QUÉ MALA PATA…

Hay días en que el colectivo se va justo cuando llegamos a la parada, el café cae sobre la remera y el ascensor deja de funcionar. Ante esa conspiración de los hechos, decimos: “¡Qué mala pata!”. La expresión transforma la mala suerte en una extremidad que parece habernos hecho tropezar. Pero ¿de dónde viene esta popular expresión?

El Diccionario de la lengua española define “mala pata” como “mala suerte”. Para la fraseología, es una locución: una combinación fija cuyo sentido no surge de sumar literalmente sus palabras. El español está lleno de imágenes corporales semejantes: empezar con buen pie, levantarse con el pie izquierdo, caer de pie o dar un paso en falso. Avanzar con firmeza equivale a que las cosas salgan bien; perder el equilibrio anuncia dificultades.

Aunque no está académicamente comprobado, hay un mito muy fuerte que sostiene que esta mala pata tiene que ver con los conejos. Durante siglos, algunas comunidades conservaron patas de conejos o liebres como amuletos. Colecciones médicas británicas documentan patas de liebre utilizadas contra calambres y cólicos. En el sur de los Estados Unidos, folkloristas del siglo XX registraron la pata de conejo como talismán protector, dentro de tradiciones afroamericanas vinculadas con el hoodoo (conjunto de prácticas mágicas, remedios caseros y tradiciones espirituales).

“Hay un mito muy fuerte que sostiene que esta mala pata tiene que ver con los conejos”.

Ahora bien, vale considerar que no servía cualquier pata. Las versiones recopiladas exigían, con variantes, que fuera la trasera izquierda y que el animal hubiera sido capturado en un cementerio, de noche o en una fecha excepcional. El folklorista Bill Ellis señala que la eficacia del objeto no provenía simplemente de que los conejos fueran fértiles o veloces. Su fuerza nacía del contacto con circunstancias inquietantes: la oscuridad, los muertos y aquello situado fuera del orden cotidiano. El amuleto convertía esas fuerzas peligrosas en protección.

Esta explicación es menos amable que la historia, repetida en Internet, según la cual los antiguos celtas llevaban patas de conejo porque el animal vivía bajo tierra y se comunicaba con los dioses. Esa genealogía suele presentarse como un hecho, pero no cuenta con documentación histórica sólida. El recorrido comprobable del amuleto es más complejo: mezcla prácticas europeas, creencias afroamericanas y su comercialización como llavero de la buena suerte.

¿Nació de allí nuestra expresión “mala pata”? No hay pruebas que permitan afirmarlo. La asociación con el conejo resulta tentadora: si una pata podía traer fortuna, una pata mala podía anunciar lo contrario. Sin embargo, una semejanza convincente no equivale a una etimología. 

Quizás el amuleto y la locución no sean parientes directos, sino dos respuestas a una imaginación compartida. Frente al azar, buscamos señales en aquello que nos sostiene. Una pata guardada en el bolsillo promete proteger el camino; una mala pata explica el tropiezo. Entre ambas queda una antigua esperanza: que la suerte pueda tocarse con la palma de la mano.

 

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