ver enemigos, el lenguaje se endurece. Las palabras se vuelven trincheras. Primero llegan las etiquetas. Después, las caricaturas. Finalmente, la deshumanización.

La filóloga española Irene Vallejo ha advertido sobre este fenómeno al señalar que el odio encuentra en las palabras una de sus herramientas más eficaces. No es casual. Antes de cualquier agresión física suele existir una agresión verbal previa. Como si el lenguaje preparara el terreno.

Sin embargo, el mismo instrumento que puede herir también puede reparar. Con las palabras pedimos disculpas, reconocemos errores y tendemos puentes. Si insultar es lanzarse contra alguien, dialogar implica acercarse.

Quizás por eso conviene prestar atención a nuestro vocabulario cotidiano. Cada vez que hablamos, elegimos nuestras palabras. Esa selección nunca es inocente. En ella se refleja nuestra manera de mirar el mundo y de relacionarnos con los demás.

Las palabras no tienen dientes. Pero a veces dejan marcas. Y otras veces, afortunadamente, ayudan a cicatrizarlas.

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