Un equipo de investigadores del CONICET y de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) reconstruyó, con modelos cuantitativos inéditos, cómo ballenas, delfines y marsopas ocuparon y reorganizaron sus nichos ecológicos desde que abandonaron la tierra firme hasta convertirse en los dominadores de los océanos. El estudio, publicado en la revista Nature Communications, demuestra que la cantidad de especies y la variedad de roles ecológicos no siempre van de la mano, y que innovaciones clave como las barbas y la ecolocalización marcaron el rumbo evolutivo del grupo de manera casi irreversible.
Los cetáceos representan una de las transiciones evolutivas más espectaculares entre los mamíferos: pasaron de ser cuadrúpedos terrestres a formas totalmente acuáticas. El trabajo liderado por Mónica Buono, del Instituto Patagónico de Geología y Paleontología (IPGP, CONICET), analizó esa historia a lo largo de 50 millones de años y la dividió en tres momentos críticos:
-Eoceno-Oligoceno (hace unos 33 millones de años): la transición definitiva de la tierra al agua, con el surgimiento de los neocetos a partir de los arqueocetos.
-Oligoceno Tardío-Mioceno Temprano (alrededor de 23 millones de años): los misticetos dentados evolucionan hacia formas con barbas y los odontocetos se diversifican con la adquisición de la ecolocalización.
-Plio-Pleistoceno (hace aproximadamente 2,58 millones de años): extinción de numerosos linajes y consolidación de la diversidad moderna de ballenas y delfines.
El equipo —integrado también por Mariana Viglino, Maximiliano Gaetán y Nicolás Farroni (IPGP-CONICET), Viviana Milano (CESIMAR-CONICET), y Florencia Paolucci, Lisandro Campos y Marta Fernández (División Paleontología de Vertebrados del Museo de La Plata, UNLP)— construyó una base de datos exhaustiva que incluye todos los grupos de cetáceos fósiles y actuales. Combinaron bibliografía en varios idiomas con observaciones directas en colecciones de Estados Unidos, Bélgica, Chile y Argentina, y aplicaron por primera vez a estos animales análisis estadísticos de modelado de “ecospace” (espacio ecológico).
“Nuestro trabajo consistió en cuantificar la evolución de los cetáceos enfocándonos en dos aspectos: la diversidad taxonómica —cuántas especies aparecieron y se extinguieron— y la ecología —capacidades auditivas, modos de alimentación, tamaño corporal, locomoción y tipo de ambiente—. Al cruzar ambos enfoques vimos la relación real entre factores ecológicos y éxito evolutivo”, explicó Buono.
Uno de los resultados más contundentes es el desacople entre diversidad taxonómica (número de especies) y disparidad ecológica (variedad de roles en el ecosistema). Durante el Mioceno, el período de mayor riqueza de especies, la disparidad ecológica fue relativamente baja: muchas especies ocupaban nichos similares. En cambio, en el Plio-Pleistoceno se perdió una gran cantidad de linajes, pero los roles ecológicos principales se mantuvieron casi intactos.
“Esto sugiere que para preservar el equilibrio ecológico a veces no basta con tener muchas especies, sino con conservar los roles críticos —como los grandes filtradores o los superdepredadores—, independientemente de cuántas especies los representen”, señala el estudio.
Contrario a la hipótesis inicial, la diversidad taxonómica no estuvo tan linealmente condicionada por el clima o por variables ecológicas específicas como se creía. La transición tierra-mar se explica mejor por factores bióticos (innovaciones morfológicas), mientras que las radiaciones posteriores se alinean más con cambios ambientales.
Una vez que aparecieron estructuras clave —las barbas en las ballenas y la ecolocalización en odontocetos—, estas se estabilizaron evolutivamente. No hubo cambios drásticos de dieta o de modo de vida, sino una exploración de nichos alrededor de las mismas funciones básicas.
“En las ballenas barbadas esa rigidez es muy marcada: se mantuvieron prácticamente iguales durante los últimos 20 millones de años. Los odontocetos exploraron un poco más y hoy muestran mayor diversidad morfológica, pero en ambos casos las barbas y la ecolocalización definieron su rumbo”, relató Mariana Viglino.
Un ejemplo elocuente es el de los cachalotes: hace 20 millones de años eran cazadores activos que ocupaban el lugar de superdepredadores (similar al de la orca actual). Hoy se especializan en alimentarse de calamares en profundidad mediante succión. “Los miembros más antiguos de determinadas familias y sus representantes actuales ocuparon nichos ecológicos muy diferentes”, agregó Florencia Paolucci.
El análisis también muestra que el ecospace ocupado por los primeros cetáceos (arqueocetos), los misticetos dentados y los odontocetos basales nunca volvió a ser reocupado: se produjo un desplazamiento permanente de ecotipos. Tras el Plio-Pleistoceno, los odontocetos alcanzaron su máxima disparidad ecológica, mientras que los misticetos cayeron a sus valores más bajos.
La publicación resume varios años de trabajo interdisciplinario. “Pusimos a prueba hipótesis que se venían repitiendo, las cuantificamos y desmentimos algunas. Esperamos que se convierta en un trabajo de referencia y que cambie la forma de encarar los estudios paleontológicos sobre estos animales”, concluyó Buono.






