A medida que envejecemos, es común sentir menos ganas de quedar con amigos o mantener relaciones sociales intensas. Lejos de ser solo una cuestión de pereza o preferencias personales, un nuevo estudio sugiere que esta tendencia podría tener raíces en cambios neurobiológicos. Investigadores de la Universidad Tecnológica de Nanyang (Singapur) han descubierto que el envejecimiento altera la conectividad de las redes cerebrales, afectando las capacidades sociales. Los resultados, publicados en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews, arrojan luz sobre por qué las personas mayores tienden a ser menos sociables.
El estudio analizó datos de resonancia magnética funcional (fMRI) en estado de reposo de 196 adultos alemanes de entre 20 y 77 años, junto con cuestionarios que evaluaban la sociabilidad como rasgo de personalidad. Los resultados muestran que, a mayor edad, las puntuaciones en sociabilidad disminuyen. Este descenso está mediado por cambios en dos conjuntos de redes cerebrales: una cuya conectividad aumenta con la edad, pero se asocia a menor sociabilidad, y otra cuya conectividad disminuye, relacionada con mayores niveles de sociabilidad. Estas modificaciones afectan regiones clave como el sistema límbico, la ínsula, las redes de atención ventral y somatomotora, y las áreas frontoparietales, todas esenciales para la gestión emocional, la percepción social, la introspección y el control cognitivo.
Estos hallazgos respaldan la «hipótesis del cerebro social» de Robin Dunbar, que destaca que habilidades como la empatía, la comprensión de emociones ajenas y la regulación emocional —cruciales para las relaciones sociales— se deterioran con la edad. Los autores explican: «El envejecimiento altera la arquitectura funcional del cerebro, reduciendo las capacidades necesarias para establecer y mantener relaciones sociales».
La pérdida de sociabilidad no es solo una cuestión de carácter; tiene consecuencias significativas para la salud. Estudios previos han relacionado un menor número de interacciones sociales con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo, depresión e incluso mortalidad prematura. Por ello, los investigadores subrayan que estos cambios cerebrales son parte del envejecimiento natural y no una elección personal.
Para abordar este fenómeno, los autores proponen promover la educación psicológica entre las personas mayores y sus cuidadores, con el objetivo de normalizar estas transformaciones y ofrecer herramientas que fomenten un envejecimiento activo. Programas de estimulación cognitiva y social adaptados a esta etapa de la vida podrían ayudar a mitigar los efectos de estos cambios cerebrales, mejorando la calidad de vida de los mayores.






