¿Cómo puede el asombro volverse rutina? “¿Te parece normal hacer siempre lo mismo?”, le preguntó un Lionel Messi fastidioso, a la salida de un entrenamiento de Barcelona, a un fan que todos los días le pedía fotos y videos insistentemente. La interrogación podría ser dirigida a él: durante veinte años, mientras los rivales pasaron, se retiraron, se renovaron camadas y desafíos, él siguió haciendo lo de siempre: sorprender con un don innato y su capacidad de pulirlo y cincelarlo cada día, orfebre de sí mismo, causa y efecto, prestidigitador capaz de hallar el truco preciso en el momento exacto, una y otra vez.
Ya sea un adolescente desbocado que arrancaba a velocidad supersónica o un hombre bordeando los cuarenta, padre de tres hijos, que camina observando el entorno para aprovechar cada ráfaga que el cuerpo aún le permite, redondeó una trayectoria inigualable de seis mundiales como factor desequilibrante, conector de generaciones, ídolo no solo de hinchas, sino también de compañeros y rivales. Después de dos décadas y un par de amagues de cierre anticipado, ahora sí concluyó un viaje mundialista brillante y cargado de gloria, y también de frustraciones y sinsabores.
“Ya está”, repitió desde el campo de juego en Lusail el 18 de diciembre de 2022, apenas consagrado campeón del mundo, y repitió la idea luego de la victoria ante Inglaterra este año, ante la consulta de un periodista que comparaba su trayectoria con los niveles de un videojuego: “Ya terminé eso en el Mundial pasado”. Con 39 años y el anhelo más grande de su vida deportiva ya obtenido, el Mundial en Norteamérica lucía como un bonus track, una coda que lo tendría como acompañante secundario, pasando en cancha la posta a un grupo de compañeros que ya se habían hecho cargo de su ausencia y vaivenes en torneos previos, como la Copa América 2024 o las Eliminatorias. Sin embargo, con el tanque de reserva, el 10 acaparó el centro de la escena, asumió su peso y responsabilidad, y fue el artífice de que un seleccionado averiado y espasmódico, reactivo ante la adversidad como una bestia herida, llegara hasta otra final.
Entre el rumor de que un chico argentino desparramaba defensores en España, el armado de un partido amistoso para ofrecerle la camiseta argentina y su debut en un Mundial, pasaron solamente dos años. En 2006 jugó por única vez el torneo como suplente, como una apuesta a futuro. En su primer partido, un concierto de la selección ante Serbia, aportó un gol y esos movimientos eléctricos tan característicos de sus años iniciales. Sumó minutos en los siguientes partidos, aunque en la imagen final, en la eliminación contra Alemania, se lo vio sentado y de brazos cruzados, exteriorizando su decepción por no haber ingresado al partido. Un balance positivo en esta primera experiencia en la que cumplió con un rol de reparto que no repetiría en toda su carrera.
A Sudáfrica 2010 llegó ya como figura absoluta, consagrado como el mejor jugador del mundo, el revulsivo y goleador del Barcelona de Pep Guardiola, el equipo de época y uno de los mejores de la historia. Con la 10 en la espalda y Maradona como entrenador, invitaba a la ilusión, aunque arrastraba un mal con el que cargaron distintas generaciones de seleccionados: el señalamiento de que cada jugador era una estrella que brillaba en su club y se apagaba en la Argentina. Entre tiros al palo, otros que se desviaron por centímetros y grandes atajadas, finalizó el Mundial sin que pudiera convertir ni un solo gol. En cuartos de final, otra vez Alemania se volvió barrera infranqueable. El Mundial dejó esa sensación de que había más para ofrecer y de que, encima, la suerte no estaba de su lado.

Una fallida Copa América en 2011, jugada en la Argentina, derivó en el punto más distante entre los hinchas argentinos y Messi. En una fase de grupos errática, recibió insultos y reproches. La brecha entre lo que disfrutaba en su club y padecía en el seleccionado se ampliaba. Pero un Mundial siempre es más grande que todo, y en 2014, en Brasil, hubo reconciliación. Por primera vez en más de veinte años, la Argentina cruzó el Rubicón de los cuartos de final y llegó hasta la definición del torneo. Un equipo que fue dejando de lado la inspiración ofensiva y se sostuvo con una defensa rocosa y consistente, sucumbió por tercer Mundial consecutivo ante el mismo rival: Alemania. De Brasil se fue, como el resto del equipo, con el reconocimiento de haber devuelto al seleccionado a los primeros planos. Aunque no alcanzó, parecía haber un camino construido para profundizar la búsqueda.
La caída desde aquel subcampeonato fue estrepitosa, y la Argentina ingresó en un ciclo mundialista tumultuoso y autodestructivo. Dos finales perdidas de Copa América desembocaron en la renuncia de Messi al seleccionado. Finalmente, fue más un impulso esgrimido en público, una forma de flagelarse en medio de la derrota, que un alejamiento concreto, ya que en el partido siguiente de la Argentina la renuncia ya era cosa del pasado y Messi estuvo en cancha. La clasificación a Rusia 2018 fue sufrida, con cambios de entrenadores y resultados dispares. Y el Mundial no fue mejor: a cuatro minutos del final del tercer partido, la Argentina evitó la eliminación en fase de grupos. No duró mucho más, de todos modos, ya que en octavos de final Francia asestó el que parecía el golpe definitivo al recorrido mundialista del, ahora, capitán argentino. Esta vez, las cuentas quedaron todas en rojo. Un desempeño flojo, individual y colectivo, un penal errado, impotencia para rebelarse frente a partidos que se hicieron cuesta arriba y la derrota como consecuencia inevitable.
“Seguramente fue el último partido de Messi en un Mundial. Tendrá 35 años para el próximo”, especulaban, apenas consumada la derrota, en la televisión inglesa. Había razones para pensarlo, pero una vez más consiguió dar el paso inesperado, moverse como nadie más imagina ni puede, y se reinventó como jugador. Menos vertical y frenético, más inteligente y observador, logró mantenerse en el centro de la escena, imponerse como si fuera un destino inexorable. Una carrera esplendorosa que debía convivir con un asterisco incómodo, una deuda pesada, llegaba a su fin. Pero no, todavía quedaba una vida extra, un ciclo con él como eje y la custodia incondicional de un grupo de compañeros que en su infancia y adolescencia lo veían y veneraban por televisión. Se invirtió la ecuación que lo acompañó durante más de una década y, esta vez, el disfrute estaba en la selección, mientras que en sus nuevos clubes no depositó tanto compromiso ni emocionalidad como en Barcelona.
Primero, cayó la pared que durante 28 años le había impedido a la Argentina alcanzar un título en la selección mayor. Aquella Copa América de 2021 significó alivio y la plataforma desde la cual dar el salto hacia el trofeo más ansiado. En Catar, las piezas terminaron de encajar, y el equipo, que comenzó con un tropiezo, desplegó el potencial contenido. Messi se estrenó como goleador en las fases de eliminación directa, y lo hizo en absolutamente todas, marcando desde octavos de final en adelante. Un doblete en la final y el primer penal de la serie definitiva fueron su sello para que la Argentina bordara una tercera estrella sobre el escudo.
Los gestos, la edad, la concreción del anhelo tantas veces esquivo, otra vez invitaron a creer que la historia se cerraría allí. El título, la forma de obtenerlo, sus seis goles en una misma copa volcaban la balanza definitivamente de su lado. La historia de Messi y los mundiales podría, después de todo, contarse como un amor correspondido. Su permanencia en el Olimpo del fútbol no tenía ya oposición razonable y, después de tantas batallas, estaba en condiciones de observar las nuevas olas como parte del mar. Y, de nuevo, no.
Silencioso, de voz calma, sin intenciones de sumergirse en polémicas, sino más bien todo lo contrario, eligió exhibir su rebeldía siempre dentro de la cancha, con la pelota al pie. Así, mientras todos imaginaban que su luz se apagaría de a poco en una liga menor, como la estadounidense, él secretamente tomaba impulso para un último zarpazo. La selección argentina demostró que la voracidad competitiva había sobrevivido a pesar de los trofeos levantados. Con las figuras de Catar consolidadas, con un abanico de referentes, pudo suplir con creces las fatigas del capitán. Ganó la Copa América y llegó a golear y bailar a Brasil sin Messi en cancha. Todo indicaba que, en su ocaso, el astro adoptaría un rol secundario, más apoyado en sus compañeros que ellos en él.
Llegó el Mundial en Norteamérica y todo se invirtió. Una catarata de goles propios (los primeros cinco de la Argentina en el Mundial) demostraron su vigencia y modificaron las cargas del ataque del campeón del mundo. Desde ese momento, todos lo buscaron a él, que por momentos fue el único factor de desequilibrio de un equipo al que dejó de fluirle el juego. A sus 39 años, durante un mes lideró la tabla de goleadores frente a rivales entre diez y quince años más jóvenes que él. Cada vez que se lo necesitó, incluso con eliminaciones prácticamente consumadas, emergió entre la neblina para conducir a la heroica victoria.
Aunque faltó el envión final, hizo carne el fragmento del himno que tanto gritó antes de hacer lo suyo. Coronado de gloria vivió y con gloria entregó el cetro de rey del mundo.

ALGUNOS NÚMEROS
Las estadísticas no llegan a abarcar la dimensión del jugador que acaba de culminar su larga campaña mundialista, pero ayudan a aproximarse al fenómeno:
– 6 mundiales disputados: Logro solo compartido con el portugués Cristiano Ronaldo (el arquero mexicano Guillermo Ochoa estuvo en seis convocatorias, pero en dos torneos no llegó a jugar).
– 33 partidos: Récord absoluto a nivel mundial (lo siguen Cristiano Ronaldo, con 27; y el alemán Lottar Matthaus, con 25).
– 21 goles: Máximo goleador argentino (Gabriel Batistuta es el segundo, con 10). Solo superado por el francés Kylian Mbappé, que convirtió 22.
– 3 finales jugadas como titular y capitán: Único caso en la historia (el brasileño Cafú disputó tres, la primera ingresando desde el banco de suplentes, y solo la última como capitán).






