Durante años, la escasez de agua y las sequías acapararon la atención de agricultores y científicos como la principal amenaza climática para el cacao. Un nuevo estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) demuestra que el reverso de la moneda —las lluvias torrenciales e intensas en momentos críticos— resulta igual de destructivo, o incluso más, para las plantaciones que alimentan la industria chocolatera global.
Un equipo internacional liderado por investigadores de la Universidad de Harvard y la Universidad de Ghana ha analizado datos detallados de producción por distritos en Ghana —uno de los mayores productores mundiales—, combinados con registros meteorológicos diarios de las últimas dos décadas. Los resultados son contundentes: el exceso de precipitaciones durante la temporada húmeda, unido a la sequía en el periodo seco, explica aproximadamente el 68 % (cerca de dos tercios) de las fluctuaciones interanuales en las cosechas del país africano.
“La sequía es una amenaza real para el cacao, y eso está bien establecido. Lo que no se había articulado tan bien es el otro extremo de las lluvias excesivas. Las precipitaciones intensas que llegan mientras los árboles están floreciendo —o que favorecen la propagación de enfermedades fúngicas durante la floración y el desarrollo temprano de las mazorcas— resultan ser igual de importantes”, explica Anna Lea Albright, investigadora principal del estudio e exbecaria postdoctoral en el Centro de Medio Ambiente de Harvard.
El fenómeno no se limita a África occidental. Tras examinar datos de Ecuador e Indonesia, el equipo comprobó un patrón similar: los años con lluvias más intensas en la estación húmeda tienden a traducirse en peores resultados para la producción de cacao. Este cultivo es especialmente vulnerable por su largo ciclo de desarrollo, que abarca desde la floración hasta la formación de las mazorcas.
En Ghana, las lluvias más dañinas se concentran entre abril y junio, cuando los árboles florecen y comienzan a formarse las vainas jóvenes. Más tarde, entre noviembre y febrero, la falta de agua perjudica el desarrollo de las mazorcas. Los investigadores eliminaron las tendencias a largo plazo de los datos de la Junta del Cacao de Ghana y contrastaron las variaciones anuales con variables como la humedad del suelo, los periodos secos y las temperaturas extremas. Las precipitaciones extremas en la temporada principal de lluvias y la escasez en la estación seca emergieron como los predictores más fiables del rendimiento.
Esta vulnerabilidad estacional agrava la volatilidad de los precios en los mercados internacionales. En 2024, los precios del cacao bruto se triplicaron tras temporadas de fuertes pérdidas (hasta un 40 % en África occidental en 2023/2024), un fenómeno que ya se refleja en barras más pequeñas, precios más altos o reformulaciones de productos.
Los extremos pluviométricos están estrechamente correlacionados con fenómenos climáticos a gran escala como El Niño o las variaciones en las temperaturas de la superficie del mar en el Atlántico. Como estos patrones se pueden rastrear con meses de antelación, se abre una vía prometedora para la anticipación agrícola: avisos tempranos que permitan a los agricultores evaluar riesgos y prepararse.
“Esperamos que los hallazgos ayuden a reducir futuros daños en las cosechas, posiblemente fomentando una mayor cobertura de copas para proteger las flores del cacao de las gotas de lluvia grandes o reteniendo más hojarasca para evitar salpicaduras que transmitan infecciones desde el suelo hasta las mazorcas”, apunta Peter Huybers, coautor del trabajo y director del Departamento de Ciencias Planetarias y de la Tierra de Harvard.
Los autores advierten, no obstante, de las limitaciones del estudio. El sector del cacao se enfrenta a múltiples desafíos simultáneos: envejecimiento de los árboles, impacto de la minería de oro, costes de fertilizantes, contrabando y presión de plagas y enfermedades. Además, los registros de precipitaciones a menudo no capturan con total precisión los aguaceros más extremos, precisamente los que mayor daño infligen.






