Hace un mes, un equipo de la Universidad de Cambridge anunció en The Astrophysical Journal Letters la detección de los «indicios más prometedores hasta ahora de una posible biofirma» en el exoplaneta K2-18b, ubicado a 124 años luz de la Tierra.
La señal, identificada como sulfuro de dimetilo (DMS) o disulfuro de dimetilo (DMDS), era significativa porque, en nuestro planeta, estas moléculas son producidas exclusivamente por vida microbiana, como el fitoplancton marino.
Situado en la zona habitable de su estrella, K2-18b parecía un candidato ideal para albergar vida. Sin embargo, los investigadores mantuvieron cautela, destacando la necesidad de más estudios.
Ahora, un nuevo análisis de la Universidad de Chicago, aún pendiente de publicación en Astronomy and Astrophysics Letters, pone en duda estos hallazgos. Según el equipo liderado por Rafael Luque, la señal detectada es «demasiado débil» para considerarse una prueba concluyente de actividad biológica. Además, sugieren que otras moléculas, como el etano, podrían explicar las lecturas obtenidas por el telescopio espacial James Webb. «No hay suficiente certeza para afirmar una cosa u otra», afirmó Luque.
El telescopio James Webb, aunque avanzado, enfrenta limitaciones al analizar exoplanetas tan distantes. Michael Zhang, coautor del estudio, explicó que las señales de DMS coinciden con las de «innumerables compuestos» que contienen carbono unido a tres hidrógenos, incluido el etano, un gas común en planetas como Neptuno, donde no hay indicios de vida. «Muchas otras moléculas podrían encajar con lo que vimos», señaló Zhang.
Este debate subraya la dificultad de interpretar datos de mundos lejanos. Mientras el anuncio de Cambridge generó entusiasmo, el estudio de Chicago invita a la prudencia, recordando que la búsqueda de vida extraterrestre requiere pruebas más robustas. Por ahora, K2-18b sigue siendo un enigma, y la comunidad científica espera nuevos datos para esclarecer si alberga vida o si las señales son solo un espejismo químico.






