Un estudio internacional liderado por el Instituto Max Planck de Biología de Tübingen (Alemania) ha revelado que las bacterias del intestino influyen en la intensidad de la reacción febril que algunas personas experimentan después de recibir una vacuna de ARN mensajero. Los resultados, publicados en la revista Science, abren la puerta a futuras estrategias para modular estos efectos secundarios sin restar eficacia a la inmunización.
Las vacunas son una herramienta esencial de salud pública, pero las respuestas inmunitarias y los efectos adversos varían ampliamente entre individuos. La fiebre, el dolor muscular y otros síntomas similares a los de la gripe son relativamente frecuentes, especialmente con las vacunas de ARNm y las basadas en nanopartículas lipídicas. Estas reacciones, aunque generalmente leves y temporales, pueden generar reticencia y reducir la adherencia a los programas de vacunación. Hasta ahora, no se entendía del todo por qué unas personas las sufren y otras no, ni por qué la intensidad puede diferir incluso entre dosis.
Para investigar el papel de la microbiota, el equipo dirigido por Ruth Ley (Departamento de Ciencia del Microbioma del Max Planck) puso en marcha el estudio µHEAT (Microbial-Human Ecology and Temperature). Analizaron a 171 adultos jóvenes sanos que recibieron la vacuna de ARNm contra el SARS-CoV-2 en 2021 y 2022 (en su mayoría una tercera dosis). Los participantes midieron su temperatura oral tres veces al día durante la semana previa y posterior a la inyección, y aportaron muestras de heces y sangre para perfilar el microbioma, los marcadores inmunitarios y metabólicos.
Los resultados fueron claros: quienes desarrollaron un aumento de temperatura de 0,8 °C o más por encima de su línea base personal ya presentaban, antes de vacunarse, una microbiota distinta y signos de inflamación intestinal de bajo grado. En estos individuos predominaban bacterias de la familia Lachnospiraceae (incluido el género Waltera), productoras de flagelina, la proteína que forma los flagelos que permiten a algunas bacterias moverse. La flagelina activa receptores del sistema inmunitario innato (como TLR5 y NLRC4), manteniendo un estado de alerta inflamatoria basal. Cuando llega el estímulo de la vacuna, esa “preparación” previa intensifica la respuesta.
“Descubrimos que la microbiota intestinal influye en la intensidad de la reacción de las personas a la vacunación. Aquellas que desarrollaron fiebre presentaban una microbiota distinta incluso antes de la vacunación y tenían indicios de una mayor inflamación intestinal basal”, explica Ruth Ley. “Creemos que esta estimulación microbiana crónica ayuda a establecer el nivel basal de respuesta inmunitaria, de modo que, cuando el sistema inmunitario se encuentra con un estímulo como una vacuna, algunas personas desarrollan una respuesta inflamatoria más intensa”.
Para demostrar que el microbioma no solo se asocia, sino que puede ser causal, los investigadores transfirieron muestras fecales de los participantes a ratones libres de gérmenes y luego los vacunaron. Los animales que recibieron microbiota de personas con fuerte reacción febril desarrollaron una inflamación más intensa que aquellos que recibieron microbiota de participantes con poca o ninguna fiebre. El efecto dependía en parte de la capacidad del huésped para detectar la flagelina bacteriana. Experimentos en organoides intestinales humanos reforzaron estos hallazgos.
Importante: la fiebre no alteró de forma significativa la composición del microbioma. Las diferencias ya existían de antemano. Además, ni la flagelina ni la inflamación asociada influyeron en la producción de anticuerpos, lo que sugiere que se pueden modular los efectos secundarios sin comprometer la protección inmunitaria.
El estudio también vinculó estos perfiles microbianos con los hábitos alimentarios. Las dietas más vegetarianas o ricas en alimentos vegetales integrales se correlacionaron con microbiomas asociados a menor incidencia de fiebre. Por el contrario, un menor consumo de vegetales y un mayor aporte de grasas o alimentos procesados se asociaron a un microbioma más “inflamatorio”. Experimentos en modelos animales mostraron que la dieta occidental alta en grasas y baja en fibra, así como ciertos aditivos alimentarios (como la carboximetilcelulosa), pueden estimular la producción de flagelina por bacterias como Waltera.
No obstante, Ley y sus colegas advierten que se trata de asociaciones observadas en patrones dietéticos habituales, no de intervenciones a corto plazo. “Los patrones alimentarios que observamos en las personas eran patrones habituales, no intervenciones a corto plazo. […] Llevar una dieta saludable es recomendable por muchas razones, pero nuestro estudio no aporta pruebas que justifiquen prescribir una dieta concreta antes de la vacunación”, subraya la investigadora. Se necesitarían ensayos controlados de intervención para determinar si un cambio dietético puede reducir realmente los efectos secundarios y durante cuánto tiempo habría que mantenerlo.
Los hallazgos se reforzaron en una cohorte independiente de más de 1.000 adultos canadienses, donde la abundancia de Lachnospiraceae también se asoció a reacciones sistémicas (fiebre, dolor de cabeza, fatiga). El trabajo, firmado por Kelsey E. Huus como primera autora y con participación de instituciones de Alemania, Francia, Estados Unidos y Canadá, apunta a que el microbioma actúa como un “termostato” que regula el tono inmunitario basal.






