A medida que el clima se calienta, las cumbres de las montañas europeas ganan vegetación y especies. Lo que a primera vista parece una buena noticia para la biodiversidad esconde, sin embargo, una realidad más sombría: una aceleración de las extinciones locales de plantas adaptadas al frío, especialmente las especialistas de alta montaña. Así lo revela un estudio internacional publicado en Science, que ha analizado durante más de dos décadas las comunidades vegetales de 62 cimas repartidas por 16 regiones montañosas del continente.
El trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Viena, la Universidad de Recursos Naturales y Ciencias de la Vida (BOKU) y la Academia Austriaca de Ciencias, se basa en la red GLORIA (Global Observation Research Initiative in Alpine Environments), el mayor programa de monitorización sistemática de la flora de alta montaña. Entre 2001 y 2022 se realizaron cuatro muestreos en casi 900 parcelas permanentes de un metro cuadrado, situadas en cimas que abarcan desde el Mediterráneo hasta las regiones boreales.
Los resultados muestran un doble movimiento. Por un lado, el número total de especies por parcela y por cima ha aumentado, al igual que la cobertura vegetal. Especies de altitudes más bajas se expanden hacia las laderas superiores, favorecidas por el relajamiento de las limitaciones térmicas. Por otro, las pérdidas locales se intensifican. De media, el 21% de las especies registradas en las parcelas en 2001 no se reencontraron en 2022. Las tasas de no detección entre un muestreo y el siguiente oscilaron entre el 11% y casi el 16%, y fueron mayores en las regiones con un calentamiento más intenso.
Cada 0,1°C adicional de calentamiento local se asoció con un incremento de entre el 1% y el 1,6% en la proporción de extinciones locales, según los modelos. Las especies más vulnerables son aquellas adaptadas a condiciones más frías que la media de su comunidad, las que se encuentran cerca del límite inferior (más cálido) de su rango altitudinal y las que viven en zonas con mayor termofilización (dominio creciente de especies tolerantes al calor). Muchas de estas pérdidas fueron precedidas por descensos previos y sostenidos en la abundancia, lo que convierte la reducción de la cobertura vegetal en una posible señal de alerta temprana de futuras extinciones alpinas.
Johannes Wessely, primer autor del estudio (Universidad de Viena), destaca la contundencia de los patrones: “Los datos muestran una clara correlación entre la magnitud del aumento de temperatura local en las cimas y la pérdida de especies. Esta relación es incluso más fuerte que la tendencia temporal”. Harald Pauli, coordinador de la red GLORIA, subraya que el riesgo de desaparición aumenta a medida que las plantas se aproximan a su límite inferior de distribución, que se desplaza hacia arriba con el calentamiento.
Las regiones meridionales registran las tasas más elevadas. En los Pirineos se han documentado pérdidas locales cercanas al 49% en algunas parcelas; en Lefka Ori (Creta) rondan el 48% y en Sierra Nevada el 40%. En contraste, los Alpes muestran cifras más moderadas (17-21%), los Cárpatos y los Apeninos centrales alrededor del 11%, y los montes escandinavos apenas un 2%. La diferencia refleja, en gran medida, el mayor estrés térmico y, en el sur, la combinación con sequía.
Borja Jiménez-Alfaro, profesor de la Universidad de Oviedo y experto ajeno al estudio, matiza la interpretación de “extinción local”. Se refiere a la desaparición de especies en parcelas de muestreo que representan una superficie muy reducida del hábitat alpino total. “Aunque los resultados muestran tendencias regresivas de las especies alpinas más sensibles al cambio climático, estas tendencias no conllevan la desaparición total de las especies en las montañas muestreadas”, advierte. Aun así, considera el trabajo una evidencia importante de que incluso los ecosistemas más fríos de Europa se modifican con relativa rapidez por el calentamiento global.
El fenómeno no es nuevo. Estudios previos de la red GLORIA ya habían documentado el aumento de la riqueza de especies en muchas cimas europeas y la termofilización de las comunidades. Lo novedoso de este análisis es cuantificar de forma sistemática el lado oscuro de ese “enverdecimiento”: la pérdida selectiva de especialistas de alta cota. Los autores advierten de un posible “deuda de extinción”: las plantas alpinas suelen ser longevas y tolerantes al estrés, por lo que su desaparición definitiva puede retrasarse décadas después de que las condiciones ambientales se hayan vuelto desfavorables.






