LA ESCUELA DONDE CASI NADIE ABANDONA

Nació en cuatro vagones de tren y hoy es un referente educativo: logra que el 75 por ciento de sus alumnos termine la secundaria gracias a un seguimiento cercano y una comunidad que acompaña.
Nació en cuatro vagones de tren y hoy es un referente educativo: logra que el 75 por ciento de sus alumnos termine la secundaria gracias a un seguimiento cercano y una comunidad que acompaña.

A Darío Torres el colegio le quedaba solo a media cuadra de su casa. Se preparaba con entusiasmo y salía sin distracciones ni perder un minuto de su tiempo. “No faltaba nunca, no me rateaba. Yo siempre fui feliz en el colegio”, dice este exalumno y actual preceptor del nivel secundario. 

Darío tiene hoy 42 años y cursó desde el ciclo inicial hasta que terminó quinto año del colegio. También comenzó en el terciario que tiene el Instituto, pero finalmente no pudo continuar. En su vida, solo estuvo fuera del María Madre Nuestra los primeros tres años de existencia y luego otros tres en el lapso transcurrido entre el abandono de la educación superior y su regreso como preceptor.  

Hay un dato que hace único a este Instituto de orientación católica del que parece que nadie se quiere ir, que está ubicado en la localidad Manuel Alberti, en el departamento de Pilar, en la provincia de Buenos Aires: logra que el 75 por ciento de su alumnado finalice sus estudios secundarios. 

Agustina Ayanz, covicedirectora del nivel secundario, dice que el secreto es poner la atención sobre el alumnado: “Nosotros en el colegio frente a tres faltas consecutivas, llamamos a la familia; si hay cinco, se llama a la orientadora social, se va a la casa y se visita. No es que pasan y no nos importa. La mirada es totalmente personalizada”. 

Esta institución parece un remanso en medio de una corriente revoltosa. El panorama educativo en el país es preocupante. Los datos de la ONG Argentinos por la Educación arrojan que solo 10 de cada 100 estudiantes que comenzaron la primaria en 2013 lograron finalizar la secundaria en 2024 en tiempo y forma. Además, el informe de la plataforma indica un retroceso con respecto a los años anteriores. En 2022 eran 13 de cada 100 los que llegaron al final de la secundaria en tiempo y forma.

Otra de las cuestiones a las que le dan importancia en el colegio es a la búsqueda de un propósito de vida. “Les hacemos saber que hay una razón por la que existen, que tienen que encontrar el sentido de su vida, que si Dios los puso en el colegio es porque están llamados a ser protagonistas de la vida y no están condicionados a ninguna historia”, menciona la directiva.

Más adelante, describe las dificultades que enfrentan algunos chicos. “Vienen de realidades muy difíciles, de familias con mucho dolor, con necesidades básicas no cubiertas, e ir al colegio los hace tomar conciencia de que las historias pueden cambiar”.

CUATRO VAGONES

Corría la década de los 60 cuando las vías del tren dieron nacimiento al poblado de Manuel Alberti. En los siguientes diez años, se calcula que llegaron a vivir 200 familias en esta zona rural. Para entonces, la población estaba conformada en su mayoría por trabajadores de la empresa estatal Ferrocarriles Argentinos. 

“No faltaba nunca, no me rateaba. Yo siempre fui feliz en el colegio”. Darío Torres

El Instituto María Madre Nuestra arrancó a dar clases en cuatro vagones abandonados del ferrocarril, y el pueblo creció al compás de esta escuela impulsada por el padre José Roqueta. “En base al colegio se empezaron a pavimentar las calles, se hizo la iglesia, la comisaría”, enumera la vicedirectora.  

“La familia de mi papá fue de las primeras que llegaron a Manuel Alberti”, cuenta Darío. Su abuelo vino de Paraguay en 1959 buscando mejores oportunidades. Su papá tenía solo dos años cuando llegó al territorio y fue uno de los chicos que asistió a la escuela cuando esta solo eran vagones. La mamá de Darío también aprendió en los mismos vehículos ferroviarios transformados en salón de clases. 

Hoy esa misma escuela aloja a 2000 jóvenes desde nivel inicial hasta superior. “Se hizo un monstruo enorme, hoy son casi tres hectáreas donde hay dos grandes edificios”, señala Ayanz.

DE ALUMNA A PROFESORA

A Magaly Alegre las palabras no le salen de la boca con la misma velocidad que las cuentas de sumar y restar. Es tímida y las respuestas ante cada pregunta son acotadas. Ni una letra de más ni una de menos. 

Tiene 21 años y fue alumna desde el nivel inicial hasta el superior. Hoy es profesora de matemáticas y se junta en el aula con quienes antes le enseñaron a ella. Su papá también es exalumno y llegó hasta primer año de la secundaria, luego se puso a trabajar. “Mis padres siempre me apoyaron en el estudio y me dijeron que lo fundamental era terminar el colegio”, afirma. 

El 85 por ciento de padres y madres no finalizaron la secundaria. “Nosotros los entrevistamos y les preguntamos si tienen el secundario completo o con qué estudios cuentan, y la mayoría terminó primaria, pero secundaria no”, apunta la directiva. 

Para este colegio es importante que sus alumnos finalicen los estudios del segundo nivel porque eso les permite acceder al mundo laboral. “Los chicos ven que los toman en los shoppings o en empresas, entonces las familias hacen un esfuerzo inmenso para mandarlos”, acota Ayanz. 

El colegio recibe una subvención especial del Estado porque sigue siendo considerado un colegio rural, pero es de gestión privada. Quienes asisten, pagan una cuota de 80 mil pesos mensuales aproximadamente y la jornada es completa. “También hay becas a las que pueden acceder. Hay becas totales o les damos libros, comida”, enumera la covicedirectora. 

Y así como Darío no se perdía un día de escuela, para Magaly, el Instituto María Madre Nuestra también era un lugar no solo para ir a estudiar. “Tiene una carga de horario bastante amplia, completa, entonces uno lleva el recuerdo de que era como otra casa, una segunda casa”, asegura 

Cómo comunicarse: 

www.ozcimmn.org.ar.

 

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