La Sudamérica del Mioceno era un lugar aterrador. Hace más de diez millones de años, un enorme sistema de humedales y lagos —conocido como el sistema Pebas o mega-humedal Pebas— cubría gran parte del norte del continente, abarcando zonas de lo que hoy son Colombia, Perú, Brasil, Ecuador y Venezuela. Este vasto paisaje acuático, de más de un millón de kilómetros cuadrados en su máxima extensión, albergaba tortugas gigantes, una extraordinaria diversidad de crocodilianos y una abundancia de herbívoros de gran tamaño.
En las orillas de estos cuerpos de agua cazaba una amplia variedad de depredadores: anacondas, mamíferos con dientes de sable (esparasodontes), “aves del terror” no voladoras (fororrácidos) y sebécidos, parientes terrestres de los crocodilianos. Sin embargo, un estudio reciente publicado en Journal of Vertebrate Paleontology demuestra que los crocodilianos constituían, en realidad, el grupo de depredadores más importante de este ecosistema, especialmente a la hora de cazar presas de gran tamaño.
“Había tal cantidad de presas disponibles que los depredadores mamíferos no podrían habérselas comido todas”, afirma Oscar Wilson, investigador posdoctoral de la Universidad de Helsinki y autor principal del trabajo. “Nuestro nuevo estudio demuestra que, en particular, los crocodilianos eran los depredadores más importantes de la región, especialmente cuando se trataba de cazar presas de gran tamaño”.
UN ECOSISTEMA DE GIGANTES
En las orillas del lago vivía una gran diversidad de herbívoros: perezosos terrestres gigantes, gliptodontes (parientes de los armadillos) y varios grupos de ungulados nativos de Sudamérica, como los astrapoterios (“bestias relámpago”) y los toxodóntidos. Algunos de estos ungulados podían superar la tonelada de peso.
Los depredadores también eran gigantes. El mayor de aquella época era Purussaurus neivensis, un crocodiliano de unos siete metros de longitud y cerca de 1.800 kilogramos de peso, pariente de los caimanes actuales. Situado en la cima de la cadena alimentaria, este animal pudo haber influido incluso en el tamaño de las poblaciones de herbívoros, según sugiere el nuevo estudio.
El equipo internacional, con investigadores de Colombia, Francia, Argentina, Canadá, Estados Unidos y Finlandia, analizó cuatro fósiles de huesos de tres especies de grandes ungulados procedentes de la región de La Venta (departamento de Huila, Colombia): Pericotoxodon platignathus (un toxodóntido del tamaño de un rinoceronte) y dos astrapoterios, Xenastrapotherium kraglievichi y Granastrapotherium snorki. Estos animales pesaban entre unos 600 y más de 1.800 kilogramos. Los fósiles, de entre 10,5 y 16 millones de años de antigüedad, se conservan en colecciones de museos.
Las marcas de los ataquesLas marcas de mordeduras y de dientes dejadas por los depredadores en los fósiles de herbívoros constituyen la única evidencia directa de las interacciones entre especies en el pasado profundo. Los cuatro especímenes —un cráneo parcial, un fémur distal y dos mandíbulas— presentan perforaciones circulares y bisecadas, depresiones y zonas de hueso cortical aplastado, consistentes con la mordida de un crocodiliano masivo.
La mayoría de las marcas se concentran en la cabeza y las mandíbulas, un patrón similar al de los cocodrilos modernos (como el cocodrilo de agua salada o el del Nilo) cuando emboscan y capturan presas grandes. Las fuerzas de mordida necesarias para producir algunas de estas perforaciones se aproximaron o superaron los 40.000 newtons por diente, cifras coherentes con las estimaciones previas para Purussaurus.
“La frecuencia de las marcas probablemente producidas por Purussaurus sugiere que era un depredador importante en estos ecosistemas tropicales”, comenta Wilson.
En uno de los casos, además de las marcas atribuidas a Purussaurus, se identificaron surcos paralelos que podrían corresponder a un evento de carroñeo posterior por parte de un sebécido o crocodiliforme ziphodonte, como Langstonia huilensis.
UN PAPEL ECOLÓGICO CLAVE
Estudios previos ya habían sugerido, a partir de ratios de biomasa depredador-presa, que los grandes crocodiliformes (Purussaurus, Mourasuchus, Gryposuchus y otros) eran los principales depredadores de los megaherbívoros de La Venta. Esta nueva evidencia física lo confirma y refuerza la idea de que, en un continente donde los grandes carnívoros mamíferos eran relativamente escasos en comparación con otras regiones, los reptiles gigantes ocuparon el nicho ecológico que en otros lugares desempeñan leones, lobos u osos.
Purussaurus y otros crocodilianos no solo cazaban individuos, sino que probablemente actuaban como reguladores clave de las poblaciones de grandes herbívoros en estos ecosistemas de humedales tropicales del Mioceno medio. Con tanta biomasa de presas disponibles, los depredadores mamíferos no bastaban para controlarla; los crocodilianos llenaron ese vacío.






