Durante décadas, la investigación sobre el alzhéimer se ha centrado casi exclusivamente en dos protagonistas: el beta-amiloide, que se acumula en el espacio entre las neuronas formando placas, y la proteína tau, que se deposita en el interior de las células nerviosas. Sin embargo, un proyecto liderado por el investigador Jordi Llop, del CIC biomaGUNE de San Sebastián, apunta a que estas dos piezas del puzle podrían no ser suficientes para entender la progresión de la enfermedad. El foco se desplaza ahora hacia la mielina, la capa aislante que recubre los axones neuronales.
La mielina funciona como el recubrimiento de un cable eléctrico: permite que el impulso nervioso viaje de forma rápida y eficiente. Cuando se deteriora, la transmisión se ralentiza y se vuelve menos eficaz, lo que puede afectar a las complejas redes de conexiones cerebrales incluso si las neuronas siguen presentes. “Estamos estudiando si protegerla o repararla puede contribuir a preservar el funcionamiento de los circuitos cerebrales en el alzhéimer”, explica Llop.
En los últimos años ha ganado peso la idea de que la degradación de la mielina ocurre en fases muy tempranas de la enfermedad, posiblemente antes de que aparezcan los síntomas clínicos. En personas con alzhéimer, esta vaina se encuentra degradada o deformada. “Aunque no se sabe si es causa o consecuencia de la enfermedad”, señala el investigador.
Esta visión se alinea con hallazgos más amplios de la comunidad científica. Estudios recientes han mostrado que la disfunción de la mielina puede favorecer la acumulación de beta-amiloide en modelos animales y que las alteraciones en la interfaz entre mielina y axón —incluidas anomalías en los paranodos y acumulación de proteínas— aparecen en cerebros de pacientes y de ratones con la enfermedad. Algunos trabajos incluso sugieren que la pérdida de integridad de la mielina puede preceder a la patología amiloide clásica y contribuir al declive cognitivo.
GUNE, en colaboración con el equipo del profesor Carlos Matute de la Universidad del País Vasco (EHU/UPV), trabaja en el proyecto MYAMI para buscar compuestos capaces de reparar o prevenir estas alteraciones. “El objetivo último es investigar si hay compuestos que puedan ayudar a restaurar esa mielina en nuestros modelos de roedores y si eso se traslada con el tiempo en una mejora cognitiva”, añade Llop.
Detectar cambios sutiles en la mielina no es sencillo. Las técnicas de imagen convencionales no siempre captan estas alteraciones tempranas. Por ello, el equipo ha desarrollado herramientas de nueva generación, entre ellas trazadores de tomografía por emisión de positrones (PET) diseñados específicamente para marcar zonas donde la mielina se ha deteriorado y deja expuestas estructuras normalmente ocultas.
“Es como si el cerebro revelara con tinta invisible las zonas donde algo empieza a fallar”, describe Mariana Coimbra de Almeida, investigadora predoctoral del grupo. Estas pruebas de imagen se combinan con ensayos de comportamiento en ratones para evaluar si los animales recuperan memoria o pierden menos capacidad cognitiva. Los primeros resultados ya muestran cambios asociados al alzhéimer en regiones ricas en mielina, y apuntan a una posible ralentización de la progresión de la enfermedad en los modelos animales.
A largo plazo, la misma técnica PET podría utilizarse de forma no invasiva en humanos para evaluar si un tratamiento está reparando la mielina, algo que ya se emplea en oncología y en estudios cerebrales.
Esta línea de investigación refuerza una idea que gana terreno: el alzhéimer no es solo una enfermedad de acumulación de proteínas, sino también un trastorno de las conexiones neuronales. Las neuronas no funcionan de manera aislada; forman redes cuya eficacia depende de que las señales viajen correctamente. Si la mielina falla, esas redes dejan de ser eficientes.
Comprender mejor el papel de la mielina abre varias puertas. Por un lado, podría facilitar la detección en fases más tempranas, cuando los cambios clínicos aún no son evidentes. Por otro, permitiría un seguimiento más preciso de la evolución de la enfermedad y, sobre todo, explorar nuevas estrategias terapéuticas centradas en proteger o restaurar esta capa protectora.
El trabajo se encuentra todavía en fase preclínica, con modelos de ratón. Como advierte el propio Llop, el camino hacia posibles aplicaciones en humanos es largo. Sin embargo, los primeros indicios son esperanzadores y se suman a un creciente cuerpo de evidencia internacional que sitúa a la mielina —y a los oligodendrocitos que la producen— como un actor clave en la patogénesis del alzhéimer.






