LOS ORGANISMOS MÁS LONGEVOS DE LA TIERRA PODRÍAN ESTAR BAJO TUS PIES: EL ENIGMA DE LA EDAD DE LOS HONGOS

A diferencia de los animales o los árboles, los científicos no pueden contar fechas o anillos de crecimiento para estimar la longevidad de los hongos.
A diferencia de los animales o los árboles, los científicos no pueden contar fechas o anillos de crecimiento para estimar la longevidad de los hongos.

Algunos de los seres vivos más antiguos del planeta no son árboles milenarios ni corales de aguas profundas. Podrían ser hongos. Su micelio —esa red de filamentos que se extiende por el suelo, la madera o las raíces de las plantas— a menudo permanece invisible, pero en algunos casos alcanza dimensiones y edades extraordinarias. El famoso “hongo monstruoso” (Armillaria ostoyae) del bosque nacional Malheur, en Oregón (EE UU), se estima que cubre casi mil hectáreas y tiene entre 1.900 y 8.650 años. Sin embargo, a pesar de su omnipresencia y su papel clave en los ecosistemas, los científicos aún desconocen cuánto tiempo pueden vivir la mayoría de las especies y, sobre todo, cómo determinar con precisión su edad.

Un artículo de opinión publicado en la revista Trends in Microbiology (Cell Press), firmado por Ayla Mongès, Dimitrios Floudas y Kristin Aleklett, del Departamento de Biología de la Universidad de Lund (Suecia), analiza por qué la longevidad de los hongos sigue siendo un misterio biológico tan difícil de resolver.

“Realmente no sabemos si 10 años o 500 años es ‘viejo’ para un hongo, ni cuánto varía entre las diferentes especies y estilos de vida”, afirma Kristin Aleklett, autora principal del trabajo.

La seta que vemos en el bosque es solo la estructura reproductora temporal. El verdadero cuerpo del hongo es el micelio, una red dinámica de hifas que crece, se ramifica, recicla tejidos viejos y, a veces, se fragmenta. Esta plasticidad complica radicalmente la definición de “individuo”.

“Una de las mayores dificultades reside en poder definir dónde empieza y dónde termina un individuo fúngico”, explica Aleklett. Si la red se separa en partes que conservan el mismo ADN (genet), ¿siguen siendo un solo organismo? ¿Y si esas partes vuelven a fusionarse? Además, parte del micelio puede morir o ser autodigerido mientras otra zona sigue expandiéndose. “Esta capacidad de crecer en una dirección y desaparecer en otra hace que la definición de un cuerpo, tal como la entendemos los humanos, sea muy difícil”, señala Dimitrios Floudas.

A diferencia de animales o árboles, no se pueden contar anillos de crecimiento ni observar un ciclo vital completo en la naturaleza. Los investigadores suelen recurrir a herramientas genéticas para identificar genets y estimar la edad a partir de tasas de crecimiento medidas en laboratorio. Pero estas estimaciones tienen limitaciones, porque las condiciones reales del suelo varían enormemente a lo largo de las estaciones y los años.

Los autores insisten en que no existe una “edad típica” de los hongos. Las levaduras tienen ciclos relativamente cortos y fáciles de estudiar. Los hongos simbióticos (micorrícicos) pueden depender de la vida de su planta huésped, mientras que los descomponedores de madera pueden abandonar un tronco agotado y buscar nuevas fuentes de nutrientes a través del suelo. Algunos anillos de hadas alcanzan decenas o incluso cientos de años; otros hongos forman estructuras de resistencia (esclerocios o rizomorfos) que les permiten persistir en estado latente.

“Es probable que muchos hongos vivan tanto tiempo que sus esperanzas de vida superen con creces la nuestra”, destaca Aleklett. Esta longevidad extrema plantea preguntas prácticas: ¿cuánto tiempo permanece activo un hongo patógeno en un suelo? ¿Durante cuánto tiempo sobrevive un inoculante micorrícico usado en reforestación? ¿Cómo afectan estos organismos al almacenamiento de carbono en el suelo?

Para avanzar, el equipo de Lund propone un enfoque combinado y adaptado a cada grupo de hongos: seguimiento genético a largo plazo, experimentos de laboratorio prolongados y tecnologías emergentes como los “hongos en un chip” (fungi-on-a-chip). Estos dispositivos microfluídicos permiten observar con gran detalle el crecimiento, la degradación y la persistencia de las hifas en condiciones controladas, algo imposible de hacer a escala de campo.

“Me parece fascinante que aún quede tanta investigación básica por descubrir sobre los hongos”, comenta Aleklett. “Existe un vasto reino de organismos que viven junto a nosotros y del que todavía sabemos muy poco”.

Comprender mejor los ciclos de vida y la longevidad de los hongos no es solo una cuestión académica. Es fundamental para la conservación de especies amenazadas, el manejo de patógenos invasores, la agricultura sostenible y la comprensión del papel de estos organismos en el ciclo del carbono. Como concluye la investigadora: “Si queremos preservar la biodiversidad fúngica y los servicios ecosistémicos que proporcionan, necesitamos entender mejor cómo son sus ciclos de vida, incluyendo cómo y cuándo terminan”.

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