AGOSTO

Hay meses que llegan con buena prensa y otros que cargan con una sospecha. En la Argentina, agosto pertenece al segundo grupo. No solemos recibirlo como promesa, sino como prueba: “Hay que pasar agosto”, decimos, como si el calendario nos pidiera resistencia antes de entrar en la primavera.

La paradoja es preciosa. Porque agosto, en su origen, no tenía nada de mal agüero. El nombre viene del latín Augustus, título que recibió Octavio, el primer emperador romano, y que puede traducirse como “venerable”, “majestuoso” o “consagrado por los augurios”. Antes de llamarse así, el mes era Sextilis, porque ocupaba el sexto lugar en el calendario romano. En el año 8 a.C. fue rebautizado en honor de Augusto. Es decir: la palabra nació ligada al buen augurio.

Pero las palabras viajan. Y cuando cruzan siglos, mares y estaciones, no siempre conservan intacta su buena estrella.

En España, muchas expresiones con agosto guardan una relación más auspiciosa con el mes. “Hacer su agosto”, por ejemplo, significa aprovechar una ocasión para obtener ganancias. El Centro Virtual Cervantes recoge la explicación tradicional: en origen, hacer uno su agosto era recoger la cosecha de cereales y semillas; por extensión, pasó a significar lucrarse con una oportunidad favorable. También los refranes agrícolas suelen mostrarlo como un tiempo de maduración: “Agosto madura y septiembre vendimia”, “Agua de agosto, azafrán, miel y mosto”. Allí agosto aparece asociado a la cosecha y al provecho.

Entre nosotros, agosto se volvió más áspero. No porque el diccionario lo diga, sino porque el uso popular lo fue cargando de otro clima. “Hay que pasar agosto” no celebra la abundancia: habla de atravesar el tramo más duro del invierno. La frase suele aplicarse, sobre todo, a las personas mayores o frágiles, como si sobrevivir al mes fuera una victoria doméstica. Algunas versiones más crudas lo dicen sin delicadeza: “Julio los prepara y agosto se los lleva”.

“Agosto, en su origen, no tenía nada de mal agüero”.

A esa fama se suma la tormenta de Santa Rosa, esperada hacia fines de agosto, cerca del día de Santa Rosa de Lima, el 30. El Servicio Meteorológico Nacional explica que, en la tradición popular argentina, se llama así a una tormenta que ocurre en torno a esa fecha. Cada año, aunque el fenómeno no siempre se presente, la conversación vuelve: “Se viene Santa Rosa”, “Este año llegó antes”, “Esta vez no falló”. Agosto trae frío y presagio.

Ahí está lo interesante. La misma palabra que nació de Augustus terminó nombrando en la Argentina un mes que se mira de reojo. En el hemisferio norte, agosto pudo ser cosecha; en el sur, muchas veces fue intemperie. La lengua no contradice a la historia: la completa con experiencia.

Quizás por eso agosto es tan buen ejemplo de cómo hablamos. No repetimos solamente etimologías; repetimos inviernos, miedos, alivios, abuelas y supersticiones. Decir “pasamos agosto” no informa una fecha. Dice otra cosa: que resistimos un poco más y que la primavera ya no queda tan lejos.

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