Durante décadas, la historia de la dieta humana se ha contado sobre todo a través del aumento del consumo de carne, grasa y proteínas animales. Un nuevo análisis publicado en Science amplía ese relato y sitúa a los azúcares naturales —procedentes de frutas, miel y otros alimentos vegetales— en un papel central para el crecimiento del cerebro a lo largo de cuatro millones de años.
El trabajo, dirigido por Jennie Brand-Miller, profesora emérita de Nutrición Humana de la Universidad de Sídney (Australia), modeliza las necesidades energéticas y la composición de la dieta en seis etapas representativas: chimpancés (como aproximación al último ancestro común), Australopithecus afarensis (la especie de Lucy), Homo habilis, dos fases de Homo erectus y Homo sapiens. Integra evidencias metabólicas, fisiológicas, genéticas, dentales fósiles, isótopos estables y datos de la alimentación de primates y cazadores-recolectores actuales.
Según las estimaciones, los primeros homininos pudieron obtener más del 65 % de su energía de los azúcares presentes en frutas y otros productos dulces. A medida que aumentó el consumo de alimentos animales y apareció la cocina, esa proporción descendió, pero los azúcares habrían seguido aportando entre el 20 % y el 35 % de la energía durante buena parte de la evolución humana. En un escenario de Homo sapiens con un 65 % de alimentos vegetales y un 35 % de animales, el modelo calcula aproximadamente un 25 % de la energía procedente de azúcares, otro 25 % de almidones y un 19 % de proteínas.
“Es el conjunto de evidencias lo que permite construir un argumento sólido. La dieta de los chimpancés contiene alrededor de un 75 % de carbohidratos, en su mayoría fruta madura rica en azúcares, y compartimos con ellos un último ancestro común”, explica Brand-Miller. Añade pistas evolutivas como la visión tricromática, que permite distinguir por el color los frutos más maduros y azucarados; la pérdida de la capacidad de sintetizar vitamina C (presente junto a los azúcares en la fruta); caries en dientes fósiles de primates; y el aprecio de los cazadores-recolectores actuales por la fruta y la miel, que en algunos grupos puede aportar hasta el 35 % de las calorías. La miel, por ejemplo, contiene entre un 85 % y un 90 % de azúcares.
El cerebro humano, que representa menos del 2 % del peso corporal de un adulto, consume alrededor del 20 % del metabolismo basal. En la infancia el gasto relativo es aún mayor. Los glóbulos rojos, parte de los riñones, la placenta, el feto y las glándulas mamarias también dependen de la glucosa. Los autores estiman una demanda total de entre 150 y 200 gramos diarios de glucosa en adultos y de 200 a 250 gramos en mujeres embarazadas o lactantes. El organismo puede producir una parte a partir de aminoácidos, lactato y glicerol, pero el proceso es limitado y costoso.
El embarazo y la lactancia reciben especial atención. El feto y la placenta consumen juntos unos 70 gramos de glucosa al día; durante la lactancia la mujer utiliza unos 90 gramos adicionales para sintetizar los carbohidratos de la leche humana. “El éxito reproductivo determina si una especie prospera o se extingue. Las mujeres soportan la carga nutricional de encontrar suficientes carbohidratos para sostener el crecimiento del feto”, subraya Brand-Miller. El feto humano nace con mucha más grasa que la mayoría de los primates, un rasgo relacionado con los niveles de glucosa materna. Una escasez de carbohidratos podría generar déficit de glucosa en mujeres en edad reproductiva incluso con suficientes calorías totales y afectar a la reproducción.
La revisión no resta importancia a la carne. Los alimentos animales aportaron proteínas y grasas de alta densidad energética, facilitaron la reducción de dientes, mandíbulas y aparato digestivo, y cubrieron las necesidades de tejidos que no dependen de la glucosa. La propuesta es complementaria: grasas y proteínas suministraron energía y nutrientes esenciales; azúcares y, más tarde, almidones cocinados, la glucosa imprescindible para el cerebro y otros tejidos.
El control del fuego cambió el escenario. La cocción permitió aprovechar el almidón de semillas, raíces y tubérculos, que sustituyó progresivamente parte de los azúcares de la fruta y la miel. La fecha exacta del uso controlado del fuego sigue en debate. En las últimas etapas del modelo, los autores aumentan la proporción de almidón hasta una relación 50:50 con los azúcares, similar a muchas dietas modernas.
“Este trabajo cuestiona claramente la idea de que podríamos prosperar solo con alimentos animales. Los hombres adultos podrían desenvolverse bien, pero no las mujeres en edad reproductiva”, destaca Brand-Miller. “El mensaje es que los humanos necesitan una dieta equilibrada: algo de carne, algo de grasa y muchos carbohidratos procedentes de alimentos vegetales”.
Los autores distinguen entre los azúcares naturales de frutas, raíces y miel —acompañados de fibra y otros nutrientes— y los azúcares añadidos de muchos productos actuales. La fruta entera no produce los mismos efectos que las bebidas azucaradas, y numerosos carbohidratos refinados han perdido nutrientes y generan respuestas glucémicas distintas.






