El ser humano volvió a la Luna después de casi 54 años, y la misión fue un éxito. Batió el récord de distancia de un vuelo tripulado lejos de la Tierra superando al Apolo 13, permitió observar y fotografiar la cara oculta de la Luna y validó los sistemas vitales, de navegación y comunicación para futuras misiones lunares. Sabemos que en el programa Artemis II se invirtieron, desde 2012, más de 93.000 millones de dólares, pero ¿cuánto le costó esta misión al ambiente?
La Declaración de Impacto Ambiental de la NASA reconoce, en primer lugar, consecuencias en la zona de lanzamiento, el Centro Espacial Kennedy en Florida (Estados Unidos): emisiones atmosféricas, ruido extremo que puede molestar a la fauna local y una contaminación temporal del aire y el agua. También se hace un uso intensivo del agua industrial en la plataforma durante los despegues.
En esta misión se emplearon más de 2 millones de litros de hidrógeno líquido como combustible propulsor principal del Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, sus siglas en inglés). Para quemarse, como en el espacio no hay oxígeno, también debió cargar 742.000 litros de oxígeno líquido. La reacción de estos dos componentes produce, en gran medida, vapor de agua, a diferencia de las primeras misiones espaciales que se alimentaban de querosén, liberando dióxido de carbono, monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y carbono negro, entre otros compuestos.
Si bien los avances en el combustible son notables y se utilizó la gravedad de la Tierra y la Luna para volver, lo que requirió un menor consumo, los expertos señalan que los gases que se liberan y persisten en alta atmósfera pueden elevar la temperatura al alterar cómo la Tierra absorbe o refleja radiación, además de modificar la química del ozono, contaminando el aire.
Por otra parte, el SLS enfrenta críticas por su costo operativo, estimado entre 2200 y 4100 millones de dólares por lanzamiento, y por ser completamente desechable, a diferencia de cohetes parcialmente reutilizables.
Por último, los propulsores sólidos –los dos grandes cohetes laterales montados a cada lado del SLS que aportan la mayor parte del empuje en los primeros minutos del despegue– liberan una pequeña parte de óxido de aluminio y compuestos de cloro y dióxido de carbono, entre otros gases, a lo largo de la trayectoria del cohete. Su efecto es limitado a escala global, pero puede ser perjudicial si aumenta la frecuencia de los lanzamientos.
BASURA EN LA LUNA
“No ha habido una presencia humana en la Luna durante mucho tiempo, pero todos los objetos que quedaron allá con las misiones anteriores de Apolo, por ejemplo, siguen estando”, comenta a Convivimos Iris Páez, líder del equipo NBrains, poniendo de relieve un tema crucial: la huella ambiental que podríamos dejar en la Luna y, eventualmente, en Marte.
NBrains es el nombre del equipo argentino que fue uno de los 17 ganadores del concurso Luna Recycle Challenge, que realizó la NASA en 2025 buscando reducir las repercusiones adversas de las misiones espaciales en el ambiente. El equipo, seleccionado entre más de 1200 proyectos de 86 países, estuvo formado por veinte profesionales de Benito Roggio Ambiental, un grupo integrado por Cliba y otras empresas especialistas en la gestión de residuos.
El equipo diseñó un sistema de reciclaje para polietileno de baja densidad que se puede encontrar en bolsas para muestreo de gases, alimentos y otros usos; y guantes de nitrilo, como los que se emplean en laboratorios para ensayos biológicos y químicos.
La premisa fue pensar una forma de resolver la disposición de estos materiales generados por ocho personas durante un año en el polo sur de la Luna. Los demás proyectos presentaron prototipos para gestionar otros residuos: textiles, empaques de espuma, envolturas externas, bolsas de bebidas o elementos estructurales como soportes de aluminio.
“Nuestro proceso de reciclaje busca generar, a partir de estos elementos, un filamento de impresión 3D de estructura flexible y que sea ciento por ciento reciclable. Y además de eso, optimizamos recursos en el espacio como el agua, la energía eléctrica, el uso de tripulación. Los residuos del proceso son minimizados: microplásticos, emisiones tóxicas y gases en general”, describe Páez, licenciada en Biología y especialista en Gestión Ambiental. Con los filamentos, los astronautas podrían imprimir lo que necesiten, desde herramientas hasta piezas que se rompan de una máquina y deban reemplazar.
“Se busca que todos estos residuos no vuelvan a la Tierra”, resume Páez, quien agrega que hasta ahora parte de los desechos se enviaban al espacio durante la misión.
CHATARRA ESPACIAL
En el camino a la Luna, algunos componentes de la nave se van desprendiendo en etapas. Históricamente, algunas de estas partes quedaban en órbita, pero hoy se intenta planificar mejor para mitigar la basura espacial.
El escudo térmico de la nave y otros componentes que no se desintegran en el reingreso caen al océano y podrían representar una amenaza tanto para la seguridad terrestre como para los ecosistemas marinos. Por esto es una prioridad recuperar la cápsula y cualquier resto de la nave lo más rápidamente posible.
La cápsula de Orión, el módulo de tripulación que lleva a los cuatro astronautas, puede ser reutilizado hasta en diez vuelos distintos y podría emplearse para próximas misiones Artemis con el fin de amortizar el costo operativo y ecológico.
Con futuras misiones del programa ya planificadas, se plantean importantes desafíos ecológicos en todas las capas de la atmósfera terrestre y también en la Luna, hasta ahora inalterada por la actividad humana. Además, el plan es establecer allá operaciones para la extracción de hielo de agua y otros recursos, y construir hábitats de largo plazo. Sin duda, esta etapa que comienza plantea nuevos desafíos y responsabilidades para el ser humano en materia de sustentabilidad.
LAS MEJORES VISTAS
Aunque Artemis II no fue diseñada con ese objetivo, aportó datos valiosos que pueden servir para comprender mejor y cuidar la Tierra. Desde una perspectiva única, los astronautas y los instrumentos a bordo lograron obtener información que hubiese sido imposible conseguir desde la superficie terrestre o mediante satélites convencionales. Este nuevo conocimiento podría ayudar, por ejemplo, a mejorar el monitoreo ambiental, la detección temprana de incendios y la respuesta ante desastres naturales.






