UN FÓSIL DE 236 MILLONES DE AÑOS ADELANTA EL ORIGEN DEL NACIMIENTO DE CRÍAS VIVAS ENTRE LOS MAMÍFEROS

El análisis microscópico de un cinodonte indica que pudo ser vivíparo, según el estudio de sus huesos.
El análisis microscópico de un cinodonte indica que pudo ser vivíparo, según el estudio de sus huesos.

Un pequeño anillo de crecimiento conservado en los huesos de un cinodonte hallado en el noroeste de Argentina podría reescribir la historia de la reproducción de los mamíferos. El ejemplar de Chiniquodon theotonicus, de hace unos 236 millones de años, presenta una estructura ósea que sugiere que este animal dio a luz a crías vivas, adelantando entre 90 y 95 millones de años la aparición de la viviparidad en el linaje que condujo a los mamíferos.

El estudio, publicado en la revista Frontiers in Mammal Science, fue liderado por el paleontólogo Leandro Gaetano, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y de la Universidad de Buenos Aires, junto a María de los Ángeles Miceli Baro, Ignacio Cerda y Adriana Mancuso. El fósil, identificado como CRILAR-PV109, proviene de la Formación Chañares, en la provincia de La Rioja, y corresponde a un adulto de tamaño comparable al de un perro pequeño o un beagle, con un peso estimado de unos 12 kilogramos.

Los investigadores analizaron bajo microscopio secciones delgadas del fémur y la ulna del ejemplar. Allí identificaron una línea de crecimiento no cíclica, conocida como línea neonatal. Esta marca, documentada en mamíferos actuales, se forma por una aceleración brusca en la tasa de crecimiento inmediatamente después del nacimiento.

“Encontramos un anillo de crecimiento muy peculiar. Es una marca de crecimiento no cíclica, formada por un cambio brusco, es decir, una aceleración, en la tasa de crecimiento inmediatamente después del nacimiento. Como esta línea representa la circunferencia del hueso en el momento del alumbramiento, pudimos estimar por primera vez la masa corporal de Chiniquodon theotonicus al nacer”, explicó Gaetano.

Según los cálculos, el animal pesaba alrededor de 1,7 kilogramos al nacer, lo que equivale aproximadamente al 14 % de su masa adulta. Esta proporción es inusualmente alta para animales ovíparos.

Para interpretar el significado de esta relación de tamaños, el equipo comparó los datos con una base de información de casi 1.900 mamíferos, 2.600 reptiles no avianos y 780 aves actuales. Chiniquodon theotonicus se agrupó de manera consistente con los mamíferos placentarios, cuyos recién nacidos son relativamente grandes en relación con el tamaño del adulto.

En reptiles de entre 8 y 14,5 kilos (tortugas, serpientes o crocodilianos), las crías pesan apenas entre 9 y 53 gramos, es decir, entre el 0,1 % y el 0,6 % de la masa adulta. En aves de tamaño similar, las crías representan entre el 1,3 % y el 4,5 %. Incluso los marsupiales y monotremas producen crías extremadamente pequeñas. En cambio, en mamíferos placentarios de 8 a 15 kilos, los neonatos pueden alcanzar proporciones de hasta el 18,77 % de la masa adulta. Un ejemplo cercano es el duiker bayo, un pequeño antílope africano cuyas crías pesan aproximadamente lo mismo que se estima para un Chiniquodon recién nacido.

“Esto nos permitió proponer que la estrategia reproductiva de Chiniquodon theotonicus era más similar a la de los mamíferos placentarios que a la de cualquier otro amniota”, afirmó Gaetano. “Demostramos por primera vez que el nacimiento de crías vivas estaba presente en al menos uno de los antepasados de los mamíferos”.

UN CAMBIO EN LA CRONOLOGÍA EVOLUTIVA

Hasta ahora se consideraba que la viviparidad había surgido una sola vez en el linaje de los sinápsidos, en el antepasado común de los mamíferos terios (marsupiales y placentarios), hacia finales del Jurásico o principios del Cretácico, hace unos 140-160 millones de años. Se pensaba que los cinodontos no mamíferos, predecesores más antiguos, ponían huevos.

El nuevo hallazgo sitúa esta estrategia reproductiva en el Triásico Tardío, mucho antes de la aparición de los primeros mamíferos verdaderos. “Esto implica que varios aspectos que se consideraban exclusivos de la biología de los terios —fisiológicos, metabólicos, conductuales, etc.— ya estaban presentes hace 236 millones de años entre los cinodontos no mamíferos”, señaló el investigador.

Estudios recientes ya habían asociado a cinodontos cercanos rasgos como la posible lactancia, el pelo corporal o un sistema nervioso más complejo. La viviparidad se suma ahora a esa lista de características “modernas” de origen antiguo.

Los autores sugieren que el contexto ambiental del Triásico pudo favorecer esta estrategia. Tras la gran extinción del Pérmico-Triásico, los ecosistemas terrestres se recuperaban en un supercontinente (Pangea) con tendencia a la aridez y marcada estacionalidad, junto a una intensa competencia por recursos y presión de depredadores.

“En este contexto, los embriones de las especies vivíparas habrían estado protegidos de la desecación y podrían haberse mantenido a temperaturas más adecuadas para su desarrollo que los de las especies que ponían huevos. Llevar los embriones dentro del cuerpo materno también podría haberlos protegido de depredadores que, de otro modo, se alimentarían de los huevos”, explicó Gaetano.

La viviparidad ha evolucionado de forma independiente más de 150 veces en distintos grupos de vertebrados. En el caso de los cinodontos, no se trata necesariamente de un caso aislado.

“Es muy posible que Chiniquodon theotonicus no represente un caso aislado de viviparidad adquirido de forma independiente entre los cinodontos, sino que sea una evidencia del cambio general desde la puesta de huevos hacia el nacimiento de crías vivas en una etapa temprana del linaje de los mamíferos. Sin embargo, necesitamos más evidencias para poner a prueba adecuadamente esta hipótesis, en particular más datos de otros cinodontos no mamíferos y de los primeros mamíferos”, concluyó el paleontólogo.

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