Al igual que el resto de los planetas rocosos del sistema solar, Mercurio se formó hace unos 4.500 millones de años a partir de un caótico baile de colisiones entre rocas y asteroides. La inmensa energía liberada por aquellos impactos generó cantidades colosales de calor que el planeta ha ido perdiendo desde entonces.
Como si se tratara de un globo que se desinfla por el frío, el interior de Mercurio se ha ido contrayendo a medida que se enfriaba. Para compensar esa pérdida continua de volumen, sus capas rocosas más externas se arrugaron y fracturaron, formando imponentes crestas y escarpes tectónicos. Conocer la magnitud exacta de esta contracción es clave para que los científicos puedan inferir cómo es el interior del planeta y comprender su evolución térmica.
“Más encogimiento significa que Mercurio podría tener un núcleo metálico más grande, menos elementos ligeros como el silicio mezclados en el núcleo de metal, o una temperatura inicial más alta”, explica Gaku Nishiyama, científico planetario del Instituto de Investigación Espacial del Centro Aeroespacial Alemán (DLR) y autor principal del estudio publicado en Geophysical Research Letters.
En teoría, el enfriamiento debería haber encogido el planeta de manera más o menos uniforme, por lo que estas arrugas geológicas deberían ser comunes en todas partes. Sin embargo, la incesante formación de nuevos cráteres de impacto crea grandes depresiones y cubre el paisaje con toneladas de escombros. Esta rugosidad ha actuado como un velo geológico, ocultando los signos de contracción planetaria durante miles de millones de años.
Para resolver este enigma, el equipo de Nishiyama combinó mapas previos de evidencias de contracción con nuevas cartografías de la rugosidad superficial de todo el globo, elaboradas a partir de datos de la misión MESSENGER de la NASA (que orbitó Mercurio entre 2011 y 2015). Por primera vez, los investigadores demostraron estadísticamente que las áreas más accidentadas presentan un número significativamente menor de arrugas visibles.
“Nos hizo pensar que existe un proceso que oscurece las estructuras de acortamiento”, detalla Nishiyama. Según el experto, los escombros generados por los impactos en estas zonas irregulares estarían tapando las crestas y fracturas tectónicas provocadas por la contracción térmica, de la misma manera que una capa de grava recién esparcida logra ocultar los surcos de una carretera.
Apoyándose en la tasa de encogimiento observada en las llanuras menos alteradas, los científicos calcularon la contracción que debió ocurrir a escala global, incluyendo las zonas ásperas. Sus resultados indican que estas características tectónicas ocultas podrían suponer entre un 10 % y un 30 % más de encogimiento a lo largo de la vida de Mercurio.
Esto se traduce en una reducción total de hasta 23 kilómetros en el diámetro del planeta (unos 11,6 km de radio), una cifra que supera las estimaciones previas, situadas entre los 4 y los 16 kilómetros de diámetro.
“El 30 % es un poco sorprendente, pero la cantidad corregida de contracción en realidad tiene sentido para mí”, confiesa Nishiyama. Con esta nueva estimación, las observaciones empíricas sobre cuánto se ha enfriado y encogido el planeta coinciden mucho mejor con las predicciones teóricas basadas en la física. El hallazgo sugiere que la comunidad científica está más cerca de comprender qué ocurre en las entrañas del cuerpo rocoso más pequeño de nuestro vecindario cósmico.
A pesar de la magnitud de este ajuste, los autores advierten que las nuevas cifras todavía podrían quedarse cortas. Los datos actuales de topografía solo permiten medir con fiabilidad aquellas estructuras geológicas que superan los cinco kilómetros de diámetro, dejando en la sombra las fracturas más pequeñas. Además, parte de la deformación podría haberse acumulado de forma elástica sin fracturar la corteza, o haber sido cubierta por flujos de lava posteriores.
Afortunadamente, el panorama está a punto de cambiar. La sonda conjunta europea y japonesa BepiColombo, la tercera misión de la historia en visitar Mercurio, comenzará a recopilar datos de altísima resolución a partir de noviembre de 2026, cuando entre en órbita alrededor del planeta. Su altímetro láser permitirá mapear escarpes, crestas y cráteres con un detalle sin precedentes, lo que ayudará a confirmar y refinar estas estimaciones sobre la evolución térmica del planeta más cercano al Sol.






