LA INDUSTRIALIZACIÓN ALTERÓ CUÁNDO Y CÓMO DORMIMOS, NO TANTO CUÁNTAS HORAS

Una investigación emplea la antropología, la historia y la genética para argumentar que más allá de la cantidad de horas, los hábitos y la regularidad del sueño son factores más importantes a la hora de caracterizar el descanso de las sociedades preindustriales.
Una investigación emplea la antropología, la historia y la genética para argumentar que más allá de la cantidad de horas, los hábitos y la regularidad del sueño son factores más importantes a la hora de caracterizar el descanso de las sociedades preindustriales.

En el siglo XIX se consolidó la idea de que la jornada humana debía dividirse de forma equitativa: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de descanso. Esa fórmula, nacida en el contexto de las reivindicaciones laborales, terminó convirtiéndose en una recomendación casi sagrada en trabajos pediátricos, guías de salud pública y consultas médicas. Sin embargo, una revisión publicada en Brain Medicine cuestiona de raíz esa norma al cruzar datos antropológicos, históricos y genómicos.

El trabajo, liderado por Seithikurippu R. Pandi-Perumal, de la Universidad de Chandigarh (India) y del Dr. D.Y. Patil Medical College, concluye que la pregunta habitual —“¿dormimos menos que nuestros antepasados?”— está mal planteada. “Si comparamos los datos de campo con los registros de archivo y los datos genómicos, lo que distingue al sueño industrial del preindustrial es cuándo se produce y con qué fiabilidad se repite. No cuántas horas dura”, afirma el investigador.

El núcleo de la comparación son tres sociedades actuales sin luz eléctrica: los hadza de Tanzania, los san de Namibia y los tsimane de Bolivia. Sus miembros duermen entre 6,4 y 7,1 horas por noche. Esas cifras no superan la media de los países industrializados; en varias comparaciones resultan incluso inferiores.

Lo que sí cambió con la industrialización, según la síntesis, fue el momento del descanso (se retrasó), la regularidad de un día a otro (se perdió), la sincronización con la luz natural (se debilitó) y la prevalencia de trastornos del sueño diagnosticables (aumentó). El número total de horas fue el indicador que menos se modificó.

Otros estudios recientes refuerzan esta visión. Un análisis a gran escala publicado en Proceedings of the Royal Society B encontró que las sociedades no industriales duermen de media unas 6,4 horas, mientras que las industrializadas alcanzan cerca de 7,1 horas, con mayor eficiencia del sueño, pero peor función circadiana. Es decir: más cantidad y continuidad, pero menor alineación con el ritmo natural luz-oscuridad.

Durante años se popularizó la idea de que los europeos preindustriales dormían en dos bloques —el “primer sueño” y el “segundo sueño”— separados por una o dos horas de vigilia dedicadas a orar, contemplar, mantener relaciones sexuales o realizar tareas domésticas. La revisión no descarta por completo este patrón, pero lo matiza: la expresión “primer sueño” en textos de la Edad Moderna podía referirse a un periodo ininterrumpido, al sueño más profundo o al que ocurría en la primera mitad de un turno nocturno.

En las sociedades de cazadores-recolectores estudiadas no se encontró evidencia consistente de un patrón biphasico o segmentado uniforme. El sueño preindustrial respondía, sobre todo, a la ecología local de la luz, el clima, el trabajo y la vida social. No existía un modelo único.

Uno de los hallazgos más reveladores procede de la genómica. El gen DEC2 (también conocido como BHLHE41) se identificó en una familia cuyos miembros dormían alrededor de seis horas cada noche sin mostrar síntomas de privación de sueño. Experimentos en ratones con la misma variante confirmaron que los animales dormían menos —tanto en fases REM como no REM— sin deterioro conductual, motor ni cognitivo.

La conclusión clínica es clara: el sueño corto asociado a esta variante genómica validada debería reconocerse como un fenotipo no patológico. Así se evitaría someter a pruebas médicas innecesarias o a “correcciones” conductuales a personas sanas que simplemente necesitan menos horas de descanso. 

La clave parece estar en la orexina (o hipocretina). Las neuronas que la producen en el hipotálamo lateral mantienen el estado de vigilia. La variante DEC2 aumenta la expresión de orexina en modelos animales. Incluso algunas especies de peces de cuevas que perdieron la capacidad de dormir de forma independiente muestran una señalización de hipocretina potenciada. Hoy, los antagonistas duales de los receptores de orexina se recetan para tratar el insomnio.

Más allá del laboratorio, los datos muestran que las desventajas socioeconómicas de un barrio predicen una menor eficiencia del sueño y un mayor estado de vigilia nocturna, incluso tras controlar factores individuales. El ruido, la luz artificial, el calor y la mala calidad de la vivienda golpean con más fuerza a quienes menos recursos tienen para protegerse.

El cambio climático actúa como un amplificador. En un escenario de altas emisiones, el calor podría provocar entre seis y catorce noches de sueño insuficiente por cada cien personas al año entre 2050 y 2099 solo en Estados Unidos. El impacto sería mayor en poblaciones de bajos ingresos y en regiones más cálidas.

“El sueño no se distribuye como la gente piensa”, resume Haitham Jahrami, coautor del estudio e investigador de la Universidad del Golfo Arábigo (Baréin). “El ruido, la luz, el calor y la calidad de la vivienda afectan con mayor intensidad a las personas menos capaces de protegerse”.

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