Una investigación internacional liderada por Yousuke Kaifu, de la Universidad de Tokio, revela que los humanos arcaicos daban a luz a recién nacidos tan indefensos como los de hoy, con cráneos blandos, músculos del cuello débiles y una dependencia total de los adultos. El estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B, se basa en evidencias de plagiocefalia deformacional (síndrome de cabeza plana) en fósiles de Homo erectus e Homo floresiensis.
El hallazgo implica que las prácticas intensivas de cuidado infantil y, probablemente, comportamientos sociales cooperativos se remontan a más de un millón de años, a la época del ancestro común de estas especies. “Nuestros hallazgos sugieren de forma indirecta que la práctica de cuidar a los hijos se remonta a más de un millón de años atrás. Podemos asumir con seguridad que las poblaciones ancestrales de Homo floresiensis ya lo presentaban”, afirma Kaifu.
Los bebés humanos nacen mucho menos desarrollados que los de otros grandes simios. Tienen músculos del cuello débiles, huesos craneales blandos y cerebros que siguen creciendo rápidamente tras el parto. Esta característica se ha relacionado tradicionalmente con el llamado “dilema obstétrico”: una compensación evolutiva entre la bipedestación (que estrecha el canal del parto) y el aumento del tamaño cerebral.
Hasta ahora resultaba difícil saber cuándo surgió esta fase de indefensión, porque los fósiles de bebés arcaicos son extremadamente raros y fragmentarios. Kaifu y su equipo propusieron un método alternativo: buscar huellas de cambios en la forma del cráneo (especialmente asimetrías) que se producen poco después del nacimiento y pueden persistir hasta la edad adulta.
Estas deformaciones, conocidas como plagiocefalia deformacional o postural, son comunes hoy en día. Se producen porque el bebé permanece mucho tiempo en la misma postura (por cómo se le sostiene o se le acuesta) y carece de fuerza en el cuello para cambiar de posición. “La forma de la cabeza se ve afectada porque el bebé suele estar acostado de la misma manera… y porque los músculos del cuello del bebé son demasiado débiles para controlar la posición de la cabeza”, explica Kaifu.
Los grandes simios, cuyas crías nacen más independientes, mostraron un rango mucho más reducido de deformidades craneales. En cambio, las muestras humanas —tanto modernas como históricas y fósiles— presentaron una variedad significativamente mayor. En varios fósiles de Homo erectus y en el de Homo floresiensis la deformación era severa, comparable o incluso superior a la de muchos humanos actuales.
“La deformación observada en los tres cráneos fósiles era severa, incluso en comparación con los estándares humanos modernos. Esto significa que el grado de desvalimiento de sus recién nacidos era similar, si no el mismo, al de los bebés humanos modernos”, destaca Kaifu.
El hallazgo es especialmente revelador para Homo erectus, que vivió entre hace más de un millón de años y hace unos 110.000 años. El registro arqueológico de esta especie se limita básicamente a herramientas de piedra, por lo que se sabe poco de su comportamiento. “Si daban a luz a bebés físicamente indefensos, esto nos dice algo sobre su comportamiento, ya que habrían tenido que cuidar al bebé con la misma diligencia que nosotros”, señala el investigador. En entornos con grandes depredadores (tigres y leopardos en el caso de H. erectus; dragones de Komodo y aves carroñeras gigantes en el de H. floresiensis), una madre sola habría tenido grandes dificultades para proteger al recién nacido. Esto apunta a la necesidad de cooperación social.
Más sorprendente aún es el caso de Homo floresiensis. Esta especie de estatura diminuta tenía un cerebro comparable en tamaño al de un chimpancé. Aun así, su cráneo muestra signos claros de plagiocefalia deformacional, lo que indica que su etapa neonatal seguía un patrón similar al de los humanos de cerebro más grande. “En lugar de ser simplemente una contrapartida de nuestros cerebros más grandes, la ardua responsabilidad del cuidado infantil y el apoyo a las madres con sus bebés podría ser una parte integral de nuestra historia humana, al menos desde la época del ancestro común de Homo erectus y Homo floresiensis, hace más de un millón de años”, concluye Kaifu.






