DE ALASKA A LA PATAGONIA: LOS PRIMEROS POBLADORES DE AMÉRICA ERAN CAZADORES ESPECIALIZADOS EN MEGAFAUNA

Basado en evidencia arqueológica procedente de 50 sitios distribuidos por todo el continente, el trabajo muestra que las poblaciones tempranas centraban su dieta principalmente en herbívoros de miles de kilos.
Basado en evidencia arqueológica procedente de 50 sitios distribuidos por todo el continente, el trabajo muestra que las poblaciones tempranas centraban su dieta principalmente en herbívoros de miles de kilos.

Entre 13.500 y 11.700 años atrás, los primeros grupos humanos que se expandieron por América no se comportaron como forrajeadores oportunistas que comían lo que encontraban a su paso. Un estudio internacional publicado en Science Advances aporta evidencia contundente de que practicaban una estrategia de caza especializada centrada en los grandes herbívoros de la Era del Hielo: mamuts, gonfoterios, perezosos terrestres gigantes y otros animales de cientos o miles de kilos. 

La investigación, liderada por Ben Potter (Universidad de Alaska Fairbanks) y James Chatters (Universidad McMaster), contó con la participación de científicos argentinos del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN): Luciano Prates, Iván Perez y Gustavo Politis. El equipo analizó restos faunísticos de 50 sitios arqueológicos distribuidos desde Beringia oriental (Alaska y Yukón) hasta la Patagonia. 

Durante décadas, el debate arqueológico enfrentó dos visiones. Una sostenía que los paleoindios tempranos eran generalistas: cazaban, pescaban y recolectaban de manera flexible según el entorno. La otra defendía que se especializaban en megafauna. En Sudamérica, además, prevalecía la idea de que estos animales gigantes habían sido un recurso marginal.

“Aquí se asumía casi naturalmente que la megafauna había sido poco importante. En trabajos anteriores mostramos que esa subestimación estaba equivocada: fueron el pilar de su dieta”, explica Luciano Prates, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP.

El problema metodológico era simple pero decisivo. Contar individuos por especie igualaba un megaterio de varias toneladas con una mulita o un roedor. El nuevo estudio midió el aporte real de biomasa y energía: cuántas calorías y cuánto alimento aportaba cada presa. El resultado fue claro: aunque aparecen restos de animales pequeños, los grandes herbívoros concentraban entre el 83% y el 90% del potencial energético de la dieta. 

“El impacto de la megafauna es, por mucho, lo más significativo”, resume Prates. Iván Perez, también del CONICET-UNLP, lo ilustra con una imagen: “¿Cuántos tucu-tucu harían falta para igualar la energía que aporta un megaterio?”.

La especialización se mantuvo a escala continental, aunque las especies preferidas cambiaron según la región:

-En Beringia: mamut lanudo.

-En América del Norte (cultura Clovis): mamut de Columbia.

-En América del Sur (cultura de las puntas “cola de pescado” o Fishtail): perezosos terrestres gigantes y gonfoterios (Notiomastodon y Cuvieronius).

Caballos y camélidos ocupaban un segundo lugar. Todos superaban los 44 kilos y muchos eran animales lentos que ofrecían un retorno calórico altísimo.

Esta estrategia explica también la sorprendente homogeneidad tecnológica: las puntas de proyectil y las herramientas de carnicería se parecen desde California hasta la Patagonia. No hacía falta adaptar el utillaje a cada ecosistema local porque el objetivo principal —grandes herbívoros— era similar. Herramientas de pesca o de procesamiento de plantas son prácticamente inexistentes en estos contextos tempranos. 

MOVILIDAD EXTREMA Y EXPANSION RÁPIDA

Los grupos no vagaban al azar. Se desplazaban hacia zonas con mayor disponibilidad de estas presas. La evidencia de materias primas líticas y puntas de lanza muestra que cubrían distancias de hasta 600 kilómetros a pie, sin animales de carga. Eran, en palabras de los investigadores, “especializados en la dieta, pero generalistas en el espacio”.

Esa especialización facilitó la colonización ultrarrápida del continente. En lugar de dedicar generaciones a aprender cada nuevo ambiente, los cazadores aprovechaban el conocimiento acumulado sobre el comportamiento de los grandes mamíferos, animales que se movían por vastos territorios.

El estudio también refuerza la hipótesis de que la caza humana fue un factor importante en el colapso de la megafauna. La secuencia se repite de norte a sur: llegada de los humanos, solapamiento breve y extinción local. En Alaska, mamuts y caballos desaparecieron hacia 13.300 años atrás; en Norteamérica, la megafauna clovis se extinguió hacia 12.800 años; en Sudamérica, gonfoterios y perezosos gigantes sobrevivieron hasta cerca de 11.600 años. 

Los investigadores subrayan que el cambio climático también jugó un rol al reducir hábitats, pero la presión de caza sobre especies de reproducción lenta y sin depredadores naturales adultos resultó crítica.

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