En condiciones normales, los ecosistemas terrestres actúan como “pulmones” del planeta: las plantas capturan dióxido de carbono (CO₂) mediante la fotosíntesis y lo almacenan en troncos, raíces y suelos, compensando parte de las emisiones humanas. Sin embargo, un estudio publicado en Nature Communications alerta de que este equilibrio se ha roto a escala global.
En 2024, el primer año en que la temperatura media del planeta superó los 1,55 °C respecto a la era preindustrial, el calor extremo combinado con una alta humedad alteró de forma drástica este balance y generó el mayor aumento de CO₂ en la atmósfera desde que comenzaron las mediciones sistemáticas en 1958.
Según la investigación, liderada por un equipo internacional en el que participa Josep Peñuelas (CSIC-CREAF), la tasa de crecimiento del CO₂ atmosférico alcanzó los 3,73 ppm al año, superando el récord anterior vinculado al fuerte El Niño de 2015-2016. La mayor parte de este incremento neto no se debió únicamente a las emisiones humanas (que también marcaron máximos históricos), sino a que los ecosistemas terrestres perdieron de forma masiva su capacidad de actuar como sumideros de carbono.
La causa principal fue un aumento sin precedentes de la respiración ecosistémica. El calor y la humedad asociados a un episodio prolongado de El Niño aceleraron la respiración de las plantas, activaron a los microorganismos del suelo y aceleraron la descomposición de la materia orgánica, liberando grandes cantidades de CO₂ a la atmósfera. Aunque la productividad vegetal (fotosíntesis) también aumentó en algunas zonas, no pudo compensar esta liberación.
“El estudio confirma que puede generarse un círculo vicioso: eventos extremos combinados, como una primavera muy lluviosa seguida de un verano extremadamente cálido, disparan la respiración de los ecosistemas. Esto libera más CO₂ a la atmósfera, lo que a su vez intensifica aún más el calentamiento global”, destaca Peñuelas.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores combinaron datos satelitales de última generación (como el sistema OCO-2), inversiones atmosféricas y estimaciones globales de fotosíntesis y emisiones por incendios, comparando 2024 con 2022, un año tomado como referencia de “normalidad” climática.
Aunque el fenómeno fue global, el impacto fue especialmente intenso en pastizales y matorrales, que contribuyeron al 49 % de la anomalía de emisiones, seguidos de los bosques (33 %) y las tierras agrícolas (18 %). “En matorrales y pastos, el calor y la humedad inciden de manera más directa en el suelo y la vegetación baja. Así que los microorganismos se activan más y la respiración de las plantas se acelera”, explica Peñuelas.
Los grandes incendios en regiones como Canadá y Siberia, junto con sequías en zonas tropicales, también mermaron la capacidad de sumidero biológico, aunque la respiración ecosistémica fue el factor dominante. La pérdida de capacidad de absorción de carbono afectó particularmente al este de Estados Unidos, Europa, Siberia occidental, el Sudeste Asiático y amplias áreas de Sudamérica y África.
Peñuelas alerta de la especial vulnerabilidad de la zona mediterránea: “Nuestros bosques de interior y matorrales corren el riesgo de pasar de sumideros a emisores netos debido a las olas de calor consecutivas que sufren cada vez con más frecuencia”.
Los autores del estudio proponen medidas urgentes para revertir esta tendencia. Por un lado, una gestión forestal adaptativa orientada a reducir el riesgo de grandes incendios que liberan picos masivos de carbono. Por otro, apostar por la agricultura regenerativa, con prácticas que mantengan y aumenten la materia orgánica almacenada en el suelo. Y, sobre todo, reducir de manera drástica las emisiones de combustibles fósiles.
“Si los ecosistemas naturales están perdiendo su capacidad para absorber el CO₂ que emitimos, es todavía más imprescindible reducir las emisiones que generamos nosotros”, subraya Peñuelas.






