LA VOZ PUEDE REVELAR CÓMO ENVEJECE EL CEREBRO Y DETECTAR SEÑALES DE ENFERMEDADES COGNITIVAS 

Una investigación muestra que la manera en que hablamos -desde las pausas y el ritmo hasta el vocabulario- ofrece pistas sobre la salud cerebral, el deterioro cognitivo y la demencia.
Una investigación muestra que la manera en que hablamos -desde las pausas y el ritmo hasta el vocabulario- ofrece pistas sobre la salud cerebral, el deterioro cognitivo y la demencia.

El habla es una de las capacidades más versátiles, complejas y maravillosas del ser humano. Con ella convertimos pensamientos en sonidos y podemos pronunciar tanto las frases más hermosas como las más hirientes. A través de su melodía y ritmo transmitimos estados emocionales sutiles como la ironía, el sarcasmo, la ternura o el desprecio. La voz actúa, además, como una huella dactilar: una firma sonora única que expone la edad del hablante, su origen geográfico, estatus socioeconómico, nivel educativo, rasgos de personalidad o incluso el estado de ánimo del momento.

Pero podría revelar algo más. Un equipo internacional de científicos descubrió que funciona también como una ventana hacia la salud del cerebro. “Nuestra voz parece contener mucha más información sobre el envejecimiento de la que habíamos reconocido anteriormente”, afirma Agustín Ibáñez, profesor de Salud Cerebral en el Global Brain Health Institute y en la Facultad de Medicina del Trinity College de Dublín.

Este neurocientífico argentino lideró un equipo de decenas de investigadores que publicaron en la revista Science Advances un hallazgo sorprendente: las palabras que elegimos, las pausas entre frase y frase, el tono o la sutil pérdida de riqueza del vocabulario dejan entrever la velocidad a la que envejece el cerebro y ofrecen indicios de deterioro cognitivo y de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer o distintas formas de demencia frontotemporal.

Las neurociencias arrastran un sesgo histórico: buena parte de lo que se sabe sobre demencias proviene de estudios realizados en poblaciones de ascendencia europea y países de altos ingresos. Con la misión de corregir esa distorsión nació en 2020 ReDLat, un consorcio internacional que reúne a alrededor de 90 investigadores latinoamericanos de 13 instituciones. Su objetivo es comprender cómo la interacción entre la genética, el ambiente y las condiciones sociales influye en el envejecimiento cerebral y en la aparición de demencias.

Durante el estudio, los científicos analizaron las voces de 2.928 personas hispanohablantes de entre 18 y 88 años de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú. Entre ellas había adultos sanos y personas con deterioro cognitivo leve, enfermedad de Alzheimer y diversas formas de demencia frontotemporal (tanto las de predominio lingüístico como las no lingüísticas).

El procedimiento era sencillo. Las sesiones se realizaban en salas silenciosas, con luz tenue. Cada participante veía un breve video animado y escuchaba una historia narrada por un examinador. Minutos después debía contarla otra vez, con sus propias palabras, tratando de recordar tantos detalles como pudiera. También se les pidió mencionar la mayor cantidad posible de animales y vegetales durante un minuto. “Así pudimos examinar su producción lingüística, memoria episódica y fluidez semántica y fonológica”, señala el neurocientífico Adolfo García, director del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés (Argentina) y cocreador de la herramienta utilizada.

El español varía mucho de país en país y de región en región. Cambian los acentos, las palabras, las entonaciones y los ritmos. En esa heterogeneidad dialectal, los científicos se propusieron hallar claves menos evidentes: marcadores del lenguaje que cuenten algo sobre el deterioro cognitivo.

Analizaron cientos de características extraídas de unos pocos minutos de voz: aspectos acústicos (tono, ritmo, pausas), características de la pronunciación y propiedades lingüísticas relacionadas con las palabras utilizadas y la organización del discurso. El análisis se realizó con la plataforma TELL (Toolkit to Examine Lifelike Language), un software que permite desarmar el habla en decenas de componentes: velocidad, cantidad de sílabas por segundo, duración y frecuencia de las pausas, tono, palabras empleadas e incluso el contenido emocional.

Mediante modelos computacionales de aprendizaje automático, los investigadores estimaron la edad de las personas a partir de su habla. De allí surgió una medida central del estudio: los “relojes del habla”. La diferencia entre la edad estimada a partir del habla y la edad cronológica se conoce como “brecha de edad del habla”. Una persona puede tener, por ejemplo, 60 años y un patrón de habla semejante al que el modelo encuentra habitualmente en alguien mayor.

Los participantes sanos presentaron las menores brechas de edad del habla. Estas fueron progresivamente mayores en personas con alzhéimer y, de forma más marcada, en aquellas con demencia frontotemporal de predominio lingüístico. Además, una mayor aceleración de la edad del habla se asoció con peor rendimiento cognitivo global, función ejecutiva, memoria y capacidades funcionales. En pacientes con Alzheimer, la brecha se correlacionó también con niveles más altos del biomarcador plasmático p-tau217.

El estudio reveló otro aspecto crucial: las variaciones en el habla reflejan también las cicatrices de las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida, lo que se conoce como exposoma social. La exposición prolongada a condiciones socioeconómicas desfavorables (menor educación, inseguridad alimentaria o acceso reducido a la salud) acelera el envejecimiento del habla tanto en adultos sanos como en personas con demencia.

La brecha de edad del habla se correlacionó además con relojes cerebrales obtenidos mediante resonancias magnéticas estructurales y funcionales, y con tres relojes epigenéticos independientes basados en la metilación del ADN, que estiman cómo de “viejo” aparece el cuerpo a nivel molecular.

Hablar parece una actividad sencilla, pero es una operación de enorme complejidad: en cuestión de milisegundos exige encontrar palabras, recuperar recuerdos, ordenar ideas, controlar la respiración y la articulación. Ya en 1901 el psiquiatra alemán Alois Alzheimer había registrado alteraciones del lenguaje en sus pacientes. Esta perspectiva cobró fuerza en las últimas décadas gracias a las grabaciones digitales y al análisis computacional.

“Este enfoque es muy accesible, sencillo y no invasivo para estudiar la salud cerebral y el envejecimiento de una persona, y mucho más económico que realizar resonancias magnéticas”, indica el neurocientífico cubano Hernán Hernández, del Instituto Latinoamericano de Salud Cerebral (BrainLat) de la Universidad Adolfo Ibáñez, en Chile.

En países en vías de desarrollo, muchos centros de salud no cuentan con tecnología de neuroimágenes de última generación ni con insumos para análisis de sangre que permitan detectar signos de neurodegeneración. La búsqueda de biomarcadores vocales resulta particularmente relevante en el Sur Global por su potencial para democratizar el acceso al diagnóstico precoz.

En el futuro, imaginan los investigadores, unos pocos minutos de audio bastarían para obtener información relevante sobre la salud cerebral y la velocidad de envejecimiento de una persona. “Un registro de voz podría convertirse en una primera herramienta de evaluación para detectar señales de envejecimiento acelerado, riesgo de deterioro cognitivo o cambios asociados con enfermedades neurodegenerativas”, señala Ibáñez. “Y podría hacerse de manera remota, incluso en lugares donde no existe acceso fácil a neuroimágenes, análisis moleculares u otras evaluaciones especializadas”.

Los científicos advierten que aún hacen falta más estudios, en especial longitudinales, que sigan a las mismas personas durante años, idealmente desde antes de que desarrollen una enfermedad. También se necesitan más investigaciones interlingüísticas: hay unas 7.000 lenguas vivas en el mundo, pero la mayor parte de la evidencia proviene del inglés, y las alteraciones asociadas con el envejecimiento no son idénticas en hablantes de español, turco, urdu o chino mandarín.

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