Con la llegada del verano, las playas mediterráneas y de todo el mundo se preparan para un reencuentro inevitable: las medusas. Estos animales, más antiguos que los dinosaurios, llevan más de 500 millones de años habitando los mares. Su presencia es un recordatorio de la complejidad del ecosistema marino: luces que iluminan su valor ecológico y biomédico, y sombras que generan problemas sanitarios, turísticos y económicos.
Las medusas no son meros “invasores” estacionales. Forman parte fundamental de las redes tróficas. Actúan como depredadoras de zooplancton, peces pequeños y otras medusas, y a su vez sirven de alimento a tortugas marinas, peces de mayor tamaño y aves marinas. Además, ofrecen refugio entre sus tentáculos a peces juveniles.
Cuando mueren, sus cuerpos se hunden en un fenómeno conocido como jelly-falls, transportando material orgánico hacia capas más profundas del océano y contribuyendo al ciclo del carbono. Este proceso forma parte de la “bomba biológica” oceánica y puede aportar una fracción significativa de carbono orgánico a los fondos marinos.
El valor de las medusas trasciende la ecología. Gracias a la especie Aequorea victoria, se aisló la proteína fluorescente verde (Green Fluorescent Protein o GFP). Su descubrimiento y desarrollo revolucionaron la investigación biomédica al permitir visualizar procesos celulares en tiempo real y estudiar enfermedades como el cáncer o trastornos neurodegenerativos. En 2008, Osamu Shimomura, Martin Chalfie y Roger Y. Tsien recibieron el Premio Nobel de Química por este hallazgo.
Hoy también se obtienen de ellas compuestos nutracéuticos —ingredientes con propiedades terapéuticas, preventivas, cosméticas o farmacológicas— que abren nuevas vías de aprovechamiento sostenible.
La cara oscura es bien conocida por bañistas y gestores costeros. Las picaduras pueden ser muy dolorosas, provocar problemas crónicos e incluso, en casos extremos, la muerte. El turismo sufre las consecuencias directas: playas vacías o con avisos de peligro reducen la afluencia de visitantes.
La pesca también se ve afectada. Cuando las medusas entran en las redes, sus células urticantes pueden estropear la captura y hacerla inviable comercialmente. Además, obstruyen y dañan las artes de pesca, comprometiendo la estabilidad de las embarcaciones. En 2009, un banco de medusas Nomura (gigantes que pueden alcanzar casi dos metros de diámetro y pesar cientos de kilos) hundió un arrastrero de 10 toneladas frente a las costas de Japón; la tripulación fue rescatada.
En acuicultura provocan daños en redes y peces. Industrias tan dispares como desaladoras, centrales térmicas y nucleares también sufren: las medusas taponan los conductos de captación de agua de refrigeración, obligando a paradas de emergencia.
Ante este panorama, investigadores de la Universidad de Alicante, en colaboración con la Universitat Politècnica de València, han desarrollado un dispositivo antimedusas basado en campos electromagnéticos. El sistema, instalado en una boya flotante con bobinas a distintas profundidades, no mata ni lesiona a los animales: modifica temporalmente su comportamiento.
Las medusas se desplazan mediante pulsaciones de su umbrela. El campo electromagnético reduce la frecuencia de esas contracciones. En ensayos preliminares con Catostylus mosaicus y Rhizostoma pulmo (procedentes de cultivos del Oceanogràfic de València y realizados en el Laboratorio Marino UA-Dénia), aproximadamente la mitad de los ejemplares alteró significativamente su natación; algunos casi dejaron de pulsar y descendieron al fondo. El efecto es reversible: al apagar el campo, recuperan el ritmo normal. No se observaron lesiones ni mortalidad.
La boya aprovecha las corrientes marinas para arrastrar a las medusas lejos de zonas sensibles (playas, piscifactorías o tomas de agua), sin invadir su función ecológica.
Hasta ahora, las soluciones se basan en barreras físicas: redes antimedusas o cortinas de burbujas. Ambas tienen limitaciones. Las redes pueden atrapar otras especies y requieren un mantenimiento costoso. Las cortinas de burbujas reducen el intercambio de agua y pueden generar hipoxia local. Frente a blooms o enjambres masivos (miles de individuos), su eficacia es limitada.
Aunque aún se necesitan más ensayos en condiciones reales, el sistema electromagnético se presenta como una herramienta respetuosa con el medio ambiente. Su objetivo no es eliminar a estos animales ancestrales, sino convivir con ellos protegiendo playas, acuicultura e infraestructuras críticas.






