LAS AVES PLANEADORAS DEMUESTRAN QUE VOLAR PUEDE SER MÁS EFICIENTE QUE NADAR

Un análisis global de 50 especies de aves y murciélagos revela que aprovechar las corrientes de aire permite reducir el gasto energético en los desplazamientos a niveles inferiores a los de la locomoción acuática.
Un análisis global de 50 especies de aves y murciélagos revela que aprovechar las corrientes de aire permite reducir el gasto energético en los desplazamientos a niveles inferiores a los de la locomoción acuática.

Durante décadas, los tratados de fisiología animal establecieron una jerarquía rígida sobre la eficiencia del movimiento en los vertebrados: nadar era la forma más económica de locomoción, seguida del vuelo por aleteo y, en último lugar, la carrera terrestre, la más costosa energéticamente. Esa clasificación, elaborada en los años 70 a partir de mediciones en laboratorios —cinta de correr, túneles de viento y tanques de agua—, trataba la atmósfera como un entorno estático e inerte.

Un estudio internacional liderado por investigadoras del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal (MPI-AB) y la Universidad de Swansea, con participación de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y otras instituciones españolas como las universidades de Granada y Miguel Hernández, desmonta esa visión. Publicado el 15 de octubre de 2026 en la revista Science, el trabajo demuestra que, en condiciones reales de libertad, el aire no es un mero escenario, sino un recurso esencial: un “combustible gratuito” que puede reducir drásticamente el coste del vuelo hasta situarlo, en muchos casos, por debajo del gasto estimado para los peces.

“Para nosotros, el cielo puede parecer solo un fondo sobre el que vuelan los animales, pero es un recurso esencial que puede cambiar drásticamente el coste de un viaje”, señala Martina Scacco, investigadora del MPI-AB y primera autora del estudio.

El equipo coordinó a 68 científicos de todo el mundo y analizó una base de datos sin precedentes: 17 años de registros por GPS y acelerometría de alta resolución de 850 ejemplares de 38 especies de aves y murciélagos, complementados con cuatro años de datos de radar sobre voladores más pequeños. Las especies abarcan tres órdenes de magnitud de masa corporal, desde diminutos paseriformes de unos 12 gramos hasta grandes planeadores de más de 11 kilogramos. En total se procesaron más de 1,4 millones de localizaciones GPS y cerca de 200.000 segmentos de vuelo.

Los sensores de aceleración permitieron distinguir los tramos de vuelo activo (aleteo) del vuelo pasivo o planeado. Al cruzar esa información con la velocidad real sobre el terreno y datos meteorológicos de viento y corrientes térmicas, los investigadores calcularon el coste efectivo de transporte (eCOT): la energía consumida por unidad de masa y metro recorrido.

Los resultados revelan una clara división entre dos estrategias. Las especies aleteadoras mantienen un gasto más alto y variable según el viento. Las planeadoras, en cambio, aprovechan su masa corporal y las corrientes ascendentes para extraer energía del entorno y minimizar el esfuerzo muscular.

El contraste entre dos especies de masa similar ilustra la magnitud de la diferencia. Un cóndor andino (Vultur gryphus) y un cisne trompetero (Cygnus buccinator) pesan aproximadamente 11 kilogramos. Sin embargo, la factura energética del cóndor para recorrer un kilómetro equivale a una quinta parte de la del cisne: un 79 % menos. Mientras el cisne aletea durante el 99 % del tiempo de vuelo, el cóndor invierte solo un 0,1 % de su trayectoria en batir las alas y se desplaza casi íntegramente gracias a las térmicas.

“Las reglas de laboratorio nos decían que los cóndores y los cisnes debían tener la misma factura energética porque comparten la misma masa corporal. Pero al ver cómo planea un cóndor y cómo aletea un cisne, sabíamos que claramente debía existir una diferencia”, explica Emily Shepard, profesora de la Universidad de Swansea y coautora principal.

Esa estrategia se confirma a gran escala en siete especies de buitres que acumularon 128.000 días de vuelo y más de 4,3 millones de kilómetros —equivalente a dar la vuelta al planeta más de 100 veces—, aleteando solo entre el 0,1 % y el 7 % del tiempo. “Los planeadores son maestros en extraer energía del medio ambiente. Cuando las condiciones son adecuadas, pueden reducir sus costes hasta niveles mínimos”, añade Shepard.

Los voladores aleteadores adoptan un enfoque metabólico más costoso, pero más flexible. Dependen del esfuerzo muscular directo y se ven muy afectados por la dirección del viento: los de cola reducen la factura energética; los de cara la incrementan notablemente.

“El aire puede elevar o reducir bruscamente los costes de vuelo para los aleteadores. Lo que nos sorprendió fue ver hasta qué punto operan con frecuencia en condiciones costosas donde su rendimiento de combustible es realmente bajo”, subraya Kamran Safi, investigador del MPI-AB y autor sénior. Esa tolerancia responde a presiones biológicas como la urgencia por llegar a los lugares de nidificación o la necesidad de alimentar a las crías.

El hallazgo tiene consecuencias directas para la conservación en un contexto de calentamiento global. La alteración de los patrones de viento, térmicas y turbulencia puede reconfigurar las rutas migratorias y la distribución de las especies aéreas.

“Si las condiciones atmosféricas cambian, también lo hará el coste del vuelo y, por tanto, la forma en que los animales deciden migrar y establecer sus comunidades”, advierte Safi. Las especies planeadoras podrían verse obligadas a modificar rutas o calendarios para encontrar térmicas suficientes; las aleteadoras podrían necesitar paradas de “repostaje” más frecuentes.

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