Ese niño que está parado al lado de la pileta soy yo. Blanco como lechada de cal y flaco como una escoba. Pero parado así, viendo el agua mansa que me espera, me siento el rey. Tengo 10 años. La pileta está en la quinta de la familia, a tres kilómetros de mi pueblo, sobre la ruta 8. Solo cien metros la separan del campo de Antonio Barbón. Algún día vamos a hablar del campo de Barbón, donde vi por primera vez una víbora. La maldita me persiguió media hora, en castigo por haber ido a robar choclos a don Antonio.
Todas las noches me asomo y miro el cielo para espantar las nubes. También le pido a Dios que no llueva, así a la tarde siguiente mi papá nos puede llevar a la pileta. La odisea es meter a mis primos y amigos dentro del Siam Magnette. Ocho como mínimo. Llegamos y soy el último en tirarme al agua, mi hermano Hugo es siempre el primero. La pileta ya no existe. En realidad, sí, pero es de otra persona. O sea, no existe.
Todo lo que puedo agregar sobre mi persona es que siempre sueño con películas de aventuras, que nunca he viajado en taxi y que fuera de mi pueblo solo conozco Río Cuarto. Y ahora –hoy mismo–, me doy cuenta de que me faltan ocho años para subir por primera vez a un ascensor.
“Todas las noches me asomo y miro el cielo para espantar las nubes”.
Cuando no íbamos a la pileta, nos juntábamos a jugar a la pelota con la misma banda de primos y amigos. Generalmente usábamos como estadio el patio de la nona María, en cuyo vértice izquierdo florecía un granado. La nona tenía una costumbre sagrada: ni bien se despertaba, tomaba siete tragos de agua en ayunas. Afirmaba –y nadie se animaba a contradecirla– que eso le regulaba los intestinos.
Volvamos a la pileta. Llevábamos un kit alimenticio que entraba en una bolsita de nailon: tres naranjas, tres bollitos de pan, un paquete de Criollitas y una latita de picadillo La Negra. Yo usaba una malla marca Casi, elastizada. No se secaba nunca. Mi primo Carlos era capaz de permanecer sentado debajo del agua, mi prima Gloria nadaba con los ojos abiertos y el gordo Dotti era capaz de contar hasta setenta y tres sin respirar. Un día, el Alaja Redondo probó comer una Criollita con picadillo debajo del agua; un fracaso rotundo. Yo estoy aprendiendo a tirarme de cabeza, pero debo perfeccionar la caída, la panza llega primero y todos se me ríen en la cara. Les devuelvo la burla tirándome bomba cuando ellos están secos al borde de la pileta. Un tsunami que los empapa. Lo mejor viene al caer la tarde, cuando todos nos hundimos hasta el fondo y empezamos a hablar entre nosotros para ver cómo suben los globitos. Mi amigo Jorge Ortea tiene debilidad por contarlos para ver quién gana. En algunas ocasiones, largamos una carrera de pedos, que suben a la superficie como niños rebeldes. Siempre gana el Pototo Zanluchi. Y a veces nos convertimos en un cardumen que se sumerge y contabiliza cuántos cráteres tiene el piso.
Tengo 10 años. Estoy parado en la punta de la pileta y siento que todavía no me preocupa el futuro. La vida fluye, soy feliz con lo que tengo. En ese momento no sé que en la primavera siguiente perderé a mi madre y todo se volverá triste y oscuro. Quiero tener 10 años toda la vida.






