Cuando se menciona su nombre, se menciona un historial. Automáticamente se agolpan escenas y personajes, imágenes de momentos heroicos o sensuales, miradas y sudores, incluso memes que capturan gestos y les trastocan o exageran el sentido. Con cincuenta años de carrera –y buena parte de ellos en el prime time de la televisión (cuando ese medio era el que regía la conversación pública, con una capilaridad que le permitía estar dentro de los hogares hasta convertirse en un integrante más de cada familia)–, Osvaldo Laport es precedido, cuando de él se habla, por una serie de recuerdos, preconceptos y prejuicios. “Yo me hice actor en teatro. Con el tiempo, la televisión me usurpó, por decirlo de alguna manera, y bienvenido sea, porque soy un agradecido de las oportunidades que tuve. Pero cuando quise volver al teatro o hacer cosas diferentes, descubrí la discriminación. Me costó y me sigue costando, incluso hoy, entrar en ciertos circuitos”, confiesa.
- ¿Por qué?
Pasé por la televisión durante más de tres décadas, y para los críticos, para los intelectualoides, para los “especialistas”, eso parece ser menor. Antes se notaba más, pero lamentablemente sigue siendo así. Por ejemplo, en 2021 hice la película Bandido, que fue la apertura del BAFICI después de la pandemia. En la conferencia de prensa, el director del BAFICI decía “Se preguntarán qué hace una película de Laport en la apertura…”. Yo escuchaba y me preguntaba si era necesario arrancar así. Después, algunos venían y me elogiaban la mirada o cosas así, y yo pensaba que eso lo había hecho en tantas novelas sin que jamás se reconociera… La discriminación está del lado del otro, no del lado del trabajador del arte. Un buen texto se hace en el mejor teatro del mundo o detrás de un árbol. Es un privilegio estar en la avenida Corrientes, pero si no estás ahí, también es un privilegio hacer arte donde fuera.
- Ese preconcepto hacia vos, entonces, ¿es recurrente?
Sí, tengo muchas experiencias de discriminación. Te cuento otras dos: en una obra de teatro independiente, de un momento a otro, un asistente cambió su actitud hacia mí. Cuando me acerqué a preguntarle qué le pasaba, me contó que su circuito, el de sus colegas del off, le reprochaba que trabajara conmigo, que supuestamente soy un actor comercial. En otra oportunidad, me convocaron para hacer una película y yo estaba muy contento por los colegas con los que trabajaría. En la primera lectura del guion, el director les hacía marcaciones a todos, excepto a mí. Se repitió un par de veces, entonces le pregunté si pasaba algo. Me respondió que él no me había elegido, que los productores pidieron que me incluyera y a él le preocupaba cómo podría tomar mi presencia su público… “Quedate tranquilo que ya me estoy yendo”, le dije y renuncié. A mí me da lo mismo el circuito comercial, el off, el independiente, el oficial. Basta de todo eso. Si yo no hago nada en el San Martín, ¿no soy un actor oficial? Yo soy un laburante, un trabajador del arte, y todo lo que hago lo hago con muchísimo respeto, más allá del acierto o el desacierto.
- ¿Dónde sentís que está el conflicto?
Del otro lado, no en mí. Con total humildad, puedo decir que tuve el privilegio de que me convocaran para personajes diferentes, atípicos, a lo largo de mi vida. Y eso fue porque me animé a hacer cosas que quizás otros no. Está plagado de memes, recortes de escenas en las que actué. No solamente el más célebre, ese de “Necesito hacerte el amor”, sino que hay otro en el que estoy vomitando, otro en el que hago arcadas. Es que nadie se animó en la televisión a hacer eso. A mí me gusta ser un actor que se deforma y que hace escatológicamente situaciones de la vida real, que eso se refleje, aunque no se vea estético. Muchas veces he dudado de si estuve bien o mal en haber hecho novelas, porque, como cualquier hijo de vecino, tengo mis propias inseguridades. Y así tenga cien años está bueno que alguien pueda decirme “Esto se hace así, esto no se hace así”. Pero es muy difícil, en nuestro medio y socialmente también, correrse de las etiquetas que otros ponen.
- Después de un cierto recorrido, imagino que lo procesás distinto, ¿pero hubo momentos en los que esto hizo mella en vos?
Sinceramente, no. Yo sigo con lo mío, siempre fue así. Además, aprendo mucho de las nuevas generaciones, que se cagan en todo y siguen para adelante, no cargan con tantos mandatos. Mi generación sí tenía muchos mandatos y estructuras. Hace un tiempo estoy trabajando más en comedia musical, con talentos extraordinarios que desconocía, porque no son tan populares, sino más de culto. Yo ya había hecho antes musicales, hace mucho tiempo, pero no con continuidad como ahora. Está bueno a los 70 seguir aprendiendo, evolucionando, descubriendo. Veo colegas como Alejandra Perlusky, Deborah Turza, Sacha Bercovich, o chicos como los que hacen Billy Elliot y crecen cada día. Se aprende mucho.
En paralelo a la actuación (o al arte en general, ya que con el tiempo también se dedicó a la música, a la dirección y a la producción), Osvaldo lleva adelante desde 2006 una labor filantrópica, como embajador de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. Todo empezó en un restaurante: mientras cenaba con un grupo de amigos, se acercó el dueño del lugar para informarle que unas mujeres, reunidas allí en otra mesa, querían hablar con él. “Resultó que eran representantes de Naciones Unidas, que me preguntaron si sabía sobre los refugiados y me invitaron a conocer el tema más en profundidad. Al indagar, noté que el porcentaje más alto de víctimas son mujeres, niños y niñas, que siempre fueron precisamente quienes más me seguían. Me pareció que era un lugar donde debía estar, una forma de devolver lo mucho que había recibido en mi vida”, recuerda.
- ¿Cómo es tu trabajo cotidiano con ACNUR?
Intenso. Mi tarea es darles visibilidad a las causas en las que trabajan alrededor del mundo. También viajo con ellos a otros continentes para visitar diferentes realidades, que ellos llaman “crisis” y yo llamo “crueldades”. Me hago cargo de la definición. Todo el tiempo, además de utilizar mis redes o espacios para comunicar, estoy buscando apoyo, golpeando puertas. Por ejemplo, cuando me convocaron para hacer Billy Elliot, una vez que estaba todo arreglado, automáticamente les propuse a Omar y Diego Romay, sin compromiso, ensamblar de alguna manera lo de ACNUR con el espectáculo. Ellos han sido muy sensibles, muy solidarios y en el hall hay un banner con un código QR para que la gente, si tiene ganas, pueda donar. También aprovecho otras oportunidades que me surgen para ver si se puede ayudar más.
- ¿Por ejemplo?
Una vez, en 2014, una cónsul uruguaya me invitó a conocer a Pepe Mujica, que estaba gobernando Uruguay. En principio, me propusieron ir con mi familia, algo más informal, pero preferí ir junto a la directora regional de ACNUR. De ese encuentro, surgió luego una misión al Líbano, y en una primera misión, se trajo a Uruguay a diez familias numerosas de sirios, bajo el régimen de reasentamiento. Siento un compromiso con los refugiados y los desplazados del mundo, es un patrimonio de vida para mí. Cada vez que tengo una posibilidad de aportar un granito de arena a esta causa, lo hago. Refugiados podemos ser todos, en cualquier momento, y no es un mensaje melodramático ni tendencioso, es la realidad de la humanidad hoy.
“Siento un compromiso con los refugiados y los desplazados del mundo, es un patrimonio de vida para mí”.
- Es una tarea interminable, ¿no?
Sí, lamentablemente. ACNUR nació en la Segunda Guerra Mundial con el lema “Trabajar para desaparecer”. Ellos creían que en un término de tres a cuatro años reasentaban a las víctimas de la guerra y el organismo desaparecía, pero ya cumplieron 75 años… Hoy hay más de 117 millones de mujeres, hombres, niñas y niños que son obligados a huir de sus hogares para salvar sus vidas, víctimas de la persecución, la discriminación racial, religiosa, política. Por pensar diferente, por ser diferentes. Salvando las distancias, tiene que ver con el mensaje de Billy Elliot. ACNUR lo que pide es colaboración para que les llegue a estas víctimas. Lo que pasa es descorazonador. En Congo, por ejemplo, visité once campos de desplazados internos, y viven como pueden, con mucho miedo y tristeza.
- Después de estas experiencias y al tener contacto cotidiano con estas realidades, ¿cómo procesás todo?
Me sensibiliza mucho. Ya el solo hecho de tener la posibilidad de hablarlo me conmueve, así que imaginate cuando estoy testimoniando a víctimas. Vuelvo de esos viajes con cargas emocionales muy fuertes. Pero como te decía recién, es mi patrimonio de vida. Cuando era niño, yo ya dibujaba mapas con figuras que protegieran a quienes estaban dentro de ellos o, como conté algunas veces, le pedía a mi vieja una goma gigante para borrar los límites geográficos del mundo. Todo el tiempo tengo situaciones que son como preavisos, cosas que me pasaron y tienen relación con lo que hice más adelante.
- En unos días cumplís 70 años, ¿qué te provoca?
Me confirma las ganas de seguir bregando para envejecer con sabiduría. Sigo siendo coqueto, me gusta verme bien, aunque quizás ya no sea el galán que fueron algunos de mis personajes. Voy a seguir haciendo gimnasia para poder agacharme sin problemas a los 80. Mi mujer y mi hija me quieren hacer una gran fiesta, pero yo no soy de eso, prefiero un asadito con amigos, vino y listo, ya está.
Agradecimiento: Perramus.
EL TEATRO MUSICAL
Uno de sus primeros trabajos como actor fue una adaptación musical de la historia de Camila O’Gorman (“Malísima”, reconoce). Mucho tiempo después, fue parte de Siddartha. Ya más cerca en el tiempo, junto a un grupo de artistas venezolanos refugiados que conformaron la compañía Latin Box Machine, hizo una versión sinfónica de El Principito en el Movistar Arena. El año pasado, personificó al rey Tritón en La Sirenita y actualmente interpreta a Jackie, padre del protagonista en la versión musical de Billy Elliot (con composiciones de Elton John), que continúa hasta fin de mes en el teatro Ópera de la ciudad de Buenos Aires. Más adelante, este mismo año, filmará una película en Guatemala con productoras de ese país, México y España: “Es una ciencia ficción, algo medio del estilo de Avatar”, adelanta.






