El cambio climático no se detiene en la superficie del mar Mediterráneo. Un nuevo estudio revela que tanto la temperatura como la salinidad están aumentando en prácticamente toda la cuenca, y que este proceso se ha acelerado de forma notable en las últimas décadas, alcanzando capas profundas de hasta 3.000 o 4.000 metros.
El efecto es especialmente intenso en el Mediterráneo central y oriental, y alcanza su máxima expresión en el Adriático, una de las principales fuentes de aguas profundas de la cuenca. Allí, los cambios llegan hasta el fondo marino.
Durante los inviernos más severos, los vientos fríos y secos enfrían la superficie del Adriático hasta aumentar la densidad del agua lo suficiente como para que se hunda. Desde allí, esta masa de agua se desplaza por el fondo hacia el Jónico y continúa hacia el Levante, contribuyendo a renovar y oxigenar las capas inferiores. Precisamente por este papel en la circulación profunda, las transformaciones que se registran en el Adriático resultan especialmente relevantes.
“Lo que observamos no es un cese de este proceso: el agua densa sigue formándose y sigue llegando al fondo del Adriático meridional. Lo que ha cambiado, como mostró un trabajo anterior nuestro sobre el Adriático, es que la sal, más que el frío, es cada vez más la que hace que el agua alcance la densidad suficiente para hundirse”, explica Elena Terzić, oceanógrafa física del Instituto Ruđer Bošković (Croacia) y autora principal del estudio publicado en Geophysical Research Letters. “Observamos cambios significativos en todas las regiones y a grandes profundidades”, añade.
En el Atlántico Norte preocupa que unas aguas superficiales más dulces y ligeras debiliten el hundimiento. En el Adriático, en cambio, la superficie se está volviendo tanto más cálida como más salada, y el aumento de la salinidad está compensando cada vez más el efecto del calentamiento. Por eso, el agua densa sigue formándose.
“Los otros lugares donde se forman aguas densas, como el golfo de León y el Mediterráneo oriental, también se están calentando y volviendo más salados, como han demostrado otros grupos. Pero en nuestros datos el calentamiento está imponiéndose cada vez más allí, por lo que el Adriático es, hasta ahora, la excepción”, señala Terzić.
Los investigadores no midieron directamente la circulación, sino el equilibrio entre temperatura y salinidad que determina la densidad del agua. Aunque ambos factores están aumentando, ese balance ha hecho que la densidad cambie mucho menos. Su evolución determinará cómo responde la circulación profunda.
“Sabemos que el agua más cálida contiene menos oxígeno, por lo que la cuestión abierta es si el agua que se hunde, ahora más salada, aporta suficiente oxígeno para la vida de las profundidades marinas”, enfatiza la científica.
Un estudio previo del mismo equipo, publicado en 2025 en Limnology and Oceanography Letters, ya había documentado un calentamiento sin precedentes de 0,8 °C y un aumento de salinidad de 0,2 en las aguas profundas del sur del Adriático en la última década, a un ritmo varias veces superior a las proyecciones climáticas.
En los últimos años, los primeros 100 metros del Mediterráneo han registrado temperaturas unos 2 °C superiores a la media de 1950 a 1999. Estudios previos ya habían detectado una aceleración del calentamiento superficial, pero no se sabía si también afectaba a las zonas profundas y al conjunto de la cuenca.
“Habíamos observado cambios importantes tanto en las aguas profundas del Adriático como en la superficie del mar, y queríamos cuantificar lo que estaba ocurriendo en el resto del Mediterráneo”, indica Terzić. Para ello, reunieron mediciones de temperatura y salinidad obtenidas mediante campañas oceanográficas y flotadores robóticos (Argo) a lo largo de 75 años (1950-2025).
Según los resultados, la temperatura y la salinidad están aumentando en prácticamente toda la cuenca, y lo hacen cada vez más rápido. Desde el año 2000, las aguas superficiales se han calentado unos 0,5 °C por década, entre dos y tres veces más que la superficie del océano mundial. En algunas regiones, el calentamiento se acelera hasta 0,3 °C por década cada década, y la salinidad aumenta alrededor de 0,1 gramos de sal por kilogramo de agua por década.
“Lo alarmante es la velocidad a la que está cambiando y las profundidades hasta las que llegan estos cambios”, señala Terzić. El calentamiento y la salinización son significativos hasta los 3.000 o 4.000 metros, mientras que la aceleración alcanza aproximadamente los 2.500 metros de profundidad. Desde 2000, las aguas profundas del sur del Adriático se han calentado unas seis veces más rápido que las de una cuenca mediterránea típica.
Los océanos han absorbido más de una cuarta parte del dióxido de carbono generado por la humanidad y alrededor del 90 % del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero. El Mediterráneo, por su rápida circulación entre la superficie y las aguas profundas y su tamaño relativamente pequeño, permite observar con especial claridad cómo responde un mar a este calentamiento.
Los autores consideran que lo que ocurre en esta cuenca puede ofrecer pistas sobre la velocidad a la que podrían transformarse otros mares y océanos a medida que aumente la temperatura del planeta.
“El Mediterráneo es lo suficientemente pequeño como para que podamos observar cómo responde un mar en escalas temporales que nosotros mismos podemos presenciar, y lo que estamos viendo es un cambio sin precedentes”, afirma Terzić. “Es una advertencia de lo rápido que puede cambiar el océano”.
El estudio mide la aceleración del calentamiento y la salinización, pero no determina todavía sus causas exactas. Los investigadores apuntan a varios factores: el aumento de las temperaturas atmosféricas, una mayor evaporación, la reducción del agua dulce procedente de la lluvia y los ríos, y los cambios en el agua que entra desde el Atlántico por el estrecho de Gibraltar.
El Mediterráneo es un mar pequeño y semicerrado, por lo que responde rápidamente a las condiciones atmosféricas. La combinación de más calor y menos agua dulce hace que aumenten tanto la temperatura como la salinidad, mientras que las corrientes y la mezcla transportan estos cambios hacia las capas más profundas.
“Todavía no podemos decir cuánto importa cada factor ni dónde”, explica Terzić. “Para determinarlo serán necesarios estudios que combinen series largas de datos atmosféricos y fluviales, información sobre la entrada de agua por el estrecho de Gibraltar y modelos oceánicos regionales”.
El trabajo ha respondido algunas preguntas, pero ha abierto nuevas incógnitas. La primera es si los modelos climáticos actuales son capaces de reproducir la aceleración observada antes de confiar en sus proyecciones para la región. La segunda, cómo afectará el nuevo equilibrio entre temperatura y salinidad a la circulación termohalina y a la ventilación de las masas profundas, de la que depende en parte la llegada de oxígeno a las zonas más profundas (previsiblemente en cantidades cada vez menores).
La superficie marina plantea otra cuestión: una superficie cada vez más cálida intercambia más calor y humedad con la atmósfera, lo que puede influir en los fenómenos meteorológicos extremos que ya afectan a la región. Finalmente, las consecuencias para la biogeoquímica y los ecosistemas marinos: el oxígeno y los nutrientes están ligados a los mismos procesos físicos que están cambiando, y la disminución del oxígeno ya se ha documentado en algunas zonas. Las especies que buscan aguas más frías encuentran cada vez menos espacio disponible.
“Si el calentamiento continúa a este ritmo, veremos, como ya estamos viendo, desplazamientos de las poblaciones y el declive de algunas de ellas. La cuestión es a qué velocidad ocurrirá y a cuántas especies afectará”, concluye Terzić.






