Los niños menores de un un año constituyen una de las poblaciones más susceptibles a los golpes de calor, que ocurren cuando el cuerpo se sobrecalienta y no puede enfriarse. ¿Por qué son más vulnerables? Porque no tienen desarrollado plenamente el mecanismo de regulación de la temperatura corporal, presentan mayor sudoración y no manifiestan su sensación de sed.
Por eso, desde la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) recomiendan estar atentos a síntomas como cefaleas, mareos, irritabilidad, decaimiento, debilidad muscular y sequedad de mucosas (labios, boca, lengua), acompañados de aumento de la temperatura corporal y enrojecimiento facial y corporal. También a síntomas gastrointestinales como inapetencia, sed intensa, náuseas, vómitos y tendencia al sueño.
Algunas de las recomendaciones de los especialistas para proteger a los más pequeños son hidratarlos y refrescarlos permanentemente, evitar la exposición al sol (incluso en días nublados, ya que las nubes dejan pasar el 75 por ciento de la radiación UVA), que usen ropas livianas holgadas y de colores claros, y sombreros de ala ancha. En los mayores de seis meses, usar protectores solares con factor 30 o superior (de amplio espectro, contra los rayos UVA y UVB), colocarlos 30 minutos antes de la exposición, esparcirlos en toda la superficie corporal y reiterar cada dos horas y después de los baños.
En opinión de la doctora Noemí D’Artagnan, jefa del Servicio de Pediatría del Hospital Tornú e integrante de la SAP, “es indispensable la reposición adecuada de líquidos: en los lactantes menores de seis meses con lactancia materna exclusiva, aumentar la frecuencia de amamantamiento, y a los más grandes hidratarlos con agua segura y fresca (potable o hervida fría) y jugos frutales naturales. Ante altas temperaturas, debe incrementarse el aporte de líquidos entre un 20 y un 50 por ciento por encima de lo habitual para reponer las pérdidas por sudoración”.
Ante la aparición de alguno de los síntomas de golpe de calor, la pediatra Vanina Stier, también integrante de la SAP, aconsejó hidratar a los niños, ponerlos en lugares frescos y ventilados, sacar ropas y refrescar con abundante agua la cabeza, el cuello y toda la superficie corporal, y concurrir al centro asistencial más cercano para su evaluación.
Ambas especialistas alertaron también que en el verano son habituales los síndromes diarreicos con circulación viral, sobre todo en lactantes y niños pequeños, y diarreas bacterianas estivales más frecuentes en niños mayores por los hábitos de alimentación.
Fuente: Sociedad Argentina de Pediatría.
DIARREA ESTIVAL
Entre los factores que favorecen las diarreas estivales están el agua y los alimentos contaminados, el inadecuado manejo de pañales o los viajes a lugares endémicos. Estas diarreas pueden contribuir a generar cuadros de deshidratación. “Las principales medidas de prevención para evitarlas son mantener la lactancia materna y tomar medidas de higiene alimentaria como lavado frecuente de manos, consumir agua potable segura o hervida, asegurarse de que se mantenga la cadena de frío en los alimentos que lo requieran, cocinar bien las carnes, lavar adecuadamente frutas y verduras, y consumirlas preferentemente sin cáscara. También usar utensilios de cocina solo para carnes y evitar compartirlos con otros alimentos”, consigna la doctora D’Artagnan.






