AMANECER

Leonor y Oscar se encontraron por casualidad en un café, una tarde lluviosa de 1975. Él, un arquitecto soñador, quedó encandilado por sus ojos curiosos y su risa fácil. Ella, una historiadora apasionada por los libros antiguos, se sintió atraída por la tranquilidad de su mirada y el ritmo pausado de sus palabras. 

Su amor fue una melodía que se construía día a día: los domingos deambulaban por plazas y museos, con las manos entrelazadas. O iban al cine a ver películas románticas como Un hombre y una mujer. Durante las noches discutían sobre el arte, la vida, sus deseos y sus miedos, con la misma avidez que los unió desde el principio. Su pequeño departamento era un constante vaivén de caricias y susurros.

Sin embargo, el primer roce en la pareja llegó. Fue a partir del octavo aniversario. Las discusiones se hicieron más frecuentes, casi siempre por cosas pequeñas: una toalla húmeda en la cama, un plato sin lavar, un tono de voz elevado. 

La pasión de los primeros años, aunque no desapareció por completo, se vio opacada por la inercia. Los museos se volvieron un recuerdo y las conversaciones profundas dieron paso a los reclamos. Oscar se refugiaba en su trabajo, mientras Leonor se sumergía en sus libros. Un muro invisible surgió entre ellos. 

“Fue una vuelta a una ternura que se había añejado, como un vino”.

Hablaban sin escucharse. Solo compartían la telenovela Dos a quererse, con Thelma Biral y Claudio García Satur, porque a ambos les gustaba la pareja, pero habitaban mundos distintos.

Pasaron varios años y, con ellos, aparecieron arrugas en sus rostros, canas que blanquearon sus cabezas y los pasos se volvieron más pausados. Pero una noche, mientras Oscar luchaba por abrir un frasco de mermelada, Leonor se acercó y, sin decir una palabra, lo ayudó. Sus manos se rozaron. El gesto, simple y cotidiano, rompió el hielo que los había separado.

A partir de ese día, se encontraron de nuevo. No fue una vuelta a la pasión desenfrenada, sino a una ternura que se había añejado, como un vino. Volvieron a tomarse de la mano al caminar, no por un impulso juvenil, sino por una necesidad de apoyo mutuo. Oscar le leía en voz alta los periódicos y Leonor le preparaba su té favorito. De a poco, la casa se llenó de sonrisas. 

Volvieron a ir juntos al cine. Ahora disfrutaron de Diario de una pasión y Un lugar llamado Notting Hill. Un día, mientras miraban un álbum de fotos viejas, Leonor se detuvo en una imagen de su boda. Oscar la miró y, con un brillo en los ojos que no se había apagado, le dijo: “Mirá lo jóvenes que éramos”. Ella sonrió y con la voz llena de una suave nostalgia, le respondió: “Y mirá todo lo que hemos vivido”. 

Y era cierto. Habían vivido a su manera, habían sorteado tormentas, y al final, el amor que construyeron juntos era mucho más fuerte, más profundo y más real que el de sus años dorados. Era un amor de arrugas, de manos que se buscan y de silencios que ya no pesan. Un amor de atardecer, convertido en un nuevo amanecer.

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