ALGUNOS OSOS MIENTEN PARA PARECER MÁS GRANDES Y EVITAR PELEAS

En el reino animal la mentira es poco frecuente. Entre las especies que pueden falsear sus propias señales comunicativas se encuentran los osos pardos.
En el reino animal la mentira es poco frecuente. Entre las especies que pueden falsear sus propias señales comunicativas se encuentran los osos pardos.

Aunque parezca sorprendente, la mentira no es una cualidad exclusiva de los seres humanos. Un estudio en el que ha participado el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) revela que algunos osos pardos (Ursus arctos) de la cordillera Cantábrica, en España, son capaces de falsear sus señales comunicativas para simular un tamaño superior al real.

Los investigadores monitorizaron 164 ejemplares entre 2021 y 2024 en 14 puntos de marcaje y recopilaron más de 117.000 horas de grabaciones de fototrampeo. Los hallazgos, publicados en la revista Journal of Mammalogy, muestran que siete machos adultos y jóvenes —el 4,3 % del total— realizaron marcajes exagerados, ya sea trepando o aprovechando plataformas instaladas por el equipo junto a árboles y postes. 

Según explica el coautor del trabajo e investigador del MNCN, Vincenzo Penteriani, la mentira es un fenómeno muy raro en el mundo animal: si fuera abundante, las señales con las que se comunican perderían sentido y valor. “Se trata de un comportamiento excepcional. Pero es la primera vez que se documenta en osos, lo que demuestra que su comunicación es mucho más compleja de lo que se esperaba”, señala.

La comunicación animal se basa en señales que transmiten información fiable sobre la identidad, el sexo, la edad o la capacidad competitiva de un individuo. En los osos pardos, la altura a la que depositan las marcas informa sobre el tamaño corporal, la fortaleza o el rol dominante.

Penteriani distingue dos tipos de señales. Las químicas se basan en el olor: los animales poseen glándulas por todo el cuerpo que, al rascarse, depositan su identidad odorífica en el árbol. Los machos más dominantes pueden dejar además un rastro químico en el suelo. Las visuales consisten en marcas de uñas y dientes en la vegetación.

“Las marcas químicas no permiten evaluar cuánto de grande es el animal, pero las señales físicas informan sobre el punto más alto al que pueden llegar y, por tanto, precisan qué tamaño poseen”, explica el investigador.

Hasta ahora se pensaba que esta información no se podía falsear. El estudio demuestra que un pequeño porcentaje sí lo hizo. Los osos suelen marcar a la altura máxima que alcanzan erguidos sobre las patas traseras, alrededor de dos metros. Sin embargo, en 2021 se registró una señal visual a tres metros, una elevación inalcanzable desde el suelo. La presencia de una rama rota debajo de la marca indica que el animal trepó para dejarla.

“Para un macho no dominante o un individuo joven, esta estrategia podría proporcionar ventajas: al aparentar ser más grandes, podrían disuadir a rivales mayores y evitar el coste de un enfrentamiento”, indica Penteriani. “Probablemente estas marcas envíen señales a los individuos dominantes diciendo: mira, este es mi olor, pero yo tengo ese tamaño, en realidad soy un oso muy grande. Esto evita un encuentro directo”.

El comportamiento recuerda a casos de engaño descritos en otros mamíferos, pero nunca antes se había documentado en osos. De los siete ejemplares que exageraron las marcas, el 57,1% eran adultos y el 42,9% subadultos.

Los autores subrayan que estos engaños no fueron la norma, sino comportamientos muy raros y concentrados en áreas concretas. “Esa baja frecuencia puede explicar por qué el sistema general de comunicación sigue siendo fiable”, analiza Penteriani.

Las teorías evolutivas predicen que las señales deshonestas pueden persistir siempre que sean poco frecuentes y no comprometan la utilidad del sistema. “Nuestros resultados apuntan a que la comunicación en esta especie no es completamente honesta ni deshonesta, sino que es un equilibrio dinámico entre emisores y receptores que evoluciona constantemente”, concluye el investigador.

El trabajo aporta evidencia empírica a un debate clásico en biología evolutiva: cómo se mantiene la estabilidad de los sistemas de comunicación cuando existe la posibilidad de engañar. Los autores advierten, no obstante, de que los resultados deben interpretarse como un indicio de un comportamiento poco observado y no como una prueba definitiva de comunicación deshonesta sistemática.

La población de oso pardo en la cordillera Cantábrica y los Pirineos supera actualmente los 400 ejemplares, tras haber estado al borde de la extinción en las décadas de 1970 y 1980, gracias a los esfuerzos de conservación.

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