Dormir varias horas y despertarse agotado. Revisar el celular antes de levantarse de la cama. Responder mensajes fuera del horario laboral y permanecer virtualmente disponible incluso en momentos de ocio, ya sea en el gimnasio, leyendo un libro o mirando una serie. Y, aun así, sentir que el día no alcanza. Esta experiencia se ha vuelto compartida por trabajadores, estudiantes, madres, padres y jóvenes en todo el mundo. Pero ¿se trata solo de una percepción individual o de una característica estructural de nuestra época?
A esta pregunta responde el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su obra más influyente, La sociedad del cansancio (2010). Han describe una era marcada por la exigencia constante de rendimiento, la autoexplotación y la dificultad para desconectarse. Según él, hemos pasado de la sociedad disciplinaria (de la obediencia y las prohibiciones, analizada por Foucault) a una sociedad del rendimiento, donde el imperativo ya no es “debes” sino “puedes”. El sujeto se convierte en empresario de sí mismo, se autoexplota creyendo que ejerce su libertad, y esto genera patologías neuronales como depresión, ansiedad, TDAH, burnout y un cansancio crónico que aísla.
Especialistas de distintas disciplinas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) coinciden en que el fenómeno es más complejo y multicausal. No se explica solo por la autoexigencia individual, sino por transformaciones en el mundo del trabajo, los vínculos sociales, los hábitos cotidianos y la salud mental.
¿CANSADOS O AGOTADOS?
Julieta De Battista, doctora en Psicopatología, profesora de la Facultad de Psicología de la UNLP e investigadora de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC), distingue claramente: no es lo mismo cansancio que agotamiento. El cansancio forma parte de la condición humana; señala los límites del cuerpo y abre la posibilidad del descanso y el reconocimiento de la vulnerabilidad. El agotamiento, en cambio, responde a una exigencia permanente sin pausas: “Siempre se podría hacer algo más o algo mejor”.
Esta lógica atraviesa todas las esferas: trabajo, crianza, cuidado de familiares y hasta el ocio, convertido muchas veces en otra obligación. Entre las mujeres, el fenómeno se agrava por la “doble o triple jornada”: empleo, crianza y cuidado de adultos mayores, en una sociedad donde estas tareas siguen recayendo principalmente sobre ellas.
CUANDO EL TRABAJO NO TERMINA NUNCA
Desde la sociología, Mariana Busso, profesora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP e investigadora del Conicet, enfatiza que el cansancio contemporáneo no es un problema individual. La intensificación del trabajo, la multiplicación de empleos para sostener ingresos y las tecnologías digitales borran las fronteras entre vida laboral y personal. Los celulares actúan como prótesis que extienden los tiempos de trabajo al descanso, la familia y el ocio.
Estas dinámicas impactan de forma desigual, especialmente en mujeres y madres. Las condiciones económicas, la pérdida de poder adquisitivo y la necesidad de “hacer más” agravan el panorama. Aunque el concepto de Han es útil, el agotamiento no se reduce a la autoexigencia: tiene raíces estructurales.
EL CUERPO PASA FACTURA
Silvana Pujol, médica psiquiatra y profesora titular de Psiquiatría en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP, confirma que el cansancio es uno de los síntomas más frecuentes en la consulta clínica. Detrás suelen aparecer estrés crónico, trastornos del sueño, depresión, ansiedad o consumo de sustancias. La vida contemporánea “cronifica” la fatiga mediante estados permanentes de alerta.
Aunque se recomiendan siete a nueve horas de sueño para adultos, el problema va más allá de la cantidad: afecta la calidad del descanso. El uso intensivo de pantallas antes de dormir interfiere con la melatonina, y la hiperconexión genera ansiedad por respuestas inmediatas, malos entendidos y nuevas dependencias (redes sociales, apuestas, compras online). Muchas personas recurren a energizantes o automedicación en lugar de cambiar hábitos profundos. Como recordaba Borges, “una pastilla puede borrar el cosmos y erigir el caos”.
LA PARADOJA DE LA HIPERCONEXIÓN
Las tres especialistas coinciden en el rol central de la hiperconectividad. De Battista advierte que el tiempo en dispositivos desplaza vínculos humanos reales, fragilizando los lazos comunitarios y alimentando una “pandemia silenciosa” de soledad. Pujol destaca su impacto en el sueño, y Busso, su vínculo con nuevas formas de organización laboral que exigen disponibilidad constante, sobre todo entre jóvenes.
La tecnología ofrece comunicación e información, pero genera fatiga cognitiva por multitarea, notificaciones y la presión de estar siempre disponible. Estudios recientes vinculan adicciones comportamentales (smartphone, redes) con mayor ansiedad, depresión y soledad.








