NACIDOS PARA EL RITMO: LA PERCEPCIÓN DEL COMPÁS MUSICAL, UNA CAPACIDAD QUE EMPIEZA EN LA CUNA Y DEFINE LO HUMANO

Mientras damos palmas o bailamos en la discoteca, llevamos a cabo un proceso biológico bastante preciso que se consideraba exclusivo de los seres humanos.
Mientras damos palmas o bailamos en la discoteca, llevamos a cabo un proceso biológico bastante preciso que se consideraba exclusivo de los seres humanos.

La capacidad de percibir el ritmo en la música parece trivial, pero no lo es en absoluto. Extraer el pulso regular de una secuencia sonora —el compás o beat— nos permite seguir el ritmo con las palmas, bailar en grupo o sincronizar una coreografía compleja. Durante años se pensó que esta facultad era exclusivamente humana y, en gran medida, aprendida. Un nuevo estudio revisa dos décadas de investigación y llega a una conclusión más matizada: los fundamentos de esta competencia están presentes desde el nacimiento y se perfeccionan con la experiencia, el movimiento y la cultura.

El trabajo, firmado por Gábor Háden (HUN-REN Research Centre for Natural Sciences, Hungría) y Henkjan Honing (Universidad de Ámsterdam), se publica en Annals of the New York Academy of Sciences. Analiza de forma crítica cuatro afirmaciones habituales en el campo: que el procesamiento del compás es casi universal entre culturas humanas, que se desarrolla de forma espontánea, que implica un tipo especial de sincronización predictiva y que es raro en otras especies. La conclusión es deliberadamente cautelosa: las bases aparecen temprano, pero no todas las afirmaciones más fuertes están plenamente justificadas por la evidencia disponible.

Las investigaciones que miden la actividad cerebral de los recién nacidos muestran respuestas claras ante la ausencia de sonidos en posiciones métricamente importantes, incluso cuando esas posiciones no están marcadas por un sonido más potente. Experimentos más recientes demuestran que estas reacciones no pueden explicarse solo por el aprendizaje estadístico del orden de los sonidos. Apuntan a una sensibilidad temprana a las estructuras musicales periódicas y a la predicción basada en el ritmo.

“Los recién nacidos no son oyentes adultos en miniatura, pero sus cerebros parecen preparados desde el principio para utilizar la estructura rítmica y predecir cuándo debe ocurrir algo”, afirma Honing. “La experiencia no crea esta capacidad desde cero, sino que la calibra y la enriquece”.Estudios pioneros de 2009 ya habían detectado esta sensibilidad en bebés de solo dos o tres días de vida mediante electroencefalografía (EEG) mientras dormían. Investigaciones posteriores, publicadas en Cognition en 2024, confirmaron que el procesamiento del beat es un mecanismo distinto del simple aprendizaje de probabilidades de transición entre sonidos.

Durante la infancia, la exposición auditiva, el desarrollo motor y el aprendizaje musical mejoran la precisión del procesamiento rítmico. Sin embargo, los autores advierten que no se debe afirmar que los recién nacidos posean una percepción del compás totalmente madura: estas capacidades se desarrollan y se refinan con el tiempo.

Las comparaciones con otros animales ayudan a distinguir qué es producto de la evolución y qué se desarrolla de forma particular en los seres humanos. Los macacos, por ejemplo, pueden detectar ritmos regulares (isocronía) y, tras un entrenamiento exhaustivo, ajustar el tempo de sus golpes al de la música. No obstante, no muestran la misma sincronización predictiva que exhiben las personas.

Las pruebas en animales siguen siendo escasas. Solo se han observado sincronizaciones satisfactorias en un número reducido de especies de aves y en algunos mamíferos acuáticos, como el león marino. La diferencia clave, según los investigadores, no radica solo en si un animal puede seguir el tempo, sino en si la sincronización resulta motivadora y en si los sistemas auditivos, motores y de recompensa colaboran lo suficiente como para estabilizar la predicción.

El trabajo amplía la hipótesis de la evolución audiomotora gradual (conocida como GAE) al incluir explícitamente el sistema de recompensa (GAER). Esta propuesta sostiene que la percepción humana del ritmo surgió a través de una integración cada vez más estrecha de sistemas evolutivamente antiguos —auditivos, motores, de sincronización predictiva y de recompensa—, y no mediante la aparición repentina de un circuito cerebral completamente nuevo.

“La diferencia entre los seres humanos y otros primates no reside en si son capaces de seguir el tempo de la música, sino en si la sincronización resulta motivadora y en si los sistemas auditivos, motores y de recompensa colaboran lo suficiente como para estabilizar la predicción”, explica Honing.

Los autores abogan por ir más allá de los exámenes neuropsicológicos predominantes. Recomiendan combinar enfoques conductuales, neurofisiológicos, genéticos y computacionales en experimentos con recién nacidos, adultos y otras especies. El objetivo es distinguir claramente el seguimiento pasivo de la predicción activa de un compás.

“Para los músicos, encontrar el tempo puede parecer algo fácil”, concluye Honing. “Desde el punto de vista científico, esa simplicidad es precisamente lo que lo hace apasionante, porque expone una forma de investigar cómo la biología, el desarrollo, la cultura y la evolución convergen en una de las capacidades fundamentales que subyacen a la musicalidad humana”.

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