Los elefantes salvajes de la región del Monte Elgon, en la frontera entre Kenia y Uganda, parecen buscar de forma deliberada plantas con propiedades medicinales cuando están enfermos y, en algunos casos, las administran a sus crías. Así lo documenta un estudio publicado en Scientific Reports, que por primera vez ofrece una visión sistemática de este posible comportamiento en elefantes africanos (Loxodonta africana), basada en el conocimiento local de la comunidad indígena sabaot.
Un equipo internacional liderado por Fabien Schultz, del Bernhard Nocht Institute for Tropical Medicine (BNITM) de Hamburgo, entrevistó a ocho expertos sabaot, con más de veinte años de experiencia observando a estos animales. Mediante entrevistas semiestructuradas, los informantes describieron qué recursos consumen los elefantes cuando muestran signos de enfermedad y cómo se emplean esas mismas plantas en la medicina tradicional humana.
De los 39 recursos naturales identificados (35 especies vegetales de 23 familias y cuatro tipos de suelos, minerales o arcillas), el 87 % (34) también se usa con fines curativos entre las comunidades locales. Veinticinco de ellos fueron señalados explícitamente como “medicina para los elefantes”. Ocho especies cumplieron los criterios más estrictos de la metodología empleada —denominados “Modo 4”—, que distingue el consumo ocasional del comportamiento dirigido: un animal aparentemente enfermo busca un recurso concreto, en pequeñas cantidades y de forma poco habitual. Entre ellas figuran Aloe arborescens, Bersama abyssinica, Coleus barbatus, varias especies del género Dombeya, Ficus natalensis y Kuloa usambarensis.
Varios testigos relataron cómo los elefantes recorren largas distancias hasta un árbol concreto sin alimentarse por el camino, solo para consumir su corteza o sus hojas. En uno de los relatos más llamativos, un guarda describió a madres que mastican hojas y raíces de una planta conocida localmente como Angurweet (Coleus barbatus), las mezclan con su propia leche y las ofrecen a las crías, un comportamiento interpretado como una especie de “inmunización” o alomedicación maternal. Los investigadores advierten, no obstante, que ni el proceso exacto de preparación ni un beneficio medicinal han sido confirmados todavía.
El consumo de arcilla y minerales en las 55 cuevas del Monte Elgon —que les ha valido el apodo de “elefantes mineros”— se atribuye principalmente a la necesidad de sales minerales, no a un uso terapéutico propiamente dicho.
“Por primera vez tenemos una imagen sistemática del posible uso de plantas medicinales por parte de elefantes africanos, basada en el conocimiento local de personas que han convivido con ellos durante años”, explica Schultz, primer autor del trabajo y líder del grupo de Etnofarmacología y Zoofarmacognosia del BNITM. En lugar de observar directamente a estos animales potencialmente peligrosos, el equipo se apoyó en el saber acumulado de quienes conviven con ellos y contrastó las muestras de herbario con bases de datos internacionales y literatura farmacológica.
La zoofarmacognosia —la automedicación animal— no es un concepto nuevo. En 1987, el primatólogo Michael Huffman observó a una chimpancé en Tanzania masticar una planta amarga con propiedades antiparasitarias cuando estaba enferma. Desde entonces se han documentado comportamientos similares en hormigas, abejorros, orangutanes y, en menor medida, en elefantes asiáticos semidomesticados. Un estudio de 2020 con comunidades karen de Tailandia estimó que alrededor del 8 % del conocimiento etnoveterinario de los mahouts podría proceder de observar a los elefantes. El trabajo actual representa un primer paso “impresionante” en elefantes africanos salvajes, según expertos ajenos al estudio, aunque aún falta situar estas plantas en el contexto de la dieta general y demostrar efectos farmacológicos.
Huffman, profesor del Instituto de Medicina Tropical de la Universidad de Nagasaki, señala que una de las preguntas abiertas más interesantes es si las madres administran las plantas de forma selectiva ante síntomas concretos o simplemente comparten su dieta habitual. El reto es pasar de la observación anecdótica a la prueba científica, algo que hasta ahora solo se ha logrado de forma sólida en chimpancés mediante el análisis de heces.
Schultz y su equipo ya han repartido videocámaras a los guardaparques del Monte Elgon y planean seguir a individuos concretos, filmar las interacciones madre-cría, identificar las plantas consumidas y probar sus efectos en laboratorio. “El conocimiento local nos ha dado un mapa. Ahora queremos seguir a los elefantes e investigar si seleccionan plantas concretas en contextos de salud específicos y si esas plantas tienen actividad biológica relevante”, afirma el investigador.
Los hallazgos refuerzan la perspectiva de One Health: elefantes y personas locales comparten medicinas y dependen de los mismos ecosistemas. La pérdida de hábitat y el conflicto con humanos no solo privan a los elefantes de alimento, sino también de su “farmacia”. “Entender estas conexiones podría ayudar a proteger el hábitat de los elefantes y a identificar plantas que merece la pena investigar para la medicina humana”, resume Schultz. Hasta la mitad de los medicamentos modernos derivan de plantas o materiales naturales, y dos de cada cinco especies vegetales están amenazadas, pese a que solo se ha estudiado una fracción de la diversidad del planeta.






